Martes, 22 de Enero de 2008
Año regio
Un apretado recuento de lo mejor del año que nos dejó.
Más come la vaca en una lenguada que la oveja en toda la jornada.
Anónimo.

De: Alonso Cueto
El susurro de la mujer ballena
La literatura peruana puede ser abundante por un fenómeno editorial hasta ahora de explicación pendiente, pero, en el 2007, en cuestiones artísticas, no hubo grandes novedades. No fue un año de renovadores poemas o novelas, y puede decirse que las consolidaciones en narrativa que se produjeron (Cueto y Niño de Guzmán) expresan el dominio de un oficio sin limites pero una imaginación confinada a recintos bien conocidos y ajenos a los riesgos de la aventura o el asombro. Estos territorios fueron más propicios para la poesía (Yrigoyen y Pimentel), pero sus ponderables logros aún forman parte de un work in progress.
Lo mejor del año
El libro del año, por su penetración en la idiosincrasia de nuestra burguesía globalizada y en el enigmático devenir de dos amigas de colegio de alta alcurnia, es El susurro de la mujer ballena. Su autor, Alonso Cueto, adquiere una naturalidad en el retrato de psicologías y costumbres difícil de imaginar cuando, en sus inicios, tentó desde el cuento jamesiano hasta el policial negro. El libro es la consolidación de un escritor profesional en la plenitud de su edad y, sin duda, una obra que captura matices fundamentales de la condición humana contemporánea en un retrato de la élite limeña: el pavor a la gordura, el protagonismo de las relaciones públicas, la incomunicación real como signo de la cotidianidad y la doble moral (el cadáver en el closet) que tiene una larga historia literaria local, la que alcanzó su clímax en las inconformidades del joven Zavalita en Conversacion en la Catedral. Lamentablemente, Cueto aun no nos hace cerrar libros con la satisfacción de un gran descubrimiento o de una revelación (valores ampliamente subrayados por tirios y troyanos: Harold Bloom o Slavoj Zizek). Narrador de las costumbres y hasta de la conciencia de un grupo social, solo nos confirma las tristezas de una condición humana ya intuida.
Del mismo modo, la narración corta se benefició con la notable aparición de Algo que nunca serás, tercer libro de cuentos de Guillermo Niño de Guzmán, un resplandeciente volumen que inserta a su autor en una variante de la filosofía ribeyriana: el fracasado melancólico realista deviene en su personaje por excelencia, en contraste con aquel que, idealista, posterga su fracaso para gozar hasta las heces de las sombras de su sueño, propio del autor de La palabra del mudo. Cuentos de estrategias impecables, léxico preciso y giros inquietantes, algunos expresiones de una poética en sí mismos, no dejan de expresar la obra de un autor notable, pero aún dentro de los márgenes de una estética derivada, que parece no estar dispuesto a la pelea por la diferencia artística absoluta.
Por otro lado, lo mejor de la poesía proviene de las canteras más jóvenes, y tienen en común su participación en las aventuras editoriales del meticuloso Álbum del Universo Bakterial, sello que produce hermosos libros-objeto y que dirige con rigor de origamista el poeta Arturo Higa. La arriesgada poesía de José Carlos Yrigoyen, que los catorce poemas de Horoskop exhibe como un condensado himno de marginalidad, neurosis y aún experiencia visionaria, sorprende no solo por su consistente ambición sino por la claridad en sus metas: la reinvención de la poesía desde la búsqueda de la novedad más radical; aunque tal propósito no es impecable en su ejecución, la aventura es muy satisfactoria y no cabe duda que trabajo de este joven artista progresa justo por una meditada persecución de la grandeza (como los antiguos poetas clásicos y románticos) . Por otra parte, Jerónimo Pimentel publica en Frágiles trofeos una colección de textos aparentemente motivados por ejemplares de una colección de insectos disecados —la afición de un muchacho pero también en trabajo de un entomólogo—, pero que revisan, desde la evidencia de la sabiduría o de la paradoja, la maduración como artista y como persona del sujeto poético; aunque el ritmo de sus versos exuda la influencia de Eielson, Pimentel luce una seguridad y decisión implacables en el manejo de su lenguaje, no ajeno a la salmodia, inusual en recientes publicaciones de poesía.
