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Martes, 06 de Noviembre de 2007

Roncagliolo jura decir la verdad

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La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso. Buenos Aires: Debate, 2007. 288 p.

¿No me vengas con espadas que no soy toro¿.
Anónimo

De: Santiago Roncagliolo - La cuarta espada La cuarta espada
De: Santiago Roncagliolo

La cuarta espada es un texto de intención periodística, a medio camino entre el reportaje ¿por el principio declarado de limitarse a exponer los testimonios que recoja, solo afirmando aquello que coincide de varias fuentes- y la crónica ¿puesto que su autor se dedica a representar continuamente su relación con el fenómeno que estudia, desde su propia infancia a la actualidad. Es una historia tripartita ¿infancia y juventud, actividad político-militar, y cárcel- del líder del movimiento subversivo PCP-Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. Roncagliolo, su autor, construye la imagen de un personaje resentido, enigmático, caballeroso, fanático, pero de ningún modo irracional, cuya visión del mundo exige la destrucción física y psicológica de los individuos a favor de los postulados de una ciencia histórica que predice su triunfo. En su visión del llamado Presidente Gonzalo coexisten el modelo de ¿fanático¿ de Vargas Llosa; la clasificación de Isaiah Berlin de las personas en ¿erizos y zorras¿, que aprovecha también el primero, la personificación de Bruno Ganz de Adolf Hitler en película La caída y cierta visión del antihéroe oscuro del estilo del cómic contemporáneo, en la línea de V for vendetta. Más interesante aún, la personificación del narrador del texto labra para sí la imagen de un hijo de militantes izquierdistas, inscrito casi por fatalidad en las circunstancias de la vida política del país, que después de una adolescencia escéptica aunque breve, renueva una indignación visceral por las injusticias que padece la mayoría de la población de nuestro país. Ambas imágenes se expresan a través de una prosa ligera, que recurre frecuentemente al suspense del policial, pero también a la cultura pop, a su sensibilidad, con resultados disparejos y que más de una vez se riñen con la veracidad del género periodístico que se dice expresar. La cuarta espada es un libro ligero, informativo, en parte fallido y, sin lugar a dudas, ávido de ganar lectores aún a costa de devastar las complejidad del fenómeno de la violencia política y, más bien, aprovechando el interés sobre este tema en el circuito de editoriales latinoamericanas.

