Viernes, 18 de Abril de 2008
EL FANTASMA DE LA LUNA (cuento)
No hay noche en que Alberto no vea el reflejo de la Luna en su baño. En esas ocasiones, siempre ocurre lo mismo. El espectro lunar que se proyecta nítidamente en el espejo, se convierte a menudo en la figura de su madre, doña Julia. Cuando es así, la superficie lustrosa repite a una dama vestida de blanco, con velo de encajes y un antiguo collar de perlas. Por más que no quiera verla ahí, entre frascos de alcohol yodado, somníferos y tiras de calmantes, su presencia reaparece, normalmente acusándolo de haberla dejado en la más absoluta soledad.
El Columnista
Carlos Batalla
(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.
“Marta, mi mujer, llega tarde, cansada y con pocas ganas de hablar conmigo de esas apariciones”, escribe en su diario. Alberto está obsesionado. No deja de pensar en el significado de ese “aviso” que lo enloquece; siente, además, que su rutina no ha variado desde hace dos años, “cuando vi morir a mi madre desangrada en un pasadizo del Hospital General”.
Ella nunca lo ha perdonado, piensa, y menos por el viaje que hizo sorpresivamente a Roma, un mes antes de que sus males empeoraran; allí, en el Viejo Continente, Alberto trató de hallar las pistas de una secreta vocación literaria que se le escabullía con los años. Se fue, sencillamente, y no le importó nada más que esas ganas viscerales de volcar sus miserias en frases y palabras. Por eso viajó a pesar de estar seguro del malestar de doña Julia, condenada a una extraña enfermedad que la obligaba a vomitar coágulos de sangre.
El carácter posesivo de la anciana lo exasperaba. Muchas veces discutió con ella, y en algún momento trató de explicarle por qué no quería tener hijos, ni aceptar ese trabajo en el banco que le ofrecía un tío lejano. Nunca quiso contarle sus secretas inquietudes literarias, pues temía que se burlara de él como solía hacerlo de un primo medio poeta que había perdido una cuantiosa herencia por “garabatear boberías”. En ese trance, Alberto no se callaba, le decía que no tenía derecho a hablar así de un pobre hombre que no lastimaba a nadie y que, al final de cuentas, fue el más noble y humano de su familia. Pero la anciana lo hacía callar como a un niño. Esa imagen de su madre amenazándolo con el silencio lo sumergía cada vez más en su furtiva labor de escritor, donde podía decir, inventar, crearse un mundo con sus propias reglas.
En esas horas de merodeo por un oficio que lo convertía en una “bomba de tiempo”, imaginaba historias increíbles que terminaban vinculándose con su vida personal. En muchas de ellas había siempre mujeres de corazas afectivas, minusválidas de ambas piernas o compañeras redentoras; había casonas abandonadas, edificios laberínticos de varios pisos, parques de higueras solitarias; también amores crueles, desafíos inconclusos, injusticias anónimas y aun fantasmas y voces nocturnas con las que podía comunicarse mejor que con las reales.
Alberto no sabe bien por qué, pero está seguro de haber llegado a una edad en que todo es repetitivo. Tiene 33 años y no se ha casado, tampoco ha publicado libro alguno, aunque acumula cientos de manuscritos en la parte alta de un viejo estante; y tampoco ha procreado un hijo, a quien sueña, sin embargo, con grandes ojos negros y sonrisa de payaso. Está seguro únicamente de haber hecho bien en convivir con una mujer mucho mayor que él y a quien sólo le interesa “vivir en paz”.
Avanza en su diario otras cavilaciones, una marea de especulaciones y ocurrencias cuando, de pronto, reaparece la imagen del baño, en el fondo del espejo. Es como una luz que lo acusa y le hace sentir más abandonado; una señal que lo envuelve cada vez más en su cuerpo magro, en su mirada esquiva y sus cabellos apelmazados. Alberto siempre quiere acabar con el suplicio y muchas veces logra salir del estrecho cuarto. Esta vez, apesadumbrado, camina hasta la ventana y escucha llegar el auto de Marta, “sí, es Marta”, se dice.