Todos vuelven
El mejor regreso del año, como ya se ha dicho en periódicos, fue el de Marco García Falcón con El cielo de Capri. Se trata de una nouvelle sentimental que retoma técnicas y obsesiones de su primer libro, Paris Personal. Los hombres de letras como meticulosos observadores del mundo y protagonistas de frágiles sueños de gracia que, no obstante, no los privan de una privilegiada transición por los ámbitos de la belleza, en los que el motivo del viaje a Europa constituye un asunto de mayor atención, reencarnan en un estilo que, sin desperdiciar claridad, se nutre mejor de los modelos de escrituras virtuosas como las de Nabokov y Banbille. No obstante, el libro no amplía el universo de referentes culturales identificados en la estética de García Falcón ni añade nada a su ya reconocida potencia imaginativa. Nos revela, eso sí, la facilidad de este para asumir con naturalidad el reto de la narración de aliento más largo, experiencia en apariencia sencilla pero que implica el aprendizaje completo de nuevas estrategias de narración y de la que, en honor a la verdad, muchos autores jóvenes no salieron bien librados el 2007 que concluye. Valga de ejemplo El conde de San Germán, gesto novelesco del polémico Leonardo Aguirre, que no pasa de un borrador de novela costumbrista con alardes de vanguardia sobre la farándula literaria local.
Una novela ampliamente esperada por la crítica y el público fue Radio Ciudad Perdida, alegoría de la trastornada vida social de un país latinoamericano cualquiera, en el que tanto las fuerzas de seguridad como el movimiento insurreccional victimizan a una población que a diario no sabe si contar a sus parientes ausentes entre los muertos por la violencia. Su autor, el joven Daniel Alarcón, exhibe una habilidad magistral para el registro de las acciones imprescindibles y los suspensos necesarios para desarrollar una historia ceñida y al mismo tiempo de amplios márgenes de representación (sociales, culturales, geográficos, etc.), lo que hace de la narrativa un precioso mecanismo de relojería. Pero se extraña en Alarcón la fuerza emotiva del drama personal que deslumbró en sus cuentos de Guerra en la penumbra y su alegoría política vacila hacia el estereotipo de consumo para el mercado internacional. Alarcón parece comprender mejor los laberintos de la psique humana que la explícita inscripción de esta en el laberinto de las fuerzas sociales y la historia. Sin embargo, conviene señalarlo, Radio Ciudad Perdida, sin llegar al logro estético digno de celebración, está lejos de ser un fracaso. Se trata de un peldaño más en la escalera que asciende su autor en su propio proyecto escritural, aunque lo haga sin la perfección que parecía anticipar su anterior desempeño narrativo.
De otro lado, Luis Hernán Castañeda volvió también a tener presencia editorial, con la periodicidad anual que nos habla de un autor prolífico. Castañeda ha publicado casi un libro por año desde el 2004, en que apareció su libro de cuentos Casa de Islandia, y en el 2007 nos obsequió dos: uno dedicado al público adulto y otro en el marco de la colección de libros juveniles de su editorial actual, Alfaguara. No puede evitar observarse en el rápido paso de este autor por distintos sellos editoriales —cada cual de más amplio alcance en su distribución de productos y manejo publicitario— el justo deseo por encontrar un mejor lugar para la difusión de su obra y la consecución de un mejor perfil profesional en el competitivo mercado del mundo del libro, pero la aventura en busca de mejores horizontes ha coincido, en una secuencia paralela casi exacta, con el detrimento de la calidad de sus textos. Si el primer libro nos enfrentó a la sorpresa y la maravilla de una prosa bellísima, aunque desbocada, y el segundo libro, su novela Hotel Europa, supuso un texto fallido por la inasibilidad de sus alegorías y la autoimposición de limitar la prosa virtuosa a favor de un argumento mejor delimitado —voluntad fallida porque dio como resultado una historia sin brillo y desprovista de interés—, en el año que acaba, Fotografías de sala, su segundo libro de cuentos, alcanza un mejor diseño de sus anécdotas, pero repite una y otra vez, en el nivel de la fórmula, las estrategias que, en su momento, sorprendieron en el libro debut y que ahora se emplean como recursos de escenografía de cartón piedra, sin ningún asomo de pathos. Los niños extraños, la perversión sexual sugerida, los inaprensibles problemas entre padres e hijos y el entrometido sujeto metatextual adolecen, en esta ocasión, del automatismo de un espectáculo adecuadamente pautado para que el público reaccione cuando se levante el cartel de “Aplausos”. La frecuente publicación y la carencia de buenos resultados deberían hacer reflexionar a Castañeda sobre el valor desmedido que parece otorgar a la presencia editorial frente a la tarea de escribir y difundir solo aquello que se corresponde con la novedad y el desarrollo estético, logros que, todo lo indica, carecen de periodicidad anual.