Abimael pop

Roncagliolo prefiere contar la vida de Abimael como la de un individuo marcado por la impronta de su vida privada, que progresivamente realiza las analogías que lo llevan a proyectar las explicaciones de una vida desgraciada a la generalidad del país. El marxismo-leninismo es el catalizador de una persona correcta pero severamente ofendida en su intimidad por el mundo en que le tocó crecer. En este sentido, grosso modo, Roncagliolo repite la explicación individualista de los grandes monstruos que periódicamente azotan al género humano: han sido deformados por la crueldad de alguna injusticia y devuelven al mundo la violencia recibida, aprovechando una personalidad enigmática o carismática, en todo caso seductora por su perfil incorruptible, de imagen de perfecta coherencia entre palabras y actos. Movidos por una única idea, que les sirve para explicar de modo reductivo todo fenómeno, solo viven para alcanzar sus metas. Son los ¿erizos¿ de Isaiah Berlin, personas que entienden la vida desde un único punto de vista a diferencia de los zorros, que cambian constantemente de parecer porque entienden la existencia como un continuo cambiante al que adaptarse. Sin embargo, el erizo Abimael implica una forma de novedad en su representación ¿por la novedad misma del retrato de un genocida maoísta peruano- que nunca llega a aparecer en el reportaje, ni como sucedáneo efectivo de su voz, necesariamente ausente por las justificaciones que el autor expone. En el libro de Roncagliolo, el líder de Sendero oscila entre el estereotipo satanizado por el liberalismo, una enésima versión de el Conde de Montecristo, arquetipo romántico de la fría venganza estéril, una y mil veces desgastada por la cultura popular, y el desconcertante antihéroe del cómic negro, V, paladín antiautoritario y sociópata, cuyas acciones terroristas entrañan una sabiduría despiadada y enceguecedora que incluso el verdugo más cruel se negaría a ejercer. Finalmente son explicaciones ligeras, escenas de pretensión minimalista pero en realidad ironías burdas del cronista, del estilo de aquella ya célebre que compara la ideología con la Fuerza de Luke Skywalker, lo que termina por definir a un Abimael apasionante en su melodrama ¿hija perdida y triángulo amoroso incluidos¿, pero ridículo como genocida. Cuando pretende burlar la trampa de ese estereotipo, Roncagliolo apela al Abimael jerarca, firmemente sujeto al modelo del Adolf Hitler de La Caída, pero, a pesar de abandonar los símiles de origen pop, el intrigante megalómano que deja adivinar Roncagliolo requiere más que el perfil de un intolerante proclamador de absurdos, absolutamente coherente con su ramillete de dogmas revolucionarios ¿ello solo produce el efecto de lo real-maravilloso, pero no de lo trágico y aún de lo inhumano-, un inamovible delirante que manda y humilla, sino que se requiere del examen psicopatológico de la conducta, o en todo caso, de la frondosidad de un carácter explorado en su más mínima crispación o ademán, como sucede con el Hitler de Bruno Ganz, y no en el Abimael de Roncagliolo, por evidente ligereza del retratista. Abimael es un estereotipado personaje oscuro de una novela romántica o incluso de serie negra, pero ello sucede por necesidad de los modelos populares que emplea o degrada su cronista, con plenitud de conciencia (además de la mención de la Fuerza, existe una alusión a la película sobre Hitler). Según sus declaraciones, Roncagliolo asevera que con este procedimientos acerca la historia que refiere a sus lectores, pero, más bien, pareciera exigirles menor comprensión de los vaivenes de la personalidad humana y les confirma sus prejuicios en conductas rápidamente identificables por su familiaridad simbólica y, por ello, fácilmente encasillables y no problemáticas (a lo más sorprendentes, por su radicalidad). Roncagliolo no resuelve el misterio de la personalidad de Abimael, como honestamente declara, pero además lo encasilla en un personaje de historieta seria, pero poco original. En este sentido, el libro está muy lejos de ser una exploración tras la ¿verdad¿ del personaje o de su guerra, y menos puede considerarse que en ella prestan su voz al autor los 69,280 muertos del conflicto, como lo señala este al iniciar el libro, puesto que la tragedia que refieren esas voces difícilmente puede imaginarse como expresables por el lenguaje de la serie negra, el melodrama, el cómic, el estereotipo y la ligereza, aunque se publicite ad infinitud lo contrario.

