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Viernes, 09 de Noviembre de 2007

Chile y los libros robados al Perú

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Para evaluar este caso no debemos andar con rodeos ni eufemismos, ni tampoco con una hipócrita diplomacia. Porque es un hecho: los 3 mil 788 libros devueltos al Perú por el gobierno chileno en un acto público realizado el martes 6 de noviembre, en la sede de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP), tiene un origen nefasto: el robo, el abuso, el saqueo por parte del ejército invasor del sur en la Guerra del Pacífico (1879-1883). Ahora quieren restituir el pasado, aunque falten miles de volúmenes seguramente perdidos para siempre.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

Aquellos días previos al asalto de la antigua Biblioteca Nacional, la capital limeña era una ciudad sombría, caótica, mortal. Estaba repleta de muertos de todas las edades, víctimas heroicas de las defensas en Chorrillos y Miraflores, y de otras partes como en el Callao, donde también hubo lucha frontal contra el invasor.

La ciudad de Lima, que con tanto orgullo podía considerarse una de las más hermosas del continente, fue arrasada por los chilenos. Viejas casonas coloniales, parques y monumentos finamente ataviados, así como innumerables establecimientos comerciales, sufrieron los efectos de la guerra. La Biblioteca Nacional no fue la excepción, pues perdió lo más valioso: sus libros.

Según el ex director de la BNP, doctor Sinesio López, el centro de la cultura más importante del país contaba antes de la invasión chilena con 56 mil volúmenes, aproximadamente. Cuando los soldados sureños terminaron su saqueo, solo quedaron 700; es por eso justamente que Ricardo Palma (1833-1919), el gran tradicionalista peruano y defensor del patrimonio bibliográfico del país, no renunció nunca a su empeño de que el gobierno chileno reconociera esa cantidad sustraída. Palma logró que se devolvieran cerca de 6 mil libros, indica Sinesio López, pero luego todo se hizo más complicado, ya que el gobierno vecino afirmaba no tener en su poder más volúmenes de la biblioteca peruana.

Recién en este nuevo siglo, hacia el 2002, con otra voluntad política Chile inició una investigación oficial que terminó por reconocer la deuda bibliográfica pendiente. Sin embargo, las posibilidades de recuperar el total de lo saqueado hace 126 años, son prácticamente nulas. Como reconoció el actual canciller peruano, José Antonio García Belaunde, esto es solo lo hallado en las bibliotecas públicas chilenas. Con seguridad, muchas familias se habrían apoderado de los más valiosos volúmenes que hoy engrosan y enriquecen sus bibliotecas privadas, a las que nadie tiene acceso. La única salida allí es que las propias familias ¿beneficiadas¿ con nuestro patrimonio cedan, sin presiones, a la entrega de sus lotes de libros. Algo muy difícil de ocurrir.

Con todo, para muchos investigadores, historiadores y expertos en cultura, lo observado el martes último es un avance. Un avance ante la política reacia de Chile a reconocer sus desatinos pasados. Sin embargo, siendo muy positivo este gesto -pues como dice el propio Sinesio López con ello se recupera ¿una identidad, una memoria histórica, que había sido cercenada"-, la realidad es que nunca sabremos con total certeza qué libros, qué otras maravillas bibliográficas pasadas y nuestras nos han sido vedadas para siempre.

¿Será que las guerras dañan la vida de la gente no solo en el momento en que se dan, sino que se proyectan como sombras negras a todas las generaciones futuras? Y lo digo porque creo que se impone reflexionar sobre algo: ¿por qué de entre los males que trajo la guerra con Chile (siglo XIX), este parece ser el peor? Una posible respuesta es que, quizás, podamos aceptar la pérdida de las casonas, de los parques y monumentos; incluso diría las pérdidas humanas, la de nuestros héroes, conocidos y anónimos, pues estas están en la memoria colectiva nacional, y sabemos de alguna manera lo que hicieron por salvar el honor patrio. Pero de los libros perdidos, no sabemos casi nada. Esa impotencia, daña. Y es el peor duelo: el de no saber.

Al no haber, previo a la invasión, un registro exhaustivo de los títulos de ese tesoro bibliográfico, siempre nos quedará la duda de si lo que perdimos nos ha hecho en realidad perder más conocimientos y sabiduría de lo que podemos imaginar. Sin duda, todo ese rico material en vez de agrandar y enriquecer nuestro espíritu, terminó haciéndolo allá, en el sur, donde parece que la cultura del libro es más atendida. ¿Alguien recuerda el viejo lema: ¿Nadie sabe para quien trabaja¿? Hoy parece tomar un cariz bibliográfico.

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