Portada TERRA PERÚ > Noticias > Cultural

 

Martes, 03 de Abril de 2007

Crisis respiratoria. Susanne Noltenius

imprimir  enviar 

Susanne Noltenius. Crisis respiratoria. Lima: estruendomudo, 2006. 152 pp.

Por el barranco cae el becerro cuyo cuero usan para engañar a la vaca madre que lo lame mientras la ordeñan
José María Arguedas

De: Susanne Noltenius - Crisis respiratoria Crisis respiratoria
De: Susanne Noltenius

La mujer en el espejo

Un ensueño efímero en que es infiel de pensamiento, un pasajero ávido por las analogías entre su vida y una pieza de Calderón, un impensable golpe a la hija niña, una calumnia repentina a la nana de toda la infancia, el miedo de la soledad cuando los diarios hablan de tsunamis, las silenciosas antipatías de una adolescente que casi no desayuna, la venta de un trago a un cliente desconocido, la adquisición de una revista sobre el significado de las flores, la proximidad de un hermoso volcán de agua, la tos de un bebe en la casa de playa son las anécdotas mínimas que sintetizan los casi imperceptibles dramas de hijas, esposas y madres frente a la cordial desaprensión de la familia y el circulo de amigos. En su primer libro, Crisis respiratoria, la escritora Susanne Noltenius, egresada del taller de escritura creativa del Centro Cultural PUCP, inventa un narrador carente de énfasis y tremendismos, cuya ficción, no exenta de conmoción e incluso dolor, finge un orden doméstico apacible que continuamente desarticula a