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Hablar de "Manolete" es simplemente hablar del toreo.
Aficionados y los que no lo son, conocen perfectamente bien quién fue Manuel Rodríguez, uno de los toreros más importantes de la historia, que "murió matando; mató muriendo".
Un torero lleno de personalidad, que hablaba muy bien de toros, porque sabía de toros, aunque su voz pareciera cavernosa, a veces tímida, pero muy expresiva.
La victima de la fiesta, concebía el toreo no como una profesión, sino como un ideal. No solía comparecer en la arena con la poco ambiciosa intención de cumplir, sino que se entregaba a su vocación torera con una honradez insobornable y con una actitud mística, presbiteral. Toreaba con tanta solemnidad y con tan cabal disposición al holocausto, que en sus trasteos, más que ejercer, oficiaba el toreo, y los brindis de sus faenas eran más bien litúrgicos ofertorios.
El "Monstruo de Córdoba"
Visitó México en 1945 y se presento en "El Toreo", 1945. Literalmente hubo golpes por conseguir un boleto. Guadalajara, Puebla, Irapuato, León, Aguascalientes, fueron algunos escenarios en donde su figura mística se apreció en todo su esplendor en 1946. Hizo grandes faenas, obras de arte, poderío y torerismo con "Manzanito" de Pastejé, "Platino" de Coaxamalucan. Ambas premiadas con el rabo, faenas que fueron prototipo del buen toreo.
El propio torero confesaría que lo mejor que había realizado en su vida, fue con el toro "Espinoso" de la ganadería de Torrecill y la de "Ratón" de Pinto Barreiro en Madrid.
La fiesta es pasión y polémica. Las figuras tienen "istas", también detractores, sin embargo "Manolete" tenía admiradores.
Silverio Pérez, quien compartió el ruedo 16 tardes con "Manolete", define al español de la siguiente manera: "en el ruedo sabía ser torero; fuera de él sabía ser amigo".
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