En el mes de octubre las cosas no son lo que parecen. Miles de personas tomando las avenidas principales del Centro de Lima podrían ser una turba de manifestantes o una legión de admiradores esperando a su estrella de rock, pero no lo son. Ellos, los que se vayan en un intenso sol durante horas para verlo pasar, son quienes buscan un milagro.
Todo comenzó en 1651; aunque pasó a la historia en 1655. Un esclavo angoleño, bajo inspiración divina, plasmó la imagen de Cristo crucificado sobre una pared de su cofradía en la zona de Pachacamilla. Años después, un terremoto estremeció Lima destruyendo todo lo que encontró a su paso. Todo, menos esa imagen pintada al temple.
¿Crees en los milagros? Dicen que el primero que realizó esa imagen ultrarresistente fue para un hombre que se apellidaba León y que estaba condenado a muerte hasta que lo vio. Entonces, su fama creció como la espuma. Los seguidores eran cada vez más numerosos y los cultos cada vez más intensos. Esto molestó a las autoridades eclesiásticas, quienes intentaron, literalmente, borrarla del mapa.
Allí viene la ya famosa anécdota: Un pintor indio se acercó al muro donde reposaba el milagroso y sintió escalofríos y temblores al intentar desaparecer su silueta. Dos hombres más pasaron por la misma experiencia. Algunos cayeron, otros conocieron la gloria de Dios. Lo cierto es que allí se quedó el Cristo Morado, por días, por meses, por siglos, hasta el día de hoy.
EL SEÑOR DE LOS MILAGROS A LA OBRA
Las gracias del Cristo Morado han bendecido a millones de personas. Él atiende provincias y pedidos internacionales. Además, hace de todo: C onsigue trabajos, hace justicia, acompaña, enamora y, sobre todo, sana.