Maestros: presencias y ausencias
Carlos Garayar, narrador y profesor universitario, gestó la bien recibida El cielo sobre nosotros. Historia intimista de transcurrir moroso, cuyo amorío in extremis entre paciente y enfermera en un hospital de la selva cruza la sensibilidad onettiana por las pasiones lánguidas y la atmósfera cerrada de una selva semejante a la que malvive el sargento Lituma de la Casa Verde de Vargas Llosa. Carlos Germán Belli, brillante poeta, fue editado por la editorial PreTextos (El alternado paso de los dados) y mereció sendas antologías en Chile y España. Blanca Varela, escritora de la valiosa Generación del 50, obtuvo el premio de poesía Reina Sofía por una trayectoria poética no solo reconocida por la crítica sino por el estado peruano en una impecable edición de ensayos sobre su obra, con pie de imprenta del Congreso de la República, titulada Nadie sabe mis cosas. La poesía de Blanca Varela; se trata, sin duda, de la voz más alta de la poesía hecha por mujeres en el Perú y uno de las más importantes poetas vivas. Lamentable fue, por otro lado, el papelón continuo del otrora buen novelista Alfredo Bryce, no solo por los apabullantes plagios en que incurrió a fin de labrarse la fama de columnista, que no la necesitaba, sino por una serie de estrategias publicitarias que dirigió, visiblemente orientadas a desviar la atención de sus inexcusables acciones: fingir demencia senil, propiciar la versión fílmica de Un mundo para Julius y publicar un texto cuyo desaliño difícilmente nos permite llamarlo novela, Las obras infames de Pancho Marambio; así Bryce desapareció moralmente para sus lectores el 2007 y conviene recordarlo.
De mucha más intensa recordación, sin duda, es la partida de un maestro de la poesía peruana. José Watanabe nos dejó el año que pasó y dejó el legado de una obra que transformó el panorama de la poesía peruana con delicadeza e ironía, antes que con el gesto hosco. En el ámbito internacional, el deceso de Norman Mailler fue el hecho luctuoso del año; fue autor de una obra narrativa y periodística que tuvo su cumbre más alta en Los desnudos y los muertos (1958).
Premio con sorpresa
Por su cuantía y prestigio en el ámbito nacional llamó la atención la segunda versión del Premio Nacional PUCP dedicada a la literatura y la tercera entrega de dicho galardón. Les correspondieron diez mil dólares de premio y la publicación de su obra a Eduardo Torres Arancibia por en ensayo En busca de un rey y a José Miguel Herbozo Duarte por su poemario Los ríos en invierno. En el primer libro, con una prosa exaltada y no exenta del brillo de la imaginación y el arcaísmo, el joven historiador Torres sostiene que las recaídas en el autoritarismo de nuestra nación se fundan en el ansia por la recuperación de un “señor natural” de estas tierras, un hombre que nos libre de la responsabilidad de elegir nuestro destino y lo haga él, en tanto enviado de la Providencia o de los dioses, como antaño el rey de España o el Inca. La tesis se arriesga por la especulación histórica, apasionadamente expuesta, pero sin duda requiere de una profunda interdisplinaridad (sobre todo con la antropología cultural y la psicología social) de la que el enfoque del libro carece. El poemario de Herbozo Duarte, por otra parte, apelando a recursos vallejianos, pero también de la tradición clásica hispánica, diserta sobre la palabra poética y la peripecia artística bajo la metáfora de los ríos caudalosos, de ecos arguedianos. Independientemente del brillo de pasajes enteros, los matices que el poeta trata de arrancar a la reflexión sobre la naturaleza de su arte sucumben lamentablemente frente a la más conocida y muy convocada práctica de componer himnos a la palabra canonizada por Octavio Paz.
Mención aparte merece la categoría de narrativa, que fue declarada desierta, en, quizás, el hecho literario más desconcertante del año. Un certamen que incentiva la aparición en las lides públicas de nuevos escritores —tiene una restricción de edad para sus participantes: solo menores de cuarenta años— debería optar por esa salida solo como último y desesperado recurso frente a la mediocridad. Desconocemos si ese fue el caso, pero la decisión ameritaba una explicación a las decenas de participantes.
