En el 2007 los padres de los asesinos rindieron sus declaraciones en una demanda presentada por las familias de las víctimas, pero un juez ordenó mantenerlas en secreto por 20 años, después de que ambas partes alcanzaran un acuerdo fuera de la corte.
En su ensayo Klebold dijo que desconocía que su hijo tenía problemas.
"La participación de Dylan en la masacre me parecía imposible de aceptar hasta que comencé a ligar esto con la realidad –dijo Klebold–. Una vez que leí sus diarios me quedó claro que Dylan entró a la escuela con la intención de morir ahí. Para entender qué era lo que podría estar pensado, comencé a aprender todo lo posible sobre el suicidio".
La madre agregó que Dylan salió temprano el día del tiroteo.
"La mañana del 20 de abril me estaba preparando para ir a trabajar cuando escuché que Dylan bajaba rápidamente y abría la puerta. Me quedé pensando por qué había salido tan rápido cuando se podía haber quedado otros 20 minutos durmiendo, me asomé por la puerta de mi cuarto. Dije: '¿Dyl?' y todo lo que dijo fue 'adiós'. Azotó la puerta y su auto salió a la calle. Se oía molesto, pensé que era porque había tenido que levantarse temprano para llevar a alguien a la escuela, nunca me hubiera imaginado que esa era la última vez que oía su voz".
Klebold no tenía la más mínima idea de lo mal que la pasaba su hijo en la escuela.
"Por los escritos que dejó Dylan, los psicólogos penales han concluido que estaba deprimido y era suicida. Cuando vi por primera vez las copias de esos textos se me rompió el corazón. No tenía la más mínima idea de la batalla que Dylan estaba librando en su mente", dijo la madre del asesino.
Klebold aún trata de comprender lo ocurrido.
"Toda mi vida estaré atormentada por el horror y la angustia que causó Dylan –dijo Klebold–. No puedo ver un niño en una tienda o en la calle sin pensar cómo pasaron sus últimos minutos los compañeros de mi hijo. Dylan cambió todo lo que creía sobre mí, sobre Dios, sobre la familia y sobre el amor".