Lunes, 25 de Febrero de 2008
En busca del Congrains perdido
Enrique Congrains. El narrador de historias. Lima: Copé, 2007.
Hay aproximadamente 1250 millones de vacas en todo el mundo, de los cuales, 250 millones son cebúes.
Wikipedia

El narrador de historias
De: Enrique Congrains
Luego de un silencio editorial de casi medio siglo, en el que, por propia declaración, se dedicó a escribir, pero no a publicar, Enrique Congrains Martin (Lima, 1932) da a luz El narrador de historias, un policial político situado en el futuro y un comentario sobre el arte de narrar, ya sea por viva voz o por escrito, en ciento setenta capítulos breves, dos epílogos y dos anexos, que refieren cuatro días en la vida del narrador oral Cayetano Cómpanis y algunos hechos subsiguientes.
La geopolítica del futuro
El narrador de historias (2007) de Enrique Congrains se propone la difícil tarea de hacer verosímil el año 2075 en Latinoamérica, privándolo de cualquiera de las previsibles atmósferas del futuro: no existe tecnología avanzada, la descomposición urbana y demográfica carece de sentido en bien ordenadas ciudades altoandinas, el calentamiento global no ha hecho estragos y la neurosis urbana parece ser una mala pesadilla del pasado. El personaje principal es Cayetano Cómpanis, un cuarentón culto y viajero que se ha dedicado a ofrecer el espectáculo de la narración oral La pata de mono, un cuento tradicional hindú adaptado por William Wymark Jacobs. Aunque no pueda entenderse por qué la narración oral puede ser una actividad atendible cuando, se supone, la tecnología audiovisual debería de haber mantenido su despliegue hipnótico sobre la vida doméstica—otro supuesto sobre el futuro que la novela elude—, Cómpanys consigue que la Universidad de Cuyo, una prestigiosa y solvente institución local, lo contrate por una noche para desplegar sus habilidades escénicas. La universidad se sitúa en el Protectorado de Mendoza, la más desafiante invención geopolítica de la novela, pero que responde a los peores pronósticos sobre el futuro nacional de Bolivia: consientes de su inviabilidad política, los bolivianos consiguieron anexarse a Argentina, y Chile, temiendo la hegemonía continental de sus vecinos gauchos invade la provincia de Mendoza; casi al instante, las Naciones Unidas consiguen un alto al fuego y la garantía de un régimen especial para el territorio en disputa, que es colocado bajo la autoridad un destacamento de cascos azules del ejército mexicano.
“Pensar críticamente”
No es de extrañar, pues, que el protagonista Cómpanis se vea enredado en la telaraña política de los distintos intereses nacionales involucrados en un territorio tan disputado. Sin embargo, ello sucede por no como consecuencia de la fatalidad de las acciones sino por la capacidad de Cómpanis para entrometerse porque “piensa críticamente”, una habilidad que el narrador omnisciente atribuye de modo porfiado a su protagonista y que este se endosa a sí mismo. Como el narrador omnisciente de El narrador de historias comparte casi siempre el punto de vista de su protagonista, tal habilidad se convierte en sinónimo de sanción positiva y enaltecedora, un rasgo de virtud y del verdadero conocimiento en el universo ficcional planteado por Congrains. Conviene señalar, sin embargo, que lo que se denomina “pensar críticamente” nunca se define, pero, aparentemente, es una actividad mezcla la ingenuidad de la deducción menos funcional del policial clásico (el deus ex machina, es decir el conocimiento aportado por novedad y no por inducción), la desconfianza sistemática del veterano escéptico, ese que tiene una frase para apostillar cada circunstancia humana, y la militancia en la política de izquierda, suerte de divisoria de aguas que separa el mundo en honestos y pérfidos. El narrador de historias, por ello, no es solo novela policial sino de tesis, pero tesis políticas que resultan simplificadoras y extemporáneas ya en el 2007, por no decir en un hipotético 2075, y que se expresan con un pedagogismo que revela sus frágiles bases (principalmente, oposiciones polares acríticas), y que pasan por alto el nuevo pensamiento crítico de izquierda, que diluye muchas de tales bases. Como consecuencia de ello, resulta de dudosa hechura la capacidad de Cómpanis para inmiscuirse y resolver tantos problemas y hacerlo con solvencia desde una postura fiable.
