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El mar como fuente de salud
El verano es el momento ideal para disfrutar de la playa y aprovechar el gran poder curativo del agua del mar, el clima y la brisa constituyendo juntos toda una combinación beneficiosa para la salud.
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Según la teoría de la evolución, los primeros aminoácidos -sustancias formadoras de proteínas- se formaron en el mar. A partir de aquí se originó la vida en nuestro planeta. Por ello, desde siempre el hombre ha estado vinculado al agua y ha aprovechado todos los elementos del mundo marino con fines curativos.
El agua y el clima marino, las algas y lodos del mar, la arena, así como otras sustancias extraídas del reino de Neptuno son recursos indispensables para realizar la talasoterapia o cura con el mar.
El término “talasoterapia” -acuñado a principios del siglo XX- proviene del griego thalasso (mar) y therapeia (cura). Resulta normal entonces, que pueblos tan ligados por su historia y su respeto al mar, con héroes como Odiseo y Jasón, fuesen los primeros en advertir la importancia médica del agua del mar.
Así, los Asclépiadas, médicos de la antigua Grecia y seguidores de la medicina antigua de “Asclepios”, prescribían inmersiones marinas para tratar enfermedades de la piel. Sin embargo, es con la llegada de la medicina hipocrática que se inicia realmente el desarrollo de la talasoterapia.
De esta época provienen los primeros escritos que detallan el uso terapéutico del agua de mar, sobre todo en el tratamiento de las heridas y enfermedades de la piel. Curiosamente, fueron los pitagóricos los que introdujeron a los griegos en el empleo médico del agua marina.
La salud y longevidad de Pitágoras, aparte de la dieta vegetariana, eran atribuidas a su costumbre de bañarse en el mar a diario durante todo el año. Costumbre que siguieron muchos personajes en la antigua Roma.
Sin embargo, durante la Edad Media la talasoterapia quedó olvidada debido a la peligrosa aparición de piratas en las rutas marinas y las costas. Durante el romanticismo, se recuperó el interés por el uso terapéutico del mar en Gran Bretaña cuando los aristócratas ingleses, encabezados por el príncipe de Gales Jorge IV, inauguraron los baños de mar en una pequeña localidad del canal de la Mancha llamada Brighton.
Posteriormente en el siglo XIX, la moda del baño de mar llegó al continente europeo y desde entonces su práctica ha ido en aumento.
Una medicina efectiva
La riqueza mineral del agua de mar se debe a la considerable cantidad de minerales y oligoelementos que contiene, convirtiéndola en una verdadera medicina para remineralizar nuestro organismo. Cuando nos sumergimos en ella, el primer efecto positivo lo experimenta el sistema parasimpático.
Tras el choque inicial de la temperatura, el sistema nervioso empieza a sedarse por la acción del agua sobre las terminaciones nerviosas de nuestra piel. Además, por su abundancia en plancton resulta un elemento vivo con propiedades antibióticas y estimulantes del sistema inmunitario.
Otro efecto positivo de la talasoterapia es el masaje que realizan las olas (con su continuo movimiento ondulatorio) sobre nuestro cuerpo. Su alta densidad convierte al baño marino en una especie de sesión de masaje acuático, cuyos movimientos oscilan entre el leve roce y el golpe ligeramente violento, poniendo en juego la actividad muscular a la vez que proporciona una mayor elasticidad y firmeza a los músculos.
Por otra parte, la mejora del estado del sistema circulatorio es otro de los beneficios que se obtienen del oleaje marino. Éste es el responsable de las sutiles y lentas variaciones de la temperatura del agua y la consiguiente transmisión de estímulos térmicos al organismo, siendo estos estímulos los que producen una serie de respuestas en los vasos sanguíneos.
Además, la presión hidrostática del agua de mar provoca una compresión de las zonas sumergidas de nuestro cuerpo durante el baño y, por tanto, también de las venas. Este fenómeno favorece el retorno de la sangre venosa al corazón, activando la circulación. En este sentido, los baños marinos constituyen la terapia ideal para las personas con problemas de várices y de circulación en general.
Con el tiempo, los baños constantes, combinados con el sol y el aire, generan más efectos positivos para nuestra salud. Para empezar, la piel es el órgano más extenso e importante, puesto que absorbe de forma tópica -a través de los poros- los minerales ionizados que contiene el agua de mar y que penetran en el organismo difundiéndose rápidamente.
Las sales disueltas en el agua realizan una profunda limpieza de la piel, que tras varios baños se regenera y fortalece sus últimas capas dérmicas. Es más, estos elementos que traspasan la piel durante el baño, contribuyen a conservar y mejorar su brillo y elasticidad, pudiendo incluso, detener algunos problemas dermatológicos como la soriasis.
Asimismo, la acción de las sales marinas, junto con la temperatura y la acción mecánica del agua yodada, disuelven depósitos tóxicos y favorecen la eliminación de toxinas a través de la orina y las deposiciones; efecto que se potencia si se bebe agua marina durante el baño. Por último, la absorción del yodo a través de la piel propicia un aumento del apetito.
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