Viernes, 01 de Junio de 2007
Bogotá vivió su feria con Gabo
Este 30 de mayo vimos a Gabriel García Márquez bajar del "Tren Amarillo de Macondo" que lo traía de Santa Marta, en la costa caribeña colombiana, a su pueblo natal Aracataca, para recibir allí el homenaje de más de cinco mil personas. Ese mismo espíritu de admiración y entrega fue el que se respiró en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, del 19 de abril al 1 de mayo último, donde él fue también el centro de atención. Bogotá ha sido considerada este 2007 por UNESCO como la "Capital Mundial del Libro". Hoy es sinónimo de lectura, como Gabo de homenajes.
El Columnista
Carlos Batalla
(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.
"Gabo del alma", se lee como un gran titular en la entrada del pabellón 11, el dedicado al mejor escritor e ídolo indiscutible del pueblo colombiano: Gabriel García Márquez. Allí están concentrados los homenajes por sus 80 años de vida, 60 del primer cuento, 40 de Cien años de soledad y 25 del Nobel.
Niños arrobados ante las fotos del escritor, en cuclillas o sentados anotando datos biográficos o citas del nacido en Aracataca se mezclan con adultos apresurados que van y vienen de los estantes de libros a las gigantografías, y de allí a ver los videos que animan el espacio más visitado de toda la feria.
¿Los críticos, al contrario de los novelistas, no encuentran en los libros lo que pueden sino lo que quieren¿, sentencia Gabo. Nadie lo rebate, todos leen y copian sus ideas. Quieren ser como él, así sea en la imaginación; o al menos parecerse en el bigote o la barbilla; en algo, pues, todo con tal de ser un poco Gabo.
Al lado de las fotografías con ¿olor a guayaba¿, la música de un carnaval en Barranquilla visto en video llama la atención del público, que empieza a hacer cola para comprar la edición conmemorativa que la Academia de la Lengua ha hecho de Cien años de soledad. Veinte mil pesos nacionales (10 dólares) y el voluminoso libro de pasta dura verde está en sus manos.
En una tarde de esos primeros días de lluvia y viento helado en la feria bogotana, ocurrió un hecho singular: un debate entre el escritor y periodista mexicano Juan Villoro (1956) y el narrador y cineasta chileno Alberto Fuguet (1964).
Villoro (luego nos enteramos) había llegado a la capital colombiana no sólo para animarla con su gran carisma, sino como parte de un jurado súper secreto que, en un lujoso y también súper secreto hotel capitalino, decidió al finalista y al ganador del Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa, que recayó en el peruano Alonso Cueto y en el argentino Pablo de Santis, respectivamente, y cuya premiación se dio el martes 24 de abril, en el marco ferial.
Fuguet, en cambio, había pisado la tierra del buen tinto cafetero para promocionar su última producción de cine titulada Se arrienda, y un libro: Cortos. Además, justificaba su visita como miembro de la delegación de su país, Chile, invitado especial del evento libresco.
Asediado por la prensa local, el chileno parecía hastiado de que lo vincularan siempre con la generación parricida que mató simbólicamente a la del boom latinoamericano. Bajo esa presión, era una bomba de tiempo. Sobre todo en Colombia, cuyo padre literario mayor tiene nombre propio y universal, y es como el rostro sintomático del boom.
Los dos, el mexicano y el chileno dialogaban sobre las nuevas maneras de asumir la literatura, las identidades culturales, las prácticas y el compromiso de la escritura, el oficio, la técnica, cuando, de improviso, en medio de los dimes y diretes de rigor, la ocurrencia de Fuguet remeció el salón José Asunción Silva.
¿Qué ocurrió? Pues sencillamente que Fuguet, muy sincero y provocador, dijo que le parecía insoportable el apego desmesurado de los colombianos a la figura de Gabo. Tras señalar esta especie de exceso amatorio hacia el gran escritor, tuvo, en contrapunto, palabras de elogio a Mario Vargas Llosa, de quien se confesó rendido admirador.
La boutade fuguetiana estaba hecha¿ Luego no tardaron en llegar los murmullos y las manos levantadas para preguntar, inquirir, aliviar el golpe¿ La intervención de Villoro y la propia ponderación posterior de Fuguet relajaron los ceños fruncidos de más de un ¿rolo¿, como les conocen a los bogotanos. Y todo volvió a la calma. Nadie podía, sin arriesgarse a la derrota, con el romance literario del autor de Vivir para contarla y su público más leal, el suyo.
Otro día fue inolvidable con la presencia del querido escritor español (de Cataluña), Eduardo Mendoza (1943), quien presentó su reciente novela: Mauricio o las elecciones primarias, en un auditorio algo apagado y frío, pero que poco a poco se rebalsó de seguidores y admiradoras.
Ante un público seducido por la sencillez y agudeza del escritor, éste no dejaba de autodefinirse como un mal vendedor de sí mismo. Cosa que nadie creyó después, ya que fue evidente que todos los concurrentes salieron, tras la presentación, con un ejemplar de su novela bajo el brazo.
La feria tuvo ribetes populares, cuando en la segunda semana llegó a su recinto Roberto Gómez Bolaños, o simplemente ¿Chespirito¿, al lado de su inseparable y casi ventrílocua esposa, la no menos conocido Florinda Mesa, ¿Doña Florinda¿. Su aparición movilizó a medios de comunicación y a un público que por tres generaciones se recreó con las frases inolvidables de los personajes de la vecindad más popular de la región¿ Gómez Bolaños presentó un libro muy personal y luego se fue como una estrella: con toda la luz y el poder de un hombre que sabe que ha hecho historia.
La 20º Feria Internacional del Libro de Bogotá ha terminado hace exactamente un mes, tras 14 días de intensa actividad libresca, de intercambio cultural y de movimiento social.
Treinta mil metros cuadrados de libros y eventos, donde se acogió el interminable fluir de la gente bogotana y de otras partes de ese gran país que es Colombia; esa gente de la tricolor, que habla de una nación que sufre pero goza, como nadie, con su intensa y variada cultura.