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Viernes, 07 de Septiembre de 2007

Pavarotti, la voz de un elegido

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Luciano Pavarotti (1935-2007) murió ayer, jueves 6 de septiembre, a consecuencia de un cáncer de páncreas que le venía afectando desde hacía algunos años. Para los limeños, la noticia llegó avanzada la noche del miércoles 5; pero a la vieja Italia, la madrugada del jueves le dio el golpe¿ El astro que hizo vibrar al mundo con su voz durante casi 50 años, ya no estará entre nosotros, sino al lado seguramente de otros maravillosos tenores y sopranos como la griega María Callas (1923-1977) o el español Alfredo Kraus (1927-1999). Con Kraus, incluso, hay un azar de por medio: los dos fallecieron a los 71 años.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

Desde su debut oficial en 1961, en la ópera ¿La Bohème¿ de su adorado Giacomo Puccini (1858-1924), el tenor de Módena, un apacible pueblo italiano de la región Emilia-Romaña, al norte del país -donde mañana sábado 8 será enterrado-, había impuesto su propio estilo, con una intensidad que convertía a su llamado ¿Do de pecho¿ (¿Do 6¿) en algo inusual, incluso entre los iniciados en el mundo de la lírica.

Para algunos especialistas, el famoso ¿Do de pecho¿ no existe, sólo sería una nota hecha en la parte alta del paladar y aún más allá, en un lugar impreciso a la altura de las cejas. Pero, ¿qué es lo que hacía sino Pavarotti con esa expresión bucal desmesurada que parecía devorar al mundo en una nota? Por momentos, segundos eternos, sólo quedaba en el aire la vibración de su cuerpo trémulo, y el eco resonante de su voz, en una imagen del tenor que se repetía como en el aria final ¿Nessun Dorma¿, de la ópera pucciniana ¿Turandot¿.

El panadero aficionado a la ópera que era su padre, dejó que estudiara y desarrollara sus cualidades innatas, esas mismas que lo llevaron a disfrutar del ¿bel canto¿ como pocos artistas lo han sentido en la segunda mitad del siglo XX.

El fenómeno Pavarotti es un caso sui géneris, pues deleitó tanto al exigente público operístico de La Scala de Milán o del Metropolitan Opera House de Nueva York, como a los aficionados a la buena música popular, a quienes el divo italiano siempre encantó con sus intervenciones en la televisión, en la radio, en el cine, y en sus conciertos con intérpretes del rock, el pop o el jazz. Un abanico de opciones a las que nunca dio la espalda.

Muchos se preguntan si sólo basta el egocentrismo artístico del propio Pavarotti para entender su actitud proclive a los medios de comunicación, por lo menos con más ahínco que el resto de sus coetáneos. Para contestar esa pregunta, solo debemos recordar un referente vital para el artista: Mario Lanza (1921-1959), el gran tenor estadounidense, pero de evidente origen italiano. Lanza fue un cantor notable que participó en innumerables proyectos cinematográficos. Su imagen de hombre capaz de convocar fidelidades en los distintos públicos a los que llegaba, lo llevó a convertirse en una especie de ídolo para la generación del joven Luciano, quien vivió la muerte de Lanza cuando tenía 24 años, a poco de aparecer en público con ¿La Bohème¿.

Su fama se acrecentó hacia la década de 1970, precisamente cuando su círculo de amigos se abrió a mucha más gente ligada al espectáculo, a la política y a las artes en general. Ese universo de fieles amistades le proporcionó la satisfacción de ayudar en campañas sociales y humanitarias; una fórmula consagrada para dicho objetivo fueron los fabulosos conciertos ¿Pavarotti and friends¿, donde cantó al lado de figuras como Elton John, Bono, Sting, Liza Minnelli, Laura Pausini, Caetano Veloso, entre otras estrellas populares.

En Lima estuvo en pocas ocasiones, la más recordada fue en 1995 en un concierto realizado en el Jockey Club del Perú; esa vez vimos a un Pavarotti sin grandes poses de ídolo -siéndolo, sin duda-, sólo con su corpulenta figura, prodigando talento y don de gente. Muchos lo recuerdan con la pañoleta roja en esa húmeda noche limeña, y la ropa informal dentro de la formalidad del encuentro.

En el horizonte operístico seguramente destellarán nuevos nombres; como ya lo es el de Juan Diego Flórez, el joven y talentoso tenor peruano, de grandes condiciones cantoras y personales, y a quien el propio maestro consideró su sucesor. Sin embargo, el lugar dejado por el querido italiano no podrá ser ocupado por otro artista. Porque sólo hay uno que es capaz -con su canto- de hacer huir al diablo del infierno para escucharlo: ese fue el gran Luciano Pavarotti¿ ¿La lirica e il mondo sono in lutto¿. Coincidimos con el titular del Corriere della Sera.

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