Izquierdista in fabula

Por otro lado, tan reveladora como la personificación de Abimael, resulta la personificación del periodista tras el relato. Es Santiago Roncagliolo, pero desde los mismos marcos de difusión y publicidad de La cuarta espada no se esclare si debemos atender a esta voz narrativa como ficcional o efectivamente periodística. El texto es comparado en su contratapa con A sangre fría de Truman Capote, una novela de no ficción, pero en ningún momento se atribuye al texto la condición de novela, corrientemente percibida por el lector latinoamericano como un producto de la invención de los escritores. Es más, su aparición bajo el sello Debate, que publica ensayos y crónicas, nos sitúa en el terreno de los textos no ficcionales. Por la comparación con A sangre fía y su publicación en Debate, debiéramos asumir que se trata de un texto periodístico, un testimonio cuyo desarrollo, meandros y, sobre todo, implicancias personales, exige el formato de libro, y cuya efectividad en estructura y estilo lo incluye en las posibilidades retóricas de la literatura. Por el manejo del suspenso, el libro fácilmente cumple esta última característica y todo nos induce a pensar que un declarado propósito informativo y esclarecedor en este ¿aunque no se realice¿, pero, sobre la introducción de elementos ficticios en él, ni su autor ni la editorial han hecho ningún comentario. Aunque no se falta completamente a la verdad, existe un interés por autorizar la voz del reportero desde su inscripción familiar e histórica con los ideales de la izquierda latinoamericana. Es el individuo al que le concierne por sobre otros el tema por pertenecer al contexto de sus obsesiones originales: ser hijo del alguien que soñó algún tipo de revolución política, pero optó por la vía democrática, el heredero azaroso de esa historia y testigo a contrapelo de los impensables y trágicos crímenes de quienes pensaron parecido, un sujeto que condena la crueldad, pero aún siente presentes la causa de las injusticias que motivó a criaturas surreales como Guzmán. El periodista Roncagliolo se presenta así como nacido al calor de los vientos reformistas el gobierno militar y nacionalista de izquierda de Velasco; hijo de un exiliado socialista en México, quien recibe en casa a barbones conspiradores de la izquierda setentera; como el sobrino infante del tío Alfonso, el primer alcalde socialista de Sudamérica, Alfonso Barrantes Lingán; como individuo asqueado de la opulencia del grupo social de los ¿pitucos¿ (a quien también llama ¿pijos¿ para su auditorio español); como esforzado ganapán en el medio periodístico y literario español. Aunque busca problematizar la identidad de Abimael, el narrador cuestiona su propia condición como cronista solo en el ámbito del compromiso personal ¿se interesa en escribir solo por el dinero y admite, como estrategia expositiva, que la cantidad del material sobre el tema lo confunde, desborda y termina por conmoverlo¿ pero, en el ámbito político, deviene en testigo de excepción e inevitablemente concernido por su vida paralela a la intimidad de algunas etapas significativas de la izquierda peruana, esa que también hizo posible la aparición de la facción senderista. Omite, sin embargo, señalar la selección y presentación de tales hechos desde un sesgo que magnifica la relevancia histórica de la circunstancia vital del periodista. Por ejemplo, el autor Santiago Roncagliolo sí nació en el gobierno de Velasco, el año 75, pero fue el último año del régimen y la proximidad de un recién nacido con su circunstancia política es definitivamente ridícula. Otro ejemplo: el padre de Roncagliolo, el sociólogo Rafael Roncagliolo, en efecto, estuvo exiliado en México pero, antes que forzado, fue un destierro preventivo porque perteneció al sector de la izquierda peruana que participó como aliada civil de los defenestrados militares velasquistas ¿una izquierda que se asimiló voluntariamente a un proyecto político autoritario. Si se incluyera esta información en el relato que pretende ser no ficcional, el destierro del periodista niño se observaría bajo otro lente: un refugiado político como muchos de los de la época, aunque perdería su aura heroica y hasta literaria: ya no se trata de una familia de espíritu justiciero perseguida por sus ideales, sino una que, apelando a sus propios medios y contactos, decide dejar el país. Del mismo modo, si se refiriera el papel de padre como burócrata de la revolución autoritaria velasquista se conseguiría un vínculo más directo de su reportero con los vericuetos de la política de la época, pero ello obligaría a complicar el relato y problematizar la identidad de este, que debería confrontar su desprecio hacia la injusticia endémica del estado peruano con el desempeño antidemocrático de su padre en este. Roncagliolo, sin embargo, decide aprovechar aquellos detalles autobiográficos que simplifican su vínculo con la izquierda a algunos personajes y situaciones románticas y algún vínculo sentimental (el mencionado tío Alfonso). También evita, de modo sistemático, referir situaciones vinculadas con el éxito social. Su narrador, involucrado con la sensación de rechazo a la desigualdad social, no refiere ninguna educación privilegiada en un colegio de elite (La Inmaculada), ni en la Universidad Católica, de la que sí participó Roncagliolo y que lo situaron, al menos unos diez años, en los ámbitos sociales más privilegiados del Perú. Cuando alude a esta época de alguna forma, la despacha en no más de dos líneas. Además, no señala que, cuando entrevista a Elena Iparraguirre, la líder número dos de Sendero Luminoso, lo hace desde la fama internacional de un autor de prestigio, que ha ganado el cuantioso premio Alfaguara, y no como un simple periodista. Roncagliolo expurga cuidadosamente de su identidad de reportero cualquier indicio que lo vincule con la opulencia, el prestigio social y el éxito literario, y cuando le resulta inevitable mencionarlo lo efectúa de modo expeditivo (como cuando habla de su adolescencia). Con ello, no hace sino matizar su imagen de testigo concernido; está próximo al origen de la violencia, pero, al mismo tiempo, es ajeno a cualquier injusticia producto de la pirámide social opresiva de la nación escenario de la guerra. Así, no le corresponde ninguna responsabilidad sobre la desigualdad y la injusticia endémica que constituyen las condiciones del surgimiento del fenómeno senderista, según su propia lectura, puesto que no pertenece a ninguna jerarquía opresora. Luego, el periodista del libro es un individualista vinculado con la ideología de la izquierda latinoamericana, o más bien con algunos de sus personajes memorables o románticos (Velasco, los barbudos, Barrantes); pero siempre es un ajeno, exiliado, en México o en España, un mero reportero casi marginal al ¿sonido y la furia¿ de la violencia política, pero siempre conmovido y al final abarcado por las dimensiones de la tragedia. Esa identidad es naturalmente un invento del autor Roncagliolo, quien, por otro lado, en el texto y en la vida escribe un reportaje en busca la verdad de Abimael, en busca de de las raíces de la guerra, como lo demuestra la cuantiosa publicidad de La cuarta espada. Si ello es cierto, si estamos ante un relato testimonial y no producto de la imaginación, se trata de una manera nueva e ingeniosa de involucrarse en el fenómeno de la violencia política y a la vez negar la responsabilidad individual y de grupo social frente a él, otra forma, sofisticada eso sí, de imaginar que el asunto no incumbe a quien lo relata, por más que sea peruano y privilegiado, o por lo menos no incumbe al tipo de narrador que elige Santiago Roncagliolo para redactar su crónica.

