Limpian carros, alquilan sombrillas a turistas, venden raspadilla, anticuchos y, en el menor tiempo de descanso, corren, agarran un tabla y se trepan a las olas soñando despiertos. Soñando que dentro de poco se convertirán en la próxima estrella del surf, cruzarán el mundo entero compitiendo en las playas “más bravas” y volverán a casa con algo de dinero para sacar de la pobreza a su familia. Son los niños trabajadores de la calle de Cerro Azul. Unos 20 pequeños que bajo el amparo de una asociación llamada Piel de Luna Llena y el entrenador Jerson Padilla tratan de tomar disciplina en este deporte, competir en torneos locales, hacer que grandes auspiciadores los miren sobre las olas y descubran nuevas estrellas.
Todas sus historias son marginales, pero también de entusiasmo y superación. La alegría, carisma y la chispa que le ponen todos los días a su trabajo y a las horas que le dedican al surf, hicieron que un austriaco llamado Kiko Clown (que prefiere no figurar), deje a Jerson, otro tablista cerreño -que en sus ratos libres trabaja como mozo- unas tablas de surf y la responsabilidad de entrenar a los chicos para que puedan dar la sorpresa en ese deporte.
En nuestro primer contacto con los niños, hubo uno que por su picardía y destreza en el mar, prácticamente se robó el show. Es Miguel Zavala Medina, a quién cariñosamente todos llaman “Castor”. Él vende pescado con su padre, pero también se ''recursea'' atendiendo a turistas. Este soleado viernes le tocó atender a Lourdes, a su esposo norteamericano y a sus dos hijos. Con la propina que le dieron corrió a casa y lo entregó a mamá Delfina, pues quiere mandar a reparar la tabla que el año pasado le regalaron en Piedra Luna Llena.
Miguel y Astrid Francia Campos ayudan a su madre a vender raspadilla. Su pasión por las olas hace que en cada momento libre corran a la playa a entrenar.
Todos ellos ya tienen más de dos años en la Asociación, y ya son diestros sobre una tabla, así que también hacen sus “cachuelitos” enseñando los pininos del surf a los hijos de algunos turistas que llegan hasta el balneario.
Roberto Calderón no tiene vergüenza de gritar ¡anticuchos, rachi, picarones! a los transeúntes de la Plaza Central de Cerro Azul. Ayuda a su madre a vender, pues ella lo recompensa dándole permiso para que en sus ratos libres vaya a la playa y practique su deporte preferido, el surf.