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Jueves, 19 de Julio de 2007

Los libros y la feria

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Este jueves 19 de julio se abre al público la 12a. Feria Internacional del Libro de Lima, que se prolongará hasta el 29 del mismo mes. El país invitado es Italia. Los limeños no tendremos, en el sentido más completo, una feria como la de Buenos Aires, de amplísima y diversa oferta libresca, ni como la de Bogotá, animada y colorida de ponencias y pabellones; pero sí una donde los libros serán la vedette del evento que cada año se alimenta de sus vecinas y crece, crece como cada niño o adolescente que seguramente se aproximará para saber de qué se trata esa fila de potenciales lectores que ingresa en el recinto del Centro Comercial Jockey Plaza. A propósito, alguna vez se ha hecho usted esta pregunta: ¿¿cuál ha sido el libro más decisivo en mi vida?¿. Aquí un testimonio de parte.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

No voy a hablar del programa de la feria ni de los innumerables escritores que vendrán. Eso lo hará la sección cultural o de locales de su diario de preferencia. A lo sumo, diré que Fernando Vallejo (Medellín, 1942), el escritor que renegó de ser colombiano y que ahora es un mexicano de voluntad, debía llegar a Lima hoy 19 para presentar su reciente obra, ¿La puta de Babilonia¿, pero no llega; y que Pablo de Santis (Buenos Aires, 1963), el notable escritor argentino, último ganador del Premio Planeta-Casa de América de Narrativa, estará casi al final de la feria (28 de julio) para presentar justamente su novela laureada, ¿El enigma de París¿.

Voy a hablar, entonces, de los libros. Con más precisión, de un tipo de libro. De ese libro que nos ha acompañado en la ruta de la vida y que se ha vuelto cómplice de nuestros miedos, deseos y fantasías; que nos vio dormir desde púberes, luego de una larga fatiga por sus páginas; de ese que marchó apretado bajo el brazo o atenazado por las manos nerviosas del universitario o del colegial. Voy a hablar, pues, de ese libro que nos abrió los sentidos sin medias tintas, y nos lanzó a la corriente fría de la existencia diaria sin pedirnos permiso.

Todos debemos tener una lista personal de ese tipo de libros. Es más, supongo que debemos tener El Libro, el nuestro, el que marcó nuestra ruta. Desde la Biblia para unos, hasta la última novela de Jaime Bayly para otros; desde la Enciclopedia Británica para los más eruditos, hasta el libro de autoayuda de Walter Risso o Paulo Coelho (aquí la diferencia sólo es el marketing), para los más sencillos.

En lo que a mí respecta, recuerdo una obra en especial porque fue una de esas que te conmueve hasta la médula, llevándote a una especie de terremoto interior, a un verdadero cataclismo personal. Un libro de esos que te quita la venda de la ingenuidad y te lleva a la sublime estirpe de la sensualidad extrema y a la verdad auténtica.

El autor a que me refiero es, para mí, Henry Miller (1891-1980), y la novela, ¿Trópico de cáncer¿ (1934). Su primera novela, de corte autobiográfico, y escrita con furia, dolor y deseo, pero también con nostalgia y sufrimiento; diría incluso con la necesaria aversión al silencio, a lo contenido, a lo no dicho; es, precisamente, por eso que a muchos jóvenes lectores nos llegó como mazazo, o como un rayo que atravesó nuestra inocencia y nos despertó a la vida.

Escrita con el atrevimiento de los surrealistas, con la ¿clara oscuridad¿ de los simbolistas; con la libertad de saberse más allá de los tabúes, con ese pensamiento salvaje latente en un París desabotonado de corsés, Miller nos legó desde 1934 todo lo que luego dirían como ¿novedad¿ muchos ¿atrevidos¿ de la prosa.

Para un adolescente de los años ochenta, como éramos muchos, ¿Trópico de cáncer¿ no era una novela cualquiera; ha sido un adorado ¿panfleto¿ literario que amábamos por sus escenas descarnadas y vitales, por su maldad limpia, casi transparente y, por tanto, ingenua; por su inocencia elemental, basada en sacrificar las normas sin medir consecuencias.

Miller clavó una estaca en el corazón de muchos jóvenes que buscábamos una vocación y la encontramos en la literatura. Nos hirió de por vida, pero se lo agradecemos como quien agradece el alimento que necesita todos los días para vivir.

Espero que muchos otros adolescentes o jóvenes encuentren a su ¿Henry Miller¿ entre los libros que ofrecerá, sin duda, la Feria Internacional del Libro de Lima¿ Un poco para ser más grandes, y otro poco, quizá mucho, para ser más humanos.

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