Críticos, reseñistas, bloggers
Aunque siguen las discusiones sobre el papel crítico de los reseñistas, el límite entre crítico y reseñista, el valor del reseñismo local y las ínfulas necesarias o no del medio académico —desde la activísima blogósfera—, conviene destacar que el espacio para la crítica periodística literaria se ha ampliado desde que el Dominical de El Comercio, bajo la dirección de Alonso Rabí, abrió sus páginas a los números monográficos, en los que especialistas han podido verter su opinión enterada sobre temas que escapan al mero resumen de libros. Marcel Velásquez, Ricardo González Vigil, José Güich, por citar solo estudiosos del ámbito de la literatura, y otros comentaristas de fuste han desarrollado ensayos de interés en un formato más acorde para el despliegue de la reflexión. La columna Letra viva del profesor González Vigil en Luces de El Comercio sin duda ha sido el espacio de reseñas más llamativo de la temporada por la insistencia de su autor por atender con igual dedicación las publicaciones de las grandes editoriales así como las de editoriales minúsculas e incluso las de autor; se trata de un trabajo que excede los límites de la actividad del reseñista y se extiende, dada la falta de difusión de muchos autores, hacia la de la investigación y la agencia cultural. Javier Ágreda, en La República, también nos acompañó desde Jaque perpetuo con su sumario metódico y su concisa valoración de los libros que aparecieron el año que pasó.
En contraste con este progresivo decantamiento de la prensa cultural escrita hacia espacios y públicos específicos —contraria al fatalismo que suponía su desaparición en aras de la primacía del entretenimiento frívolo— los sitios web y las bitácoras dedicadas a la literatura y el periodismo parecen atravesar frecuentes crisis de identidad y orientación en todos los ámbitos. En el año 2007 observamos cómo, en contra de las declaraciones de sus administradores, muchas estuvieron al servicio de intereses estrictamente personales —de posesionar a sus administradores como líderes de opinión— y no vacilaron en recurrir a la zancadilla, a los ataques personales abiertos o solapados y a la calumnia. Algunos enfrentamientos devinieron en verdaderos reality shows, que reeditaron escenas de lo más desaforadas. Baste recordar los virulentos reclamos de moralidad de Gustavo Faverón en Puente aéreo a un grupo de bloggers periodistas, que respondieron con la devastadora denuncia, prueba en mano, de que el dinámico crítico cultural practicaba la epístola homofóbica. Del mismo modo, Notas Moleskine de Iván Thays y Luz de Limbo de Víctor Coral devinieron en instrumentos solapados (en mayor o menor grado) para expresar las simpatías, antipatías y vanidades de sus administradores, a pesar de que estos resaltaron una y otra vez su carácter informativo y/o reflexivo. Zona de Noticias de Paolo de Lima, a pesar de su preferencia por el movimiento cultural de origen marginal, sigue siendo la fuente más equilibrada de información sobre la actividad cultural limeña y nacional. La web El hablador y su respectivo blog animaron la escena literaria mediante la participación de columnistas invitados, algunos de ellos escritores de valía, numerosas reseñas y entrevistas. Por ello, debe resaltarse la labor de Giancarlo Stagnaro y Francisco Ángeles, sus administradores, auque la controversia y aún el escándalo no les fueron ajenos por su provocadora revisión de los cuentos de Disidentes. Muestra de nueva narrativa peruana, en la que no se eximieron de tomar parte por algunos de los escritores antologados por visible simpatía. De otra parte, la nota lamentable en la blogósfera, por su peculiar inclinación hacia la inverosimilitud, sin lugar a dudas, le corresponde a la bitácora informativa La fortaleza de la soledad de Gabriel Ruiz Ortega, escritor que periódicamente, según declara, sostiene reuniones con Garganta Profunda, tiene informantes que exceden en cantidad y locuacidad a los de la procuraduría anticorrupción y, a estas alturas, podría asegurarse que sus peripecias reúnen a lo menos dos películas de James Bond juntas, ambientadas entre la primera cuadra de jirón Dasso y el Bar Yakana.
El futuro
El 2008 no empieza con buen pie. Las editoriales transnacionales con filiales en Lima han hecho un adelanto de sus próximos lanzamientos y han privilegiado libros de poco de interés y no han anunciado nombres de escritores de prestigio o nuevos autores por los que arriesgan. La huelga portuaria de noviembre pasado retrasó el ingreso por aduana de muchas importaciones de libros hechas directamente por librerías locales y por eso, a diferencias de otros años, aún gozaremos de novedades correspondientes al 2007 español durante el verano limeño. El venerable Enrique Congrains lanza por todo lo alto, bajo el sello editorial Copé y el auspicio de Petroperú, un dilatado novelón titulado El narrador de historias, que será, seguramente, próximo tema de esta columna. Congrains anuncia también dos libros para el 2008: Gallinita portahuevos y 999 palabras para el planeta tierra. Todavía esperamos el ensayo sobre Juan Carlos Onetti del perspicaz Mario Vargas Llosa y un número más de las memorias de Gabriel García Márquez. Si a ello se añade el siempre postergado Nobel para nuestro novelista insignia y la entrega del Primer Premio Internacional Copé de Novela a algún crédito local de polendas, quizás el 2008 sea mejor que el 2007. Feliz año.