Miércoles, 29 de Agosto de 2007
La selección peruana Sub 17
Los jugadores de la selección peruana de fútbol Sub 17, los llamados ¿jotitas¿, por ser Juan José Oré (el popular ¿J.J.¿) su técnico y mentor, acaban de clasificar hoy, miércoles 29 de agosto, a los cuartos de final del mundial de su categoría en Corea, tras derrotar a su similar de Tayikistán. Sin duda, este grupo viene cumpliendo un papel destacado, y si le gana a su próximo rival, Ghana, estaríamos a un paso de la final, ni más ni menos. Estamos ahora entre los ocho mejores equipos del mundo. Nadie cambiará eso. Ellos han logrado lo que aún no puede hacer una selección de fútbol de mayores: ir a una cita mundial y ganar; dije ganar, esa palabra a la que ya no dábamos lugar en nuestro mundo de pasión futbolera.
El Columnista
Carlos Batalla
(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.
El cronista mexicano Juan Villoro (1956) dice que el fútbol nos devuelve a las formas de la tribu, a la manera cavernaria de celebración de una victoria colectiva. Las manos, esos instrumentos vitales de la evolución de la civilización, no sirven en este juego, porque su uso merece sanción; lo útil, dice el autor de ¿Safari Accidental¿, son los pies, los que recobran prestigio, luego de haber sido simples mecanismos de acción motora entre nuestros antepasados homínidos.
Villoro, como casi siempre, da en el clavo. En efecto, los hombres de hoy pensamos que vestir de corto, correr detrás de un balón y tratar de meter el esférico en un marco con redes es, por esencia, un arte, un oficio de inspirados o la mayor exquisitez del mundo. No lo es, en verdad. No hay estética, por más filigranas que los pies dibujen. Es, irrefutablemente, una forma de socialización en un espacio determinado, de convivencia y tolerancia, que implica competencia pero debidamente reglamentada. Se trata de una lucha tenaz, donde las sociedades reflejan lo bueno y lo malo; donde se aplica el premio Fair Play o la ley del más fuerte.
¿Qué distingue entonces a estos juveniles jugadores de la selección como Manco, Correa, La Torre o Bazalar (hijo) de los mayores? Pienso que es algo elemental: ganas de triunfar como equipo, es decir, como colectivo social, como grupo que busca cohesionarse en su propia interacción. Los juveniles de Oré juegan porque les nace hacerlo, no porque les paguen dólares más o dólares menos.
Cuando hablamos de generaciones, nos viene a la mente el rostro castizamente adusto de don José Ortega y Gasset, quien postuló que cada 15 años se pueden medir estas irrupciones grupales. Es decir, cada 15 años nacería una nueva generación.
Los jugadores que durante la década de 1990 intentaron llevarnos de nuevo a un mundial de fútbol (la última vez fue en ¿España ¿82¿) fueron los de mi generación. Veinteañeros en esa década, dejaron todo en la cancha, pero no alcanzó. Nunca alcanzó. Los Palacios, los Soto, los Legario, los Maestri o los Del Solar fracasaron como jugadores. Los nacidos hacia comienzos de la década de 1970, perdimos la brújula de la clasificación, y ahora queremos o empezamos a querer hacerla de directores técnicos. El tiempo y los partidos dirán la verdad.
Luego vino esa generación ¿bisagra¿ de los Pizarro, los Guerrero o los Farfán, que vieron el mundo hacia los años ochenta, y que siguen ahora los pasos del anterior combinado bicolor de mayores: no ganan cuando juegan juntos, no ven el horizonte mundialista; sólo esperan cumplir cada tres o cuatro años hasta no poder jugar y volver a sus equipos de origen donde sí esperan cumplir sus deseos personales y colectivos.
La familia nuclear de la selección peruana de fútbol nunca terminó de construirse en esas generaciones. No hubo un ¿padre¿ simbólico que los orientara; es más, muchas veces se les impuso un ¿padrastro¿ que sólo buscaba llevarse el dinero del puesto de director técnico; y todo ello era como procrear hijos y no responsabilizarse por su sustento (¿alguien recuerda a un tal ¿Pepe¿, brasileño, técnico nacional de las eliminatorias a Italia ¿90?).
Lo que ahora observamos en los muchachos de la ¿Sub 17¿, en los nacidos hacia comienzos de la década de 1990 y que hoy son la ¿generación del 10¿ (siglo XXI), es ese juego colectivo armonioso y firme, propio de la tribu cohesionada que se vuelve realidad; es como el regreso de los tiempos idos, en donde lo simple es más valioso que lo complejo, por ser más efectivo y motivador. En tales circunstancias, la juvenil selección viene asegurándose en el mundial coreano ese eje, ese motor de seguridad y guía. Viene reconociéndose en su ¿padre¿, esto es, en su técnico J.J. Oré.
Quien busca guiar los pasos de los jóvenes no anula, sólo otorga las herramientas, acrecienta los mecanismos y motiva las autoestimas suficientes para hacer lo que no hemos hecho en más de veinte años: ganar, ganar, ganar. Es decir, obtener resultados, dar pasos firmes, devolver la esperanza.
Una sociedad de iguales es una utopía. Estos muchachos nos están dando muestras de que la utopía puede ser real en la cancha, que puede existir no sólo en la imaginación de sus intelectuales o artistas, sino en la misma tribu, porque es en la tribu donde las victorias o proezas deportivas, como en este caso, se convierten en certezas que ayudan a crecer y a vivir con la frente en alto.