El Ché, cuarenta años después
Fue no solamente la imagen más usada en afiches y camisetas después de Jesús de Nazareth. También fue el gran icono pop de la rebeldía y, con seguridad, la imagen más políticamente correcta del marxismo en todo el siglo veinte y, quizá –por su calidad mediática- la reliquia mejor conservada y más entrañable de la izquierda en el tercer milenio. Sin embargo, cuarenta años después de su fusilamiento, la imagen de El Ché es cuestionada desde posiciones postmodernas que le critican su recurso de la violencia y su identificación con regímenes totalitarios. Un amigo escribió: Entiendo que la figura del Che es rescatable (…) por la renuncia personal. Me pregunto si podríamos decir lo mismo de muchos senderistas. Muchos de ellos también renunciaron a mucho para llevar a cabo sus ideales revolucionarios (…) la historia de muchos militantes jóvenes de la izquierda que dejaron sus cómodas vidas en las ciudades y se unieron a Sendero por que creían en la revolución. Pregunto: ¿eso los hace iconos a seguir? (…) No creo que tenga mucho sentido evaluar la significancia histórica de una persona solo en función a lo que renuncia dejando de lado -en este caso- las violaciones de derechos humanos que cometió”.
La polémica está servida.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
Antes los jóvenes se metían en política para dar rienda suelta a su rebeldía, ahora cada uno busca sus caminos individuales de realización. Antes la maciza realidad de la calle era quien te preguntaba cosas, hoy todos convivimos con una realidad virtual que nos propone otras dinámicas de comunicación y conocimiento. Antes los conflictos estaban más perfilados y claros, hoy hay diversidad de contradicciones –públicas y privadas- que se entrecruzan entre sí y uno las administra personalmente. Antes las posiciones vitales se manifestaban en la calle, el bar, la universidad o el burdel. Hoy el exceso de adrenalina se descarga en la cultura del espectáculo, en los deportes extremos, en un hedonismo desenfrenado, en viajes iniciáticos en los que uno se desconecta de lo demás. Antes la gente era capaz de matar y morir por sus ideas, hoy esa conducta la vemos como un vicio reducido a asuntos étnicos o abiertamente patológicos.
Existía un antes y ahora tenemos un ahora.
Así antes –incluso mediáticamente- el Ché era un romántico moderno, una suerte de rocker sin guitarra que representaba el inconformismo, la fidelidad a las utopías, el absoluto desprendimiento personal, una solidaridad esencial con todos los pueblos explotados del mundo. “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”. Aquella era una frase que simbolizaba la franqueza en el hablar y la consecuencia en el actuar.
Y ahora no es de extrañar que el stablishment vea al Ché con otros ojos: El Ché fusiló y ordenó matar a mucha gente sin juicios justos y a veces ni siquiera pruebas, fue ministro de un régimen que violaba los derechos humanos, creía que violencia era la partera de la historia y no dudó en llevar a otras latitudes su doctrina de la lucha armada. “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, tremenda tautología que solo pareciera evidenciar la pobreza de recursos intelectuales y el exceso de ira y fanatismo.
Idos ya los días de auge revolucionario en el Tercer Mundo y perplejos en la burbuja de la globalización; el Ché tiene poco que decirnos porque su lenguaje vital resulta desconocido a los oídos de hoy, porque parte de paradigmas que hoy han sido arrinconados, porque su lógica ahora pareciera que no tiene lógica: “A ver, ¿me hablas de un barbudo que se pasó la vida pegando tiros por imponer un orden social que se cayó a pedazos en 1989?” Sí, de ese mismo.
El Ché fue producto de las agudas contradicciones de América Latina, fue la cara más visible de un par de generaciones que veían su país como una semicolonia de EEUU y a la que sólo se podía liberar echando por la fuerza al imperialismo y sus secuaces locales. El recurso a la violencia era lógico en un mundo de dictaduras militares y feroces satrapías lideradas por los yanquis. La democracia apenas si era defendible puesto que desde hace décadas era un guiñapo manoseado por militares, curas, gamonales y banqueros. Si querías cambiar las cosas, éstas tenían que cambiar radicalmente, de arriba abajo, rehacer la historia y la persona misma. “El hombre nuevo”. He ahí la meta utópica del Ché.
La nueva situación mundial es más ambigua. Tenemos democracia, quienes denuncian la violación de derechos ya no se les elimina con la facilidad de antaño, el abanico de alternativas es casi infinito y el derecho a la protesta y a la opinión se manifiesta diariamente. La cultura del espectáculo nos ha colmados de héroes, sean cantantes, modelos o futbolistas. “Si quieres cambiar las cosas preséntate a las elecciones, funda un periódico, cumple un voluntariado en las ONGs, sal por televisión, arma tu blog. En el caso más extremo, aprovecha la visita de alguna personalidad internacional y haz bulla. En vez de politizarte, mediatízate”. ¿”Hombre nuevo”? ¿Para qué?
En el razonamiento de hoy no tiene mucho sentido la muerte final del Ché.
Por eso, no tiene sentido juzgar ni al Ché o a Mao ni a sus semejantes en términos sumarios con los nuevos códigos postmodernos. En ese plan también tendríamos que condenar a José de San Martín y a Simón Bolívar por levantarse en armas contra el régimen legítimo de la Corona, a Ramón Castilla por autoritario, a José Carlos Mariátegui por violentista o al propio Miguel Grau por apoyar el levantamiento golpista de Vivanco. Tasajearíamos casi toda nuestra historia por no adecuarse a los edulcorados parámetros del mundo de hoy.
¿Qué nos queda? Sencillamente estudiar el pasado más a menudo y sacar lecciones. La vida de las personas es profundamente intensa y compleja, muy pocas veces se puede analizar en blanco y negro. El problema no es que el Ché o los revolucionarios de ayer sean buenos o malos, el problema es saber si su trayectoria –con sus triunfos y fracasos, sus genialidades y miserias- nos puedan decir algo, nos sugieran alguna idea novísima o, simplemente, nos ayuden a formarnos como mejores personas.
En último caso, los héroes (y los villanos) se han hecho para que los interpelemos críticamente todos los días y no tanto para llevarlos estampados en nuestras camisetas durante un fin de semana.