El tenebroso disfrute de ver una película de horror
Llevarse las manos a la cara para no ver una terrible muerte en una película de horror sería comprensible si uno no abriera los dedos para no perderse tal "espectáculo". ¿Qué nos obliga a quedarnos pegados a la pantalla viendo el sufrimiento ajeno?
Las películas de terror explotan uno de los instintos más inherentes al ser humano: el de la conservación. Huimos ante el peligro existente, ante las fuerzas tenebrosas que quieren hacernos daño. Escapamos porque sabemos que esa carrera muchas veces será interminable.
Nuestros miedos más íntimos
El miedo es una de las emociones más primitivas y fundamentales en el hombre, lo que hace es advertirnos de una amenaza que está por venir, que llega, que nos acecha. El género del horror se ha encargado, mediante la ficción y la fantasía, de recordarnos lo vulnerables que podemos llegar a ser.
Cada personaje que sufre en este tipo de filmes es visto por nosotros como si se tratara de cada uno de nuestros miedos más íntimos. Deseamos llegar hasta el final, ver el sangriento destino del tipo que es alcanzado por Freddy Kruger, de la mutación demoníaca de una niña en “El Exorcista”.
El pánico a lo desconocido
La fantasía permite que los directores del cine de terror construyan un universo propio que tiene como punto central el “miedo a lo desconocido”. En nuestra vida cotidiana tenemos miedo a que nos puedan asaltar, golpear, insultar; pero no todos creen en amenazas extraídas de nuestro imaginario más absurdo.