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Guillermo Niño de Guzmán. Algo que nunca serás. Lima: Planeta, 2007.
Las vacas pueden ser utilizadas como símbolo de muchas cosas. Sólo es feo y triste ponerlas como símbolo de mansedumbre y resignación.
Augusto Monterroso

Algo que nunca serás
De: Guillermo Niño de Guzmán
Debe entenderse que un padre de familia al que la melancolía impulsa al vuelo, un personaje descollante de las letras latinoamericanas erotizado por los tigres, un fluido diálogo de padre e hijo con los animales de un zoológico inglés, la recuperación de una pluma arrojada al océano en otro continente, la segunda oportunidad con el delirio erótico de la juventud, el descubrimiento de una infidelidad por la marca de un cigarrillo, la comprobación de la muerte de una generación artística, el regalo de un misterioso fotógrafo enfermo a un niño, y el hallazgo del eterno femenino en el desierto constituyen difíciles retos para el narrador que insiste en el realismo y, sin embargo, Guillermo Niño de Guzmán persiste en esa posibilidad estética con solvencia de equilibrista y lleva a buen término tan improbables argumentos. El tercer libro de relatos de este narrador constituye la demostración de una renovada potencia estilística –no del todo exhibida en anteriores entregas— y de un ojo de estratega eficaz para la ubicación y distribución de la información, influido por la temática de Julio Ramón Ribeyro y en diálogo con la cuentística peruana contemporánea. Aunque Niño de Guzmán no se caracteriza por prodigarse en el quehacer escritural, sin duda este es, junto con El susurro de la mujer ballena de Alonso Cueto, uno de los mejores volúmenes editados por la filial en el Perú de la Editorial Planeta, que por lo general no ha tenido buen olfato con los escritores locales (ha publicado algunas novedades intrascendentes o éxitos de público obvios como Puta linda o Las obras infames de Pancho Marambio)
La juventud en la otra rivera
Los relatos de Algo que nunca serás nos hacen suponer la mirada de un narrador de edad madura, conciente de sus propias limitaciones y de la imposibilidad de cumplir todos sus sueños. Sin embargo, cada anécdota que despliega el libro es un intersticio en la tupida malla que separa la realidad vulgar de la fantasía y la sorpresa y nos permite alcanzar —o creer que se alcanza— una dimensión que el título del libro conjura, pero a la vez convoca: Algo que nunca serás. En el libro de Niño de Guzmán, la literatura es el ensalmo que nos dispone al mundo de los “pudo ser”. Ciertamente, se trata de una poética adscrita a la conocida “Verdad de las Mentiras” de Vargas Llosa, pero cuyo matiz ribeyriano es insoslayable, no solo por el epígrafe de “Ridder y el pisapapeles”, emblemático relato fantástico del mejor cuentista peruano, sino por la reiterada tematización del tópico del tempus fugit, la conciencia del tiempo pasado frente al espejo que ofrece al ser humano la belleza de los jóvenes o la decrepitud de los pares. “Sombras nada más”, tal vez el mejor texto del conjunto, ilustra con claridad la singular textura del tópico en Niño de Guzmán y permite anotar las características de sus nuevos textos. En el cuento, se alternan dos secuencias de acciones: el encuentro en las Vegas con Liliana Villar, beldad de los años universitarios y el flirt casi inmediato, retratado mediante un breve diálogo denso en sobreentendidos eróticos, y los fugaces encuentros en el campus de la juventud, cuando un narrador inexperto la contempla como la diosa hippie de los años de las timideces. La revancha, años más tarde, es ribeyriana ad origine. Liliana, confinada al matrimonio con un ebrio y adiposo ludópata gringo, no puede sino evocar a la Queca, personaje femenino del cuento de Ribeyro “Alienación”, cuya madurez de antigua mujer bella sucumbe ante la indiferencia y los maltratos de un norteamericano que se la lleva a vivir consigo a su país. Del mismo modo, la aventura nocturna con el narrador en una discoteca aislada no solo convoca las fugaces victorias de los perdedores del fallecido cuentista, sino que adquieren el sabor de la juventud imaginariamente recobrada de un relato inapelable como “La juventud en la otra ribera”, en el que el Doctor Huamán, avejentado cincuentón, disfruta tardíamente de los favores de una muchacha libertina y del París mágico que ansió cuando joven. Sin embargo, en Niño de Guzmán, la derrota adquiere su propio sabor, ya no predispuesta por la diferencia de clase social, raza o por la más burda estafa, sino por el propio desengaño de los personajes, una conciencia de seres cosmopolitas y responsables que saben que no pueden estirar su fantasía más allá de lo que dura una noche o un prodigio de la imaginación. Maduros en un sentido de la palabra que Ribeyro no aceptó del todo —integrados casi por completo a un modus vivendi luminoso— solo encuentran en la “aventura nocturna” un espejismo, un embeleco del que los separa la conciencia, para nunca entregarse a él del todo. En esa medida, en “Sombras nada más” se percibe el mismo desencanto que en el relato “Deshoras” de Cortázar, otro relato sobre amores postergados, incluso en su lección sobre el papel ambiguo que la ficción cumple en la vida de los hombres: lección sobre la vida, pero menos vida que ella misma y, por lo tanto, abierta con más razón al desencanto.
