


“(…) Por lo visto (y nada de esto estaba en mis planes antes de que mi hígado empezara a cansarse de mí), sólo me van quedando Lima y Bogotá para vivir lo que me quede por vivir (que tal vez no será poco si consigo donante de hígado), para escribir lo que tengo que escribir y para caminar de noche cuando los que trabajan duermen y los que nunca hemos trabajado caminamos para ver cómo sería la ciudad si la poblásemos sólo los haraganes como yo”.
“De Bogotá me gusta que llueve, que la montaña es verde, que la gente al parecer me quiere, que me cuidan guardaespaldas armados y policías en moto, que sus noches me asaltan con ficciones criminales. Pero siendo ya residente, con casa y automóvil, con custodios y policías que me despejan el tránsito, no encuentro en Bogotá a tres personas que, cuando sonríen, me hacen creer el embrujo de que mi vida no fue en vano y que aún queda cierto camino por andar. Esas tres personas están en Lima. Son mis hijas y su madre”.
“Cuando las abrazo y las veo sonreír y quedo absorto contemplando su belleza, siento que es estúpido seguir viviendo lejos de ellas, viéndolas sólo los fines de semana, siento que el único país en el que quiero vivir son las calles donde vivan ellas, donde pueda verlas todos los días, todos, donde pueda caminar (o, como ahora, tomar el ascensor de un piso a otro) para recordar lo que a veces, por tonto, parezco olvidar: que yo iré adonde vayan ellas, y que no concibo el futuro lejos de ellas, y que cada día sin verlas sonreír es un día perdido en un país equivocado”.
Terra Perú
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