Sin lugar a dudas, La cuarta espada será un libro leído por todos los aspectos aquí señalados: estereotipos pop, anecdotario romántico, manejo del suspenso, y publicidad y fama de su autor, además de la distribución garantizada por la editorial. Pero conviene señalar que quien busque una aproximación novedosa a la biografía de Abimael Guzmán o un punto de vista particularmente revelador del fenómeno, no lo encontrará. Si la cuantía de lectores y la falta de originalidad del libro, o su ligereza para referir la historia, o su habilidad para mantener en vilo a muchos lectores hasta ese momento desinformados, involucra a otros tantos para explorar y reflexionar sobre la violencia política con sutileza y fidelidad, entonces se podrá afirmar que La cuarta espada sirvió para mucho, además de para aprovechar de la atención de la que goza su autor. Por ello mismo, debe decirse que Roncagliolo no destila sutileza cuando trata de Guzmán ni fidelidad en su búsqueda de autoridad como cronista. Manipula la información a favor de una imagen que se exculpa y excluye de la tragedia ciudadana, una imagen moralmente mejor que la de cualquier peruano de entonces y ahora, por sobre la ¿marginalidad¿ que se le pueda atribuir, y que se identifica, dentro de las convenciones del reportaje, con su identidad autorial. Ello no solo es una figura de estilo, como antaño. En la Antigüedad, cuando un cronista manipulaba su imagen para favorecerla ante el público¿afirmaba que vio algo que no vio¿ se consideraba que recurría a una estrategia válida de un oficio por entonces más próximo a las bellas letras. Ahora, que ya no toleramos eso en un cronista, Roncagliolo estereotipa, magnifica y miente.

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