La muerte y la brújula
No todos los cuentos responden a este contrapunto intenso y equilibrado de influencias y originalidades. “Montblanc” —tal vez el relato menos convincente— permite adivinar la posibilidad de su lectura fantástica, y aún estrictamente gótica, ni bien iniciada la crónica del misterioso reencuentro de un bolígrafo desaparecido. El escepticismo frente a la religión de nuestra época no permite gozar de la vertiente epifánica del relato “El desierto celeste”, prácticamente una alegoría marianista. Pero incluso en estos episodios, el uso preciso de la alusión y al mismo tiempo del meditado ocultamiento de información permite que, antes que lo evidente, el lector se encuentre con las diestras fintas de Niño de Guzmán para evitar a toda costa el lugar común y la fluidez y naturalidad de un relato claro y ameno. Como en la persecución de su propio camino —como el detective de Borges que, sin saberlo, se busca a sí mismo—, el narrador, en la tradición del cuento clásico y del ribeyriano, reúne las figuras del desenlace en las escenas iniciales del relato, pero carentes de la lógica dramática que el cuento les otorga en su desarrollo. Esta, por lo general, desemboca en un giro de la peripecia que no por sorpresivo es menos natural dentro de la disposición de los elementos de la trama. “Desnudos”, un relato de acciones casi telegrafiadas, pero de honda humanidad, ilustra el talento y la destreza en la ejecución del esquema antes descrito. Aunque en tercera persona, es un relato que sigue la perspectiva del menos malicioso de sus personajes: el niño Bruno. Este aparece cuando su madre lo ve partir del brazo de su padre para entrevistarse con el tío Pablo, un fotógrafo que, como todas las pistas insinúan, padece de una enfermedad mortal producto de una vida disipada. Con Bruno, el lector se introduce al espacio privado del fotógrafo, un hombre al borde de la agonía, que insiste gentil pero firmemente en retratar al niño. Nadie parece oponerse. Luego de ser fotografiado, el niño adquiere una intuición que se nos oculta, que se confunde con el despertar erótico frente a la contemplación de fotografías de desnudos. Pero ello redefine completamente las relaciones del terceto inicial de personajes cuando termina el cuento, y nada de lo que podamos decir o adelantar reduce esa situación de intensa ambigüedad y desazón. “Desnudos” captura, en la precisión de una estrategia, los secretos irrepetibles de los mayores, la conciencia del crecimiento, el mito de la pérdida de la inocencia y la vuelta de tuerca a dramas pasados con un matiz nuevo y conmovedor que solo la acción final del personaje Bruno lograr aquilatar en toda su peculiaridad. A su modo, drama jamesiano, este relato de Niño de Guzmán consigue una síntesis estética digna del mayor aprecio en este cuento, que conjuga en la secuencia de las fotografías un descubrimiento artístico y una verdad tentadas por cuentos contemporáneos con desigual éxito (Iván Thays dedica su mejor libro al asunto, Las fotografías de Frances Farmer, y Marco García Falcón se ocupa de ello en “El resplandor de Céline”, cuento cuya adjetivación parece resonar en muchos textos de Niño de Guzmán). “Desnudos” consigue hacer de la fotografía un motivo necesario —ajeno al esnobismo— y concentrar con ella un profundo drama de acciones austeras, temibles y honestas.
No obstante todos los méritos del autor —su reelaboración personal de la cuentística ribeyriana y su comprobada maestría en el arte del cuento hacia una sensibilidad de impertérrita y melancólica madurez—, Algo que nunca serás, declaración de una poética de por sí, permite adivinar la cantidad de cuentos brillantes que Niño de Guzmán ha dejado de escribir por un ejercicio inconstante de las letras. Sabemos que ciento treinta páginas no ocupan diez años de vida, a menos que cada día se viva para esas páginas. Pero, por bueno que sea el libro, sus historias no alcanzan semejante sugerencia de condensación. Algo que nunca serás es un firme candidato a libro de cuento del año, lo que debiera comprometer a su autor a entregarse firmemente a la fe —nuestra fe— de que lo mejor de su obra, a pesar de tan buenos logros, está todavía por llegar.