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Velasco no tuvo la culpa

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Acerca de un viejo, viejísimo mito de la derecha peruana

El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

La calentura electoral sirve, entre otras cosas, para reverdecer la historiografía más rancia de nuestra clase dominante. Si en otra época, aprovechando las meteduras de pata de nuestro todavía presidente, se generó entre los medios un nauseabundo pensamiento neoracista (columnistas en dos periódicos hoy fervorosos partidarios de Lourdes amén de un espantoso programa cómico); ahora la moda es acordarse de Velasco, convertido por casi toda la prensa, radio y televisión peruana en el más despreciable tirano de nuestra historia. ¿Fue así?

De Velasco estamos leyendo todo: Que nos sometió a una feroz censura mediática como nunca antes se había conocido, que destruyó la agricultura peruana, que casi hace desaparecer el fútbol profesional, que se gastó toda la renta nacional en armamento (¡y encima, soviético!), que endeudó al país en contratos ineptos y corruptos, que con él nació la inflación, el déficit fiscal, el estancamiento productivo; en fin, Velasco parece ser la primera gran razón de nuestro subdesarrollo al punto que, cuando nos topábamos con alguna muestra de incuria y atraso en el Perú, oíamos siempre la terrible imprecación oligárquica: "¡Velasco tuvo la culpa!".

No es necesario ser un Basadre para entender que los males del Perú tienen causas bastantes más complejas y antiguas. Y que mala costumbre es endosar a una persona la factura de las desgracias nacionales.

Porque si el general Juan Velasco Alvarado tomó el poder, fue en buena parte para que esa clase social que lo detesta no se ahogara (y con ella arrastrara al país) en una guerra social de tremendas consecuencias. El Perú de fines de los sesenta no era una sociedad armónica ni mucho menos: La actividad agropecuaria se desenvolvía sobre estructuras semifeudales, tenencia desigual de la tierra y mano de obra barata y hastiada. Las nuevas generaciones de profesionales, obreros y estudiantes exigían medidas más radicales. Los ciudadanos querían que las riquezas que se producían en el Perú (la pesca, el petróleo, la minería) se quedaran en el país y se convirtieran en los millares de escuelas y hospitales que el pueblo necesitaba. Toda esa enorme demanda social no se sentía representada políticamente y la decepción que significó el entrampamiento del primer gobierno de Belaúnde, motivó a muchos sectores ¿entre ellos, al militar- a buscar una solución a viejos problemas.

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