Viernes, 30 de Mayo de 2008
El Alejandro Romualdo que yo conocí
El cadáver del poeta peruano Alejandro Romualdo Valle Palomino (1926 - 2008), o simplemente “Alejandro Romualdo” como todos lo conocían, fue hallado en su casa del distrito de San Isidro, en Lima, la madrugada del miércoles 28 de mayo. Un paro cardíaco acabó con su silenciosa presencia, que se había hecho casi invisible en los últimos años. La Generación del 50 en el Perú pierde a otro de sus miembros. Quizás el más díscolo de todos.
El Columnista
Carlos Batalla
(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.
Muchos amigos del poeta, sobre todo periodistas y escritores, han reconocido su valor literario en estos días de duelo en la cultura peruana. Y lo han hecho al margen de todo, entiéndase por ello, su carácter impredecible, su genio iconoclasta y su talante radical. Alejandro Romualdo decidió vivir solo y morir solo. Era autónomo por naturaleza y orgulloso por necesidad.
Nunca pude entrevistarlo, aunque lo intenté un par de veces. No lo tomo como un fracaso. Más bien como un homenaje a su personalidad. Eso lo llegué a entender tras varias semanas infructuosas en que incluso le escribí una carta personal en la que le pedía que me abriera su “universo poético”; o esperándolo –mejor dicho, haciéndole la guardia– en la vereda de enfrente de su casa, al otro lado de ese alto portón de madera vieja y plantas enredadas que tenía por fachada.
Era mayo del 2004, y el frío empezaba a invadir los huesos limeños. Trabajaba para un diario de circulación nacional de Lima, en el que esperaban mi entrevista con ansiedad. Redacté la carta de solicitud con la mayor cortesía del mundo y sin buscar presionarlo. Una amiga del poeta me aconsejó buscar un “cómplice” para acercarme al autor de “La torre de los alucinados”, pero fue inútil. Nadie quería “incomodar” al poeta, así que me decidí y fui hasta su casa. Era muy temprano, como las ocho de la mañana. Deslicé la misiva por debajo de la puerta y esperé unos minutos, varios minutos… Sin darme cuenta había estado allí parado soportando la llovizna más de dos horas, hipnotizado por las plantas trepadoras que ocultaban la casona, hasta que por fin el portón empezó a abrirse…
Lo admito, crucé los dedos, en un gesto infantil como cuando de niño esperaba que las cosas pasaran como las había imaginado. La puerta de madera antigua se detuvo y quedó apenas entreabierta. Era predecible, me alentaba, claro, el poeta había visto la nota en el patio, cerca de la salida y estaba leyéndola. Traté de “recrear” lo que estaba pasando: cogía la carta, se conmovía, se convencía de que podía hacer una excepción y darme una entrevista, ceder un poco, qué más da… Pero, de pronto, la puerta se abrió definitivamente, y yo avancé resuelto a decirle, sí, don Alejandro, podemos conversar en un café o en su casa, como usted prefiera.
Pero cuando estuve realmente cara a cara ante el poeta del magnífico “Canto Coral a Túpac Amaru, qué es la libertad”, no supe cómo decirle que era yo quien le había escrito esa carta que sostenía entre sus manos. Al decírselo, finalmente, me miró muy extrañado y con una expresión de rara ternura. Me devolvió la carta con un gesto compasivo. “Buen intento”, me dijo, y siguió su camino hacia El Olivar, donde solía pasear por las mañanas, a paso firme y muy abrigado. Entonces comprendí que era inútil insistir, y lo dejé ir. Una sensación de paz me invadió. Y entendí todo lo que debía entender: su silencio era prueba de su gran valor como persona, de ese sencillo orgullo que lo caracterizaba. Me contenté con saber eso, así no haya obtenido la entrevista que deseaba.
Esta mañana de mayo su ausencia será notoria no para los hombres y las mujeres de su entorno, que casi ni le hablaban, sino para los pájaros y los viejos olivos de San Isidro que lo rodeaban, y donde su mirada de animal piadoso parece haberse estampado… Descanse en paz, señor poeta.