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Domingo, 29 de Abril de 2007

La humanidad de José Watanabe

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José Watanabe (1946 - 2007) dejó en El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994) y Cosas del cuerpo (1999), tres de sus principales poemarios, su inconfundible sello de intensidad y sabiduría. Lo último que publicó fue Banderas detrás de la niebla (2006). ¿Wata¿ nos legó también y para siempre, en este otoño aún soleado, su calidad de gente. No había otro como él.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

Homenajeado por diversas instituciones, ponderado por la crítica más acérrima, admirado por el gran público de lectores en lengua castellana, así se fue de este mundo, cerca de la medianoche del miércoles 25 de abril, José Watanabe. El ¿Wata¿, como él mismo escribía a sus amigos, no sólo fue un exquisito poeta, un inteligente guionista y un visionario productor de imágenes¿ Fue algo más, tenía esa cuota de humanidad que nuestros hombres y mujeres de letras han venido perdiendo como se pierde la fe en la palabra y en la pasión de vivir la vida como lo que es: la única que tenemos a la mano.

José era un artista. Uno de esos pocos que alzan la mano con tierna osadía para decir aquí hay un ser de carne y espíritu, un hombre que quiere ser escuchado y quiere decir lo suyo. Su espacio lo ganó a pulso. Lo ganó con la modestia de quien se sabe bueno, con ese martilleo de la palabra sobre el papel o, mejor dicho, sobre el teclado de la computadora, cincelando una emoción o barnizando una imagen, siempre con el acento y el tono precisos. El punto, la coma.

Vivía como cualquiera de nosotros, en un barrio de clase media, en San Miguel, en plena avenida Universitaria, la que une a San Marcos y a la Católica, pero hacia abajo, ya cerca del mar. Allí recibía a sus amigos y conocidos, en medio de cuadros de Tilsa Tsuchiya ¿su gran amiga de juventud- de fotografías y blancas paredes¿ Allí las tardes pasaban en reposo, con una taza de café en una mano y un cigarrillo en la otra; allí mismo donde cualquier entrevista se transformaba en una sencilla conversación de amigos.

¿El ciervo es mi sueño más recurrente / siendo animal de manada aparece mirándome con alzada / y orgullo / de hombre solo¿¿, fueron versos de un poema de Historia natural. Como el ciervo, José destacaba en su generación de poetas destemplados, vociferantes, excesivos. Y destacaba por su voz interior, por su ritmo lírico, por la originalidad de sus escenas poéticas.

Él amaba el haiku, el silencio, la paz de una mañana clara; también la angustia de una tarde sangrante, y la tranquilidad venal de una noche profunda. Esa era la forma en que medía el tiempo.

Dios o la imagen de una divinidad fue algo que nunca dejó de interesarle. ¿Creo que creo¿, decía para la desesperación de sus amigos religiosos. Pero hubo un libro especial donde reveló por lo menos su interés poético sobre el tema, se llama Habitó entre nosotros (2002), su poemario sobre los evangelios, donde creía encontrar coincidencias con su propia vida. Cosas de José.

Para él Cristo estaba más cerca del mundo de ¿aquí¿ que del mundo de ¿allá¿. Me decía en una entrevista: ¿No afirmo que fue al cielo (Cristo), no está el poema de la ¿resurrección¿ y tampoco he escrito uno sobre la ¿anunciación¿... Yo he escrito un poemario a un hombre extraordinario, al margen de que si tenía, o no, carácter divino¿.

Así pensaba, así de sencillo y directo, como sus poemas cargados de sensualidad y circunspección. No es quizás el momento de hablar de su obra en forma exhaustiva, sino sólo de saber que fue un poeta leal con su oficio. ¿Redime esto todos sus pecados? No lo sabremos nunca, solo tengo la certeza de que el diálogo de amigos que siempre sostenía en su departamento de San Miguel, lo debe estar prolongando en algún espacio inasible.

¿Nunca pude decir ¿soy ateo¿ de modo abierto, tranquilo; siempre tenía una especie de remordimiento¿, esas palabras ahora retumban en la memoria. El creer o no creer en el caso de José fue algo más que personal, filial. Una religiosidad popular vivida desde niño. Por eso, Habitó entre nosotros lo escribió con una extraña alegría encima. ¿Es como si cumpliera con algo o alguien, con mi madre que iba a la Virgen de la Puerta de Otuzco, no sé¿.

José Watanabe también ¿habitó entre nosotros¿, y ahora toma la delantera a los que le seguiremos en ese camino a lo desconocido. O tal vez, no tan desconocido.

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