Izquierdistas intuitivos, uníos
No obstante, Cómpanis y los otros izquierdistas de El narrador de historias no solo comparten el “pensamiento crítico”, sino una lógica de acción privativa, presumible consecuencia de ese pensamiento: no suelen dispersarse en los meandros narrativos ni actuar de modo independiente de acuerdo a su circunstancia, sino que tienden a juntarse por empatía, como resultado de la admiración por la inteligencia compartida, y rápidamente traban un natural e imbatible vínculo solidario. Así, luego de que Cómpanis asiste a la exposición del filósofo catalán Millán Pons, siente una atracción irrefrenable por analizar “críticamente” la conferencia con una pareja de enamorados, Javier y Cecilia, estudiantes de la universidad, que no solamente comparten su admiración desbocada por el conferencista sino que se descubren de inmediato como críticos e izquierdistas. Casi por ensalmo, la pareja había pensado lo mismo que Cómpanis y el filósofo sobre cada uno de los trascendentes temas sociales y políticos discutidos; es más, Cecilia es una superdotada de alto coeficiente intelectual, por lo que su punto de vista no sólo está verificado por el consenso de “bien pensantes” sino por la propia lógica evolutiva de la especie. Todos se jactan de entender las “difíciles materias” a la perfección, de “pensar desde cero” como propone Millán Pons, y, en consecuencia, ser de izquierda (a la manera de la sartreana trilogía, desgastada ya hoy por el paso del tiempo, de Los caminos de la libertad). Lamentablemente, aún así fuese verosímil semejante posibilidad, la conferencia del catalán —como se constata frente al prolífico movimiento de renovación de la izquierda activista y académica— carece de cualquier asomo de pensamiento renovador y profundidad analítica. Se trata, más bien, de un interesante despliegue de habilidad expositiva, un inventario curioso de reclamos sociales cuya evidencia los hace perfectamente admisibles en un programa académico de cualquier universidad del establishment norteamericano (y no es una denuncia política radical, como pretende mostrarse en la novela). La conferencia de Millán Pons, que admiran Cómpanis y sus amigos, es un alegato que continúa sin novedades las posturas más bastas del pensamiento político de izquierda de los años setenta latinoamericanos, una época en la que el slogan y la esquematización muchas veces ganaron terreno frente a la auténtica y compleja reflexión marxista. Así, El narrador de historias contradice en sus hechos los elogios que intercambian sus personajes, que carecen de credibilidad en tanto posibles izquierdistas transgresores.
Policiales y policías
A esta imposibilidad de convencer que el “pensamiento crítico” sea un modo innovador de entender el mundo, y que sus practicantes sean dignos de crédito, la ficción de El narrador de historias se suma la dudosa omnipotencia de estos para adivinar las menudas o colosales intrigas de sus contrapartes conservadores a partir de indicios mínimos, muchos de los cuales, bien vistos, podrían ser completamente inexistentes; por ejemplo, los microscópicos receptores de espionaje que nadie constata en un ramo de flores, pero que se aseguran existentes por un acto de fe en las capacidades inductivas de la chica superdotada Cecilia. A ello debe añadirse el ingenio involuntariamente carnavalesco de Cómpanis para burlar sin mayores problemas a las fuerzas de seguridad de naciones que deberían tener una ilimitada capacidad de control y previsión, como ha inferido él mismo sobre la naturaleza de sus enemigos; así, el cuarentón protagonista finge ser un agente de la CIA, miembro del Opus Dei y asesino a sueldo frente a dos pretendidamente redomados generales a cargo de la seguridad de Mendoza en una escena que descoyunta los límites del policial político y deviene en inadvertida picaresca. La situación no solo invita a la carcajada por la insospechada audacia con que el más bien contemplativo Cómpanis se ajusta la máscara del embaucador desmesurado, sino porque este, contra toda probabilidad, consigue su meta de hacerse pasar por agente secreto del orden conservador y así escapa sin mayores inconvenientes de una conjura hipotética de quienes debieran ser dos “peces gordos” de las intrigas. Tamañas peticiones de credulidad hacia los lectores —creer en los infinitos recursos de un “pensamiento crítico”. que no es tal, frente a jerarcas policiales que se comportan como un público inverosímilmente hipnotizado— es fallar en el mismo modelo de representación artística que supone el policial político.
Prestigio del amor
No obstante todo lo anterior, existe un acierto estético verdaderamente trasgresor en el relato de Congrains. Ciertamente, no lo es la subrayada dimensión metaliteraria que enfatiza la voz omnisciente dicharachera de influjo cervantino, que aconseja lecturas y proclama las virtudes del izquierdismo, sino la original representación del encuentro amoroso entre Cómpanis y la aguerrida Nanda, miembro de la resistencia chilena y enemiga de la memoria del canonizado San Augusto Pinochet. Se trata de un ejercicio del coito sin roles preestablecidos, donde hombre y mujer pueden ser alternativamente dominante y dominado, activo y pasivo. Un discurso tan franco y sin rodeos sobre las delicias del cunilingus, la estimulación anal, los intercambios de fluidos de todo tipo, y los masajes y delectaciones del tacto de los cuerpos no tiene antecedentes en la literatura peruana. Ni el barón de Cañabrava ni don Rigoberto, los personajes más erotizados de la obra de Vargas Llosa, poseen la limpieza de Cómpanis para beber de la copa del sexo hasta las heces con una inocencia un niño.
Novela de ideas de izquierda de un tiempo ya ido, relato pedagógico de un progresismo anacrónico en la voz de un viejo narrador oral nómada que solamente evita la petulancia por la curiosidad que nos despiertan algunas de sus ocurrencias verbales, El narrador de historias no es el esperado regreso en forma de Congrains. Pero puede leerse como un documento en cuyo conservadurismo lingüístico e ideológico se perciben las pistas de un territorio suspendido en el tiempo —el de la vieja izquierda latinoamericana— que requiere de urgente transformación para sobrevivir.