¿Hacia una segunda Guerra del Pacífico?
Más allá de la política ficción
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
Bolivia, por boca de su nuevo mandatario, vuelve a poner sobre el tapete su derecho de salida al mar. El actual candidato peruano e hipotético nuevo presidente Ollanta Humala ha prometido con apoyarlo en la brega mientras desempolva el viejo proyecto de una confederación peruano-boliviana. Chile ha respondido con buenos modales, mientras despliega su rearme a toda velocidad. Intereses energéticos en juego, un nuevo clima ideológico en la región, recomposición geopolítica del nuevo milenio¿muchos elementos se están cociendo ya para que las relaciones entre Perú, Bolivia y Chile pasen por una nueva fase de alta tensión. Pero ¿hasta el extremo de una nueva guerra?
Hasta hace unos años estaba bien claro el futuro de Sudamérica: Brasil y Argentina con un crecimiento lleno de contradicciones, unos países andinos sumidos en un subdesarrollo cada vez más insoportable y una solitaria nación ¿Chile- que era el gran ejemplo de eficiencia, modernidad y buen gobierno. En el paraíso que el neoliberalismo prometía al mundo, los chilenos eran la confiada vanguardia y los mejor situados para dirigir las desordenadas dinámicas económico-sociales de sus vecinos.
Pero eso cambió hace algunos años. El fracaso simultáneo de las políticas neoliberales, el desprestigio de la clase política y la búsqueda de opciones descontaminadas del sistema trajo a la región una nueva generación de dirigentes, todos ellos con innegable apoyo popular. Si bien cada uno tiene sus peculiaridades, todos coinciden en algunos puntos: distanciamiento de las políticas internacionales de EEUU, mayor preocupación por lo social, mayor control sobre nuestros recursos, identidad y orgullo nacional.
En la subregión andina esto parece cristalizarse en gobiernos que crucen las preocupaciones sociales con una campaña de renovado nacionalismo de masas. Evo y Ollanta no sólo declaran hacer políticas económicas más inclusivas y solidarias, también pretender levantar un país hundido tradicionalmente en la miseria y el expolio. Persiguen esa imagen de un indio vejado que decide ponerse en pié y volver a adueñarse de su país. Una imagen no exenta de contradicciones y agresividades.
Chile mira ese panorama con mucha aprehensión. Desde el siglo XIX los chilenos han recelado que los dos grandes países andinos se pongan de acuerdo y junten inteligentemente sus fuerzas. Nos ven como una suerte de tribus bárbaras, totalmente incontrolables, que un día bajarán de los Andes a arrasar con todo. Subyugado por esos fantasmas, Chile ha mantenido históricamente una política de iniciativas preventivas, sean económicas, diplomáticas o militares. Y hay que reconocer que les ha ido bien.
Sólo han fallado en un punto. Lejos de olvidarse del pasado, los pueblos andinos introdujeron el antichilenismo en su archivo de prejuicios. Lo que en un inicio era una contienda de intereses de las clases dominantes criollas se convirtió en un sentimiento abiertamente popular.
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