

¿No es elitista?
No. Un día una actriz, a quien respeto pero es frívola y esnob, me dice: “Osvaldo, qué raro que no tengas casa en Asia, porque en Asia hay gente como uno”. Entonces, yo le pregunté cómo era la gente como uno. Porque yo soy amigo de un negro, de un blanco, de un cholo, un amarillo o un verde. Me da lo mismo un homosexual, una prostituta. No puedo ser amigo quizá de un ladrón o un drogadicto, porque me molesta la enajenación. Yo puedo ver volar elefantes azules sin jalar cocaína. Lo más parecido que he visto a la cocaína es el talco; ni siquiera fumé marihuana. Soy un tipo sano, bien zanahoria. No critico, pero no puedo tener amigos drogos, porque no es mi mundo. Tampoco me siento cómodo con borrachos. Un día comí con Julio Ramón Ribeyro, a quien adoro porque es un gran autor, pero estaba tan borracho que no podíamos conversar. Entonces, no me sirve. No es mi estilo.
Con respecto a tus novelas, la crítica literaria no fue muy generosa…
¡Cómo que muy! ¡Me cagaron! ¡Por favor! El único que salió en defensa mía o que hizo críticas positivas fue sorprendentemente Gonzáles Vigil en El Comercio. Pero no sabes lo que dijo Tháys, Hildebrandt, de todo. Y bueno ¿Qué querés que haga?
¿Te importa?
No voy a ser tan miserable o tan mentiroso de decir que no me importa. Porque la negación en todos los órdenes importa. Yo recuerdo más a una persona que haya entrado a mi camerino para decirme que no le gustó mi obra, que a la gente aplaudiendo de pie en teatro lleno. La negación te queda para toda la vida. Esto me importa, pero tampoco me quita el sueño. No hizo que vendiera más o menos libros. Además, lo terrible de todo esto es que también son escritores. Y escritores que no venden, aburridísimos. Hildebrandt es un hombre inteligente, pero pésimo novelista.
Tienes una larga amistad con Susana Giménez. ¿Cómo ha sobrevivido esta amistad a pesar de la distancia y de lo diva que ella es?
Es que no es una diva. Es una mujer exactamente igual que yo. Es una mujer con la que podés hablar todo el día. Cuando ella tenía 25 años, hizo conmigo su primera obra de teatro, “Las Mariposas son Libres”. Compartimos un año de temporada en la Calle Corrientes. Fue un éxito enorme. Después de un año de gira por todo el país, aprendimos a conocernos mucho, a querernos. Es una persona que sabe todo de mí, muy cercana. Me llama a las tres de la mañana cuando no puede dormir, hablamos de cosas personales, íntimas. Es una hermana. Me hace falta.
Después de 40 años en el Perú, ¿qué es lo que más te jode de este país?
Hay como un cierto dolor por el éxito de los otros. Hemos heredado lo peor de la aldea española: el resentimiento, la envidia, la bronca, la frustración. Eso esta mejorando, pero hay tanta corrupción. Vivimos demasiado dominados por lo que le pasa al otro. No es como Nueva York o Buenos Aires donde cada uno la pelea a su manera y están más concentrados en lo que hacen que en los demás. Pero también acá la gente es más solidaria, más pueblerina todavía. Quizás por eso me he quedado. Porque me sentí como muy protegido. También me traicionaron después. Pero al principio me sentí muy protegido.
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