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Lunes, 17 de Diciembre de 2007

¿Qué sentimos en Navidad los peruanos?

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Los peruanos tenemos una manera especial de sentir estas fiestas de fin de año, especialmente la Navidad: siempre expresamos la esperanza de que el país mejore en todos los planos, y que cada uno, individualmente, también lo haga. Es decir, vivimos deseando lo que no hemos logrado ser en todo el año o en los años anteriores. Pero, ¿alguien se ha puesto a pensar qué nos falta para ser mejores? Aquí algunas reflexiones sobre el ser peruano y su incapacidad para ser verdaderamente feliz.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

No soy aficionado a las lecturas de autoayuda. Es más, las detesto. Pero una mañana de este soleado diciembre de 2007, andando por el Centro de Lima, me topé de pronto con la carátula de un libro titulado: "La conquista de la felicidad". Hasta allí no vino a mi mente sino esas frasecitas cursis y huecas de los textos de autoayuda; sin embargo, cuando ya estaba apunto de dirigir la mirada a otros libros del montón, divisé el nombre del autor: era Bertrand Russell (1872-1970). En ese momento, cambió toda mi perspectiva sobre el tema.

Que me perdonen mis maestros de filosofía y lógica de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, pero hacia finales de la década del 80 no cambiaba sus clases, seguramente importantes, por una buena mañana de lectura de algún ensayo social o cultural o los principios lógico-matemáticos del premio Nobel inglés.

Puedo asegurarles que este breve ensayo sobre la felicidad, no era parte de aquella biblioteca sanmarquina de letras. Por eso, esa mañana de diciembre último no podía asociar fácilmente ese título con el intelectual anglosajón. Pero era verdad. Russell escribió sobre la felicidad hacia 1930, eligiendo un título netamente positivista. La conquista podía ser del oeste o del oro, pero él le dio un giro romántico: quería hablar sobre la felicidad.

Recordemos, además, que en esa década las sociedades en Europa y Estados Unidos estaban soportando la crisis post-1929. Una gran depresión social y económica, y también espiritual y de valores. Si estas fueron las circunstancias en las que escribió Russell, ¿puede ser muy distinto hacerlo ahora para un país del Tercer Mundo como el Perú? No tengo la certeza total para afirmarlo, pero intuyo que no debe andar el asunto tan lejos.

Para Russell la felicidad es una búsqueda, pero una búsqueda que descarta las "trabas" que no la dejan ser. "Pasiones egocéntricas", decía, como la envidia, el miedo, el aburrimiento, la competencia, son las que se deben contrarrestar, porque esas maneras del comportamiento son las que no nos hacen ver hacia fuera, en nuestro entorno cercano, donde con total seguridad fluye la vida. Esa simple regla nos ayudaría -a los peruanos o a los de cualquier otra nacionalidad- a ser más conscientes de lo que somos y de lo que de verdad deseamos ser en nuestras vidas.

Russell, como los grandes maestros del siglo XX, aún nos ayuda con sus profundas reflexiones sobre el hombre. Pero a sus "pasiones egocéntricas", yo añadiría como otro elemento negativo la evasión o el intento evasivo en el que vivimos hoy. No sé con exactitud qué tanto sea en otros países, pero en el Perú hay como una ola inmensa de gente que casi siempre busca evadir la realidad de diferentes modos y en distintos niveles. Es cierto: a veces se trata de una realidad que puede ser lúdica o excitante, pero que en determinadas circunstancias puede ser letal para la convivencia y el diálogo humanos. Es letal cuando cambiamos, por ejemplo, el "flujo de la vida", como decía el sabio inglés, por el camino del enmascaramiento y el autoengaño.

Pongo un ejemplo para ser aún más claro: ya no sólo es la debilidad ante los mensajes televisivos, ahora es el uso masivo -o cada vez más masivo- de los juegos y las redes sociales en Internet. Sabemos que el medio es el medio y que son las personas las que fijan los límites, pero la realidad es que el sistema nos ha cogido, y no solo a los peruanos, cruzando un puente colgante y, en muchos casos, endeble y tambaleante. Me explico: así como el hombre de la década del 30 vivía en un estado depresivo "en términos sociales", el hombre de hoy deambula con una escala de valores en permanente cuestionamiento.

Para nadie es una novedad decir que las instituciones están en emergencia, incluido el matrimonio y la familia. Son como etapas donde todos nos vemos remecidos por lo inestable. Pero hay algo que no debe permanecer por mucho tiempo en esa incertidumbre, a costa de destruir la integridad física y psicológica de las personas: hablamos de las "verdades profundas". Esas "verdades" totales e integrales que determinan la vida del hombre: las del plano del amor conyugal y filial, en primero lugar, y las del plano de la amistad, en segundo término.

Creo que el gran Russell pensó visionariamente en nosotros, ciudadanos del siglo XXI, cuando dijo que el hombre feliz es aquél que no lucha contra sí mismo ni contra la sociedad. El hombre feliz es el "hombre unidad". El hombre que no está escindido. Los peruanos, o muchos de los peruanos, quizás, podamos estar sintiéndonos escindidos o con faltas de unidad integradora. Y es evidente que el feeling navideño puede exacerbar esta sensación de abandono o carencia de verdaderos afectos. Sin embargo, volver la mirada hacia uno mismo, y reconocer las faltas, las culpas o las mentiras, es el principio para reconciliarnos, primero, con nosotros mismos; y luego con nuestro entorno inmediato: la familia nuclear, que es la metáfora de la sociedad.

La tradición dice que los peruanos somos gentiles, pero también algo envidiosos y poco dados a la entrega por el otro. Ante ese raro "prestigio", seamos honestos e integrémonos con la vida. Tratemos de no engañar a los demás, o lo que es peor, de engañarnos a nosotros mismos. Que así sea.

¡Hasta el 2008!... Que estamos seguros será mucho mejor que este 2007 que ya acaba...

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