El Volvo azul comprado en un remate gira a la derecha, retrocede, busca el sardinel y se detiene con las luces apagadas. La mano izquierda de la mujer lo saluda desde la ventanilla, él cree oler incluso la pizza que trae bajo el brazo; luego siente las llaves que fuerzan la puerta, las bisagras que ceden al empuje, los tacos resueltos que avanzan en el parqué recién lustrado...
Un mareo repentino lo envuelve y, como un obús humano, gira sobre su eje e imagina llegar a otra casa, a su cuarto de niño, para escuchar los gritos desaforados de su madre, sus reclamos, sus quejas por el marido ausente, su llanto desconsolado… Pero vuelve a escuchar nítidamente el primer golpe en la puerta, y sólo atina a esconderse debajo de la cama. El miedo lo paraliza. Ya siente el temblor en la piel, se agita y pide perdón en medio de amenazas interminables. Oye el segundo golpe y ya el mundo le cae encima, siente que la cama se levanta por los aires y lo deja indefenso. Entonces escucha el primer llamado: ¡Alberto!, el gruñido no cesa hasta dejarlo sordo, sordo como una piedra.
El paso de ese instante es infinito. Está atrapado. Respira agónicamente, anhela una tregua. Piensa que ya no podrá levantarse ritualmente a las seis de la mañana, prepararse un café negro sin azúcar, vestirse y ajustarse a las sienes las gafas de miope; tampoco rezar tímidamente bajo la foto de una mujer que sólo para él tiene valor. Atrás quedará también la noche en que desvió su ruta habitual para topar con la puerta iluminada de un viejo hotel. Nada en su mente recordará las calles escarchadas que lo llevaron ese día a un lugar de luces de neón y a la habitación 510. Atrás, muy atrás, en la penumbra de su memoria, se reducirán las horas de espera en el baño hasta que el reflejo de su madre vuelve a martirizarlo.
Los golpes a la puerta no se detienen. Uno, dos, tres veces seguidas: ¡Alberto!, ¡Alberto!, ¡Alberto!, hasta que ya nada se mueve afuera. Se recuesta en la cama helada. Las luces de neón vuelven a confundirlo. Esos horribles destellos interrumpen puntualmente la noche. El silencio y el frío contraen su cuerpo hasta hacerlo casi desaparecer. No soporta más, y con unas ganas enormes de terminar con el delirio, arremete contra el espejo colgado en un ángulo del baño. Para su sorpresa, el vidrio queda intacto, y en su cuerpo no hay marcas de la embestida.
A las pocas horas nada le parece igual. Está en la misma habitación, pero extrañamente la puerta y la ventana se han corrido hacia un lado. El botiquín tampoco está en su lugar, y el pequeño televisor se encuentra ahora en la esquina derecha del cuarto; lo mismo ocurre con la cama, pegada ahora a la pared, enfrente de la ventana… Entonces Alberto confirma sus sospechas... Se mueve, lentamente, y gira hacia la luz del día. Las cortinas blancas lo enceguecen. Desde ahí observa el exterior, pero ya no distingue las calles habituales del paseo matutino. Sólo contempla un ansioso grupo de enfermeras con camillas que avanzan a un ritmo estremecedor... Trata de regresar al baño, de tomar fuerzas y saltar nuevamente hacia el espejo. Retrocede. Toma impulso, ahora resuelto, pero retorna la imagen fantasmal de su madre, la figura de siempre... Y se aleja del baño. Busca salir de ese embrollo, pero sus fuerzas se agotan. Lo piensa nuevamente, contrae los músculos del rostro y cuando salta, a pocos centímetros de la superficie del espejo, voltea instintivamente la cabeza y observa cómo las cosas retornan a su lugar: cómo el televisor, la cama, la puerta y la ventana vuelven al orden de todos los días…
Tras el estrépito de los vidrios rotos, su cuerpo, lánguido y pesado, cae desde del quinto piso del edificio donde vive. El golpe brutal en el pavimento apresura a su madre, doña Julia, una dulce anciana que ya le traía la primera medicina del día y una pizza, esa que tanto le gustaba devorar.