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Entrevista exclusiva con Kimberly Theidon, la antropóloga que estudió el mal de “la teta asustada”

Martes, 03 de Marzo de 2009

“Es un sueño para cualquier investigador que tu trabajo motive a los demás”

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La antropóloga Kimberly Theidon investiga, desde mediados de la década del noventa, las violaciones y maltratos que sufrieron las mujeres durante la guerra interna que sacudió al país, en especial en Ayacucho. En sus estudios se describe la existencia de creencia que consiste en pasar la tristeza de madre a hijo a través de la leche materna. La bautizó con el sugestivo nombre de “La teta asustada”.

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Theidon, que es profesora asociada de la Universidad de Harvard y autora del libro Entre prójimos (publicado en Perú por el IEP en 2004), estudió a siete comunidades campesinas en el centro-sur de Ayacucho, cuyas vidas quedaron marcadas a fuego por los años de violencia, en especial del período de 1980 a 1992, llamado el sasachacuy tiempo, “los tiempos difíciles” en quechua.

La investigadora contó, en conversación exclusiva con Terra, que se enteró de que la película La teta asustada de Claudia Llosa había ganado el Oso de oro en el Festival de Berlín por llamadas de sus colegas, quienes le dejaron mensajes en su contestadora. “Miré la premiación por Internet y luego vi a Magaly Solier hablando en quechua. Es lo máximo, es el sueño de cualquier investigadora. Yo estuve conmovida por lo que investigué y escribí, así que la idea de que ese trabajo pueda motivar a otras personas me congratula mucho”.

Theidon recuerda que hay un libro de Marcel Mauss sobre el don, que dice que los dones recirculan y establecen redes sociales. “Cuando me hablaron de sus experiencias, estas mujeres me encargaron un don, con la responsabilidad de reciprocar; yo compartí lo que me contaron. Pensar que haya una persona que normalmente no se interese por un tema de violencia sexual, pero que gracias a la película se acerque al tema, es una satisfacción enorme”.

Terra: Según sus investigaciones, ¿Fue la violación una estrategia de guerra durante los años difíciles? ¿Se podrá saber la magnitud de ella?

KT: No hay manera de saber la magnitud exacta, pero fue un hecho generalizado. Uno de los problemas es que el verbo violar no se usa en quechua; se usa “fastidiar”, “molestar”, “abusar”, etc.

En los inicios, me empezaron de hablar de abusos, pero en tercera persona, como hablando de otra comunidad a la distancia; pero poco a poco, cuando trabajé en Vilcashuamán, donde hubo bases militares, me decían “violaron a todas nuestras niñas”. Ahí me di cuenta que era un problema masivo.

En términos de violación grupal se trataba del Ejército, pues las mujeres narran experiencias de grupos de 20 personas que las atacaron. En cambio, (el método de) Sendero Luminoso era diferente: ellos entraban a “reclutar” a las chicas y luego decían “tú estas aquí, vas a estar con él”. Pero la estrategia de las Fuerzas Armadas era la violación en grupo.

Terra: ¿Qué otros tipos de abusos sufrieron las mujeres de las comunidades campesinas en Ayacucho?

KT: Un hecho que acabo de descubrir es que los sacerdotes, en alianza con el Ejército, comercializaban mujeres que pertenecían a Sendero Luminoso y que terminaban casadas con los indeseables de cada pueblo, tras una venta en el mercado.

Es una revelación: los sacerdotes ponían a caminar a las mujeres que atrapaban a los miembros del Ejército, y a la fuerza tenían que casarse. Ese fenómeno recién acabó cuando entraron los warmakunas (“jóvenes modernos”). Estas mujeres salvaban su vida, casándose con los “opas” (tontos) o viejitos de cada pueblo; los sacerdotes sacaban dinero por el matrimonio, fue una manera de resignificar el parentesco con la violencia sexual.

Terra: ¿Es difícil romper el hielo al hablar de un tema tan difícil con las mujeres de Ayacucho?

KT: Para mí era éticamente imposible preguntarle a alguien: “¿señora, fue usted violada?”. Nosotros buscamos hablar con las mujeres en un contexto donde no sintieran que iban a recibir una retribución a cambio, pero si uno se queda mucho tiempo viviendo con la gente, ellas van a empezar a hablar.

Paola Ugaz / Terra Perú

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