Me despierto a las seis de la mañana y diviso unas olas en la rompiente frente a mi cabaña. La crecida estaba recién entrando. Converso con Ray, el dueño del camp y conocedor de la rompientes de la zona. “Hey Ray ! Do you think Kandui is breaking? Y me responde con un: Oh yeah!! Kandui now is firing!. Es decir, Kandui está buenazo. Un par de días antes estábamos pensando en el modo de grabar la ola. Inspeccionamos la orilla y el arrecife. Encontramos un árbol en el que si construimos una especie de casita, tendríamos la toma soñada. Contactamos un carpintero local y manos a la obra. El día de las olas nos trepamos a una lancha, las olas dificultaban el traslado y para encontar donde anclar era medio complicado. Logramos bajar el equipo, caminar por una trocha hasta llegar a nuestra pequeña casa en el árbol.
Un orgullo logrado con un poco de ingenio y presión al mismo tiempo porque teníamos que hacer que todo ese esfuerzo valiera la pena. Regreso al bote y directo a la rompiente. Nada más y nada menos que con mi hermano Ian y mi Papá Guayo. Kandui heavy, pesado, doblándose como Teahupoo, pero con una velocidad inusitada. La crecida era oeste y con un periodo altísimo. Cuando Kandui revienta con oeste la única forma de correr la ola es dentro del tubo, pero con unas mangas aceleradísimas que tornan la corrida super intensa.