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La vergüenza de cada día

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El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

Así, la educación tiene ¿desde esa perspectiva política ¿clásica¿- pocos atractivos: La cantidad a gastar es tanta que uno debe disminuir partidas de otros sectores (una elección política difícil) además, el gasto en educación siempre será un gasto a largo plazo: Hablamos de casi una década como tiempo mínimo para medir el impacto de una política educativa bien financiada. Esto marca dos problemas: Primero la del amor propio, puesto que otro se llevará los aplausos. La segunda, más importante: Hablamos de una política educativa independiente de los gobiernos, que pueda ser llevada por un pacto nacional de fuerzas políticas y no sufra modificaciones por los vaivenes electorales. Es decir, misión imposible.

Y sin embargo, en ningún otro sector necesitamos tanta inversión de capital como en la Educación. Todos los informes internacionales nos repiten hasta la saciedad que invertir en educación es invertir en desarrollo. A la larga, el gasto produce. A la larga, y me temo que ese lenguaje no pegue mucho entre nuestra clase política.

Finlandia, hace ochenta años, era un país subdesarrollado, pequeño, envuelto en un clima difícil, con un idioma que solo entienden ellos mismos, que además del compositor Sibelius muy poco habían contribuido a las artes. ¿Y qué era Corea del Sur hasta hace treinta años? Un país más pobre que el Perú que vivía de las migajas del capitalismo americano y japonés. Pues bueno, ambos países, que tuvieron el coraje de gastar millones en educación, hoy lideran la lista de países con mejor comprensión de lectura, mejor cultura matemática y mejor cultura científica. Y, por supuesto, son dos países ya altamente desarrollados.

No sé como podremos salir de la vergüenza de ser casi los últimos en educación en la región. Quizá la que quede sea la creación de un clamor popular que presione a los gobiernos. Un clamor que diga que la educación, hoy, es tan importante como el pan. Un clamor que, como todos los procesos que produjeron cambios concretos en el Perú, tenga que corporeizarse en una revolución. Una revolución que pueda traernos las bibliotecas, los laboratorios y las piscinas que este sistema nos sigue escamoteando.

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