En mis varios años como periodista de espectáculos jamás había visto (y escuchado) algo igual, y eso que he presenciado varias decenas de conciertos. Y es que el show que Roger Waters ofreció anoche en la explanada del Estado Monumental pasará a la historia de este país como el primer y mejor ofrecido por un artista ante un público masivo. Fue el mejor, sino el único, con una producción sin precedentes. Fue el más grande.
Los detalles saltaron a la vista desde el inicio del espectáculo: una inmensa y nítida pantalla al fondo del escenario sirvió como puente para comprender las historias que Waters nos contaba en cada una de sus canciones. La pirotecnia y el fuego remarcaron más las crudas líricas del músico sobre la guerra y ¿como no- el cerdo que voló por los aires de Lima hizo que le mentáramos la madre a cuanto político se nos ocurrió en el momento. Sobre todo, Bush.
Clase maestra de rock n'roll
Pero como esos sólo fueron los artificios que usó el músico para tocar el rock n¿roll que lo trajo por primera vez a este país, ahora hablaremos de la música, qué música. 26 canciones perfectamente ejecutadas y tocadas con un sentimiento único por una correctísima banda que en muchos pasajes de las dos horas de show nos hizo imaginar que estábamos escuchando a Pink Floyd en el distrito de Ate-Vitarte. Lima, Perú.
El set list fue idéntico al que Waters interpretó en Colombia y México. Es cierto, todo está preparado y ensayado como una obra de teatro, pero eso no quita que uno se haya emocionado hasta las lágrimas con canciones como ¿Mother¿, ¿Shine on your crazy diamond¿, ¿Wish you were here¿; o se sienta el vértigo del rock al conectarse con pasajes atmosféricos de ¿Set the controls for the heart of the sun¿ o intensos como ¿Sheep¿.
Decían que Waters era un alucinado y que sus propuestas escénicas rozaban con el delirio. Era cierto. Los peruanos lo comprobamos con cada una de las proyecciones que se vieron en el Monumental, imágenes que, combinadas con las canciones, hablaban de la guerra, del fin del mundo, del poder de los políticos; y, como no, de pasajes espaciales, todo un fetiche de Roger.
El mejor concierto de la historia
Más de 10 mil almas vibraron con el concierto. Para muchos fue el primer gran show musical de su vida, para otros significó ver un héroe máximo del rock tocando en un país donde este género está venido a menos. Fue ese coro el que no dejó de cantar cada una de las 9 canciones que componen el magnífico ¿Dark side of the moon¿, disco que fue interpretado en su totalidad y que marcó la segunda parte del show.
Para el final del espectáculo, Roger Waters reservó un puñado de magníficas obras extraídas de ¿The Wall¿, comenzando por ¿The happiest days of our lives¿, siguiendo por la famosa ¿Another brick on the wall¿ (con una fallida y poco comprendida intervención de un coro de niños), la sentimental ¿Vera¿, la bélica ¿Bring the boys back home¿ y culminando con la extraordinaria ¿Comfortably numb¿.
El sueño había acabado, pero no así la euforia de los miles que estuvieron presentes. No importó el alto precio de las entradas (ojalá el Estado acabe de una vez con el tema de los impuestos), tampoco que Waters no suene en las mezquinas y plastificadas radios limeñas, la explanada del Monumental casi se repleta y demostró que el rock acá sí es industria. ¿Quién será el próximo en venir?