¿Y qué pasó con Afganistán?
Después de más de cuatro años de la intervención norteamericana, todo sigue por hacer.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
A aquella guerra contra el régimen talibán se la llamó, con la cursilería propia de Bush, Operación Libertad Duradera. La intervención norteamericana, respaldada por la OTAN, no sólo era la respuesta lógica a los atentados del 11 de Setiembre, no sólo era el primer capítulo de la interminable cruzada contra Bin Laden. También iba a ser el punto de partida de un ambicioso plan de la Administración para redibujar Estados y regímenes que pudieran superar su antiamericanismo congénito y convertirse en buenos vecinos dentro de una región conflictiva como lo es el Medio Oriente.
Además, claro está, de controlar una extensa zona rica en petróleo y gas natural que garantizara a largo plazo una oferta abundante de hidrocarburos baratos para la economía estadounidense. Haciendo caso a Colin Powell y gente más relacionada con los análisis políticos que con el oro negro, los yanquis intentarían también exportar su modelo político a esos pagos repletos de caudillos tercermundistas y fanáticos religiosos. En su lugar aparecerían políticos de talante liberal, laicos, tolerantes y modernos. Y todo bajo las bendiciones del sufragio universal. Esta era la utopía imperial: Millones de personas desde el Líbano hasta Pakistán compartiendo el sueño americano (democracia representativa y prosperidad económica) y abandonando ese integrismo islámico tan pródigo en fabricar hombres-bomba. Afganistán sería el primer ejemplo de todo eso.
Para ello, luego de una dura represión contra los talibanes y encerrarlos en masa en ese campo de concentración de Guantánamo; los norteamericanos iniciaron una conferencia entre las distintas tribus afganas, eligieron e impusieron a su hombre -el carismático y dialogante Hamid Karzai- prometieron montañas de dólares y transformarían ese bárbaro país donde obligan a las mujeres a vestirse con la burka , en una sociedad abierta que labraría su porvenir.
Cuatro años después ¿Qué ha pasado? Que Karzai apenas si controla diez de las 35 provincias del país y casi nunca sale de la capital (con lo que el pueblo afgano lo moteja con el apodo de El alcalde de Kabul). Su poder se sostiene exclusivamente gracias al apoyo del contingente militar norteamericano y de la OTAN, aunque eso no le ha librado de atentados. Fuera de Kabul, el país ha vuelto a subdividirse en tribus independientes dirigidas por Señores de la guerra, quienes de boca para fuera prometen obediencia al gobierno central, pero que en la práctica gobiernan sus feudos a su real gana. Pese a los continuados ruegos por acelerar el desarme de la población afgana, en el país hay más de 200,000 hombre armados (la inmensa mayoría de la coalición antitalibán, o sea, teóricos aliados de los yanquis) al servicio de los Señores de la guerra; los cuales se enriquecen saqueando los camiones de ayuda humanitaria, cobrando arbitrarios impuestos de tránsito y reactivando el tráfico de drogas. Karzai no tiene capacidad ejecutiva para evitar todo esto y el contingente norteamericano parece estar más preocupado en perseguir los restos de las milicias talibanas y los contactos con Al Qaeda.
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