Claudio Pizarro, Foquita y la desperuanización como nueva forma de ser peruanos
Definitivamente vivimos nuevos tiempos. Vivimos el tránsito de nuestra incierta nacionalidad a una situación de ausencia de identidades, de pretendido orgullo nacional a una búsqueda de máscaras, de exigir derechos a simplemente negociar nuestro status cada día. El último escándalo de nuestra selección nacional de fútbol es un perfecto ejemplo de las respuestas peruanas a la globalización. Se lo explicamos.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
El Perú ha tenido en su historia republicana construcciones fallidas de nación, proyectos de país que nunca llegaron a cuajar y oportunidades históricas despilfarradas. Para hablar en términos basadrianos diríamos que, metidos ya en el tercer milenio, el Perú ha terminando siendo mucho más problema y muy poca posibilidad.
El fútbol, uno de los pocos canales de movilidad social, promoción personal y modernidad nacional que teníamos se ha convertido en su envés: emigración definitiva, individualismo ramplón y disfuncionalidad social y nacional. Se ha pasado de equipos que jugaban con un estilo característico a individualidades que destacan en el mercado laboral internacional de jugadores. La dinámica del fútbol profesional –análoga a las de cualquier otra actividad productiva competitiva a nivel mundial- desconecta a los mejores jugadores no solo de sus equipos de origen, también de su entorno social inmediato, de su propio país. En sociedades con identidades fuertes y mayor cohesión interna, la internacionalización del fútbol no les afecta, más bien les refuerza sus particularidades. En sociedades como la peruana, de exclusiones permanentes, con grandes abismos internos y donde nuestra pluralidad es heteróclita hasta el infinito; la globalización nos fragmenta y nos desconecta más y más.
A Claudio Pizarro, Paolo Guerrero o Santiago Acasiete nunca se les ocurriría armar una parranda en plena concentración de sus clubes europeos porque saben que se arriesgarían a multas millonarias, suspensiones sin derecho a sueldo y una pésima imagen de irresponsabilidad que perjudicaría su cotización en el mercado. Pero en el Perú pueden hacerlo, lo han hecho y lo seguirán haciendo ¿Qué de malo van a sufrir? ¿Qué van a perder aquí? ¿Qué institución peruana les aplicaría una condena efectiva y dolorosa?
La Foquita Farfán sabe que en Holanda no puede dejar a mujeres embarazadas con total impunidad: En Europa las demandas de paternidad y alimentos se aplican instantáneamente, con rigor social, amenaza judicial y efecto mediático; mientras en el Perú puedes demorar los juicios, frustrarlos o adulterarlos para terminar negociando una propina con la afectada.
En Inglaterra se permite que los jugadores se diviertan y empinen el codo mientras que eso no afecte su rendimiento. El jugador que desee emborracharse toda la noche y andar con cinco mujeres lo hará sabiendo que a las nueve de la mañana tiene que estar puntualmente en el campo de entrenamiento y rendir as usual. Unos minutos de tardanza o un entrenamiento pobremente llevado merced a la malanoche anterior se castiga de forma radical, empezando con la separación inmediata del plantel. En el Perú, donde ni siquiera se les paga puntualmente a los jugadores, se les engaña en los contratos y son los dirigentes los que dan el mal ejemplo con su informalidad (y a veces su estupidez) en la gestión de clubes y federaciones ¿Qué obligaciones puede aprender un futbolista acá?
El futbolista, como cualquier peruano, conoce y entiende estas diferencias. Cumple las normas en el extranjero pero sabe que puede ignorarlas en el Perú.
A ellos se les acusa de poco amor al país y a la camiseta. Acusación banal ¿Por qué esos jugadores que ganan cifras astronómicas, que están aprendiendo nuevos modos de vida, que saben lo que cuesta mantenerse en la élite profesional tendrían que amar un país que –por lo general- solo les ha dado pobreza, discriminación y pendejada? ¿Por qué tendrían que sacrificarse en una selección cuyos dirigentes son una odiada recua de oportunistas y taimados? ¿Por qué a los Pizarro y los foquita les debe importar la camiseta y el Perú? ¿Acaso a los dirigentes de la Federación, al ministerio o al IPD les importa que los equipamientos deportivos de los colegios sean precarios y ruinosos, que las canchas de fútbol sean casi siempre terrales amarillentos, que los futbolistas no tengan los más mínimos derechos laborales? ¿Cómo amar algo que no te ama? ¿Qué importancia se le puede dar a un país que muy pocas veces te concedió la importancia necesaria?
El desastre de nuestro deporte rey es una metáfora de la desperuanización que estamos viviendo: Es decir, cada uno busca sus propias formas de movilidad social al margen de proyectos colectivos e instituciones. Los más capaces ya saben que tienen que largarse. Emigrar significa desconectarse. Triunfar en el extranjero no nos acerca a nuestro país, más bien al contrario. Nos libramos de compromisos artificiales que nos enseñaban en el colegio, la vida real nos dice otra cosa. Y dejamos de tomar al Perú en serio.
Por eso, cuando nuestros jugadores regresan a jugar por la selección saben que todo esto es un simulacro, uno más en un país de apariencias, medias verdades, criolladas e hipocresía. Total, hacen lo mismo que un presidente que hace público tanto su catolicismo como su adulterio, igual que los políticos que nunca cumplen lo que habían prometido, lo mismo que las instituciones del Estado que gastan más dinero en publicidad que en invertir en la calidad de sus servicios. Igual que el genocida Fujimori que ante los jueces dice que ya no se acuerda de sus atrocidades.
Un país donde nadie cumple con sus responsabilidades y cualquier demanda se transa hasta hacerla inefectiva es un país que no va a funcionar por mucho tiempo. La fuerte tendencia migratoria es un indicador del hartazgo de una sociedad cuyos canales de movilidad y organización se hallan casi siempre cortocircuitados por la corrupción, la molicie y la impronta de los poderes fácticos que siguen viendo esta república como su vieja hacienda colonial.
Este país volverá a estallar por dentro. No es ser pesimista, es inferir de lo que uno contempla. ¿Quién iba a pensar –hace treinta años- que seríamos los últimos en fútbol en toda Sudamérica? No es aventurar mucho ver en el futuro un Perú escindido en varias comunidades hostiles, cuando no dividido en dos o tres países nuevos, con una ley de la selva ejercida literalmente, donde la violencia sea el nuevo discurso nacional y donde el término refugiado pueda ser la segunda piel de los peruanos. Feliz año nuevo.