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¿Por qué ha fracasado la Comunidad Andina de Naciones?

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A modo de Réquiem

El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

El anuncio venezolano de retirarse de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y las críticas que Bolivia acaba de hacer a la misma parecen ser los dos primeros clavos en el ataúd de un proyecto al parecer agotado. ¿Qué ha pasado para que un hermoso sueño de integración terminara convirtiéndose en una rémora de la misma? ¿La CAN fue liquidada por algún gobierno egoísta o, sencillamente, se murió sola? Aquí algunas notas.

Hace muchos, muchos años, cuando no existían las computadoras personales y el petróleo se cotizaba a poco más de dos dólares por barril, los países sudamericanos de la cuenca del Pacífico decidieron dar pasos a un sistema de integración como mecanismo de impulsar el desarrollo a gran escala. Porque de eso se trataba: De aprovechar las potencialidades de un mercado de seis países como motor de nuestras pequeñas economías. Eran épocas de mucho optimismo: La industrialización por sustitución de importaciones se consideraba un mecanismo lógico y recomendable para crecer. Keynes campaba por sus anchas y el gasto público en infraestructura y servicios era otra iniciativa asumida como elemental dentro de cualquier plan de gobierno.

Así pues, todos soñamos: Cada país podía especializarse en un rubro económico que abarcaría un mercado de varias decenas de millones. Se diseñó incluso un plan a gran escala de fábricas de ensamblaje del parque automotor para que, en pocos años, camiones y coches baratos circularan por las carreteras de seis países. Se harían vastos programas de intercambio académico para proveernos todos de técnicos cualificados al más alto nivel. Empapados de orgullo regional y celosos de nuestra soberanía, los países firmantes se dieron el lujo de proponer medidas hoy en día inimaginables y vilipendiadas: Establecer altos aranceles a las manufacturas venidas del exterior, impedir a extranjeros adquirir empresas en la comunidad andina y prohibir que ellos pudieran repatriar ganancias por más del 20%. Bolívar sonreiría desde su tumba.

Todo se vino abajo en pocos años, pero no por conspiraciones internacionales sino por la mezquindad de sus propios miembros. Cada país andino se resistía a cooperar porque temía perder poder y soberanía en su territorio, todos querían ganar pero nadie quería conceder. Las negociaciones sobre el sitio de cada nación dentro de los ambiciosos planes de planificación económica e intercambio comercial se ralentizaron abruptamente hasta el entrampamiento final.

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