Jueves, 31 de Julio de 2008
Lima es una feria
Es una fiesta, sí, y no lo digo porque esta ciudad que adoramos y maldecimos a la vez se haya convertido en una sarta de encantadores de serpientes y mercachifles de toda estirpe, sino porque efectivamente se ha inaugurado la 13º Feria Internacional del Libro, con poco bombo y menos platillos, pero con la certeza de que el limeño lee, lee a contraviento, a vuelo de pájaro, a regañadientes, como sea, pero lee.
El Columnista
Carlos Batalla
(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.
Este fin de semana termina la feria del libro en la capital limeña. La feria es, por ahora, el único refugio contra la estulticia de ricos y pobres; y también contra la bulla de cláxones desesperanzados y pitos revolucionarios, que agobian las calles limeñas; es refugio, además, contra las luces de neón y el esmog a granel que respiramos diariamente, como si fuéramos los peores condenados del mundo.
En el Perú, o en Lima, para ser más precisos, la feria del libro más importante siempre coincide no con el mes de las letras, que en casi todos los países de habla hispana es abril, sino con las fiestas patrias. Eso debe decirnos algo, o por lo menos inducirnos a pensar que aquí, en esta tierra del pisco sour y el cebiche, la letra entra con himno nacional incluido.
Patrioteros no somos precisamente, salvo nuestro oportuno ministro de Defensa, quien suele “ofenderse” (dizque) cuando una mujer posa desnuda con la bandera nacional bajo las nalgas; somos, más bien, recelosos con los símbolos patrios. Queremos ser solemnes, pero no nos sale bien. Por eso parecemos muchas veces algo ridículos.
No sé cómo se puede relacionar el “día de la patria” con el “día del libro”. El “28 de Julio” en el Perú es en verdad un día para descansar y escuchar con humor y estoicismo el discurso presidencial. Es también un día para salir a caminar por la tarde en los alrededores del Centro y comerse un plato de picarones, de anticuchos, o un suspiro a la limeña, que también puede convertirse en un buen arroz con leche. Pero, ¿y los libros? Sólo a un limeño tiernamente lector se le puede ocurrir hacer “click” (guiño para lector peruano), o sea, vincularse amorosamente con una feria de libros y visitarla, es más, comprar y leer en 28, ¡válgame Dios!
Yo los he visto en estos días finales del mes patrio, y son muchos: compran febrilmente las obras completas del serio historiador peruano Jorge Basadre, pero también la colección completa de “Archie”; pasan de una revisión alocada de los clásicos griegos de editorial Gredos a los libros para colorear de “Coquito”, el también clásico de la pedagogía primaria en el Perú. Porque así somos en Lima, y en el Perú entero: desconcertantes, obsesivos y acaparadores.
A leer amigos, que el mundo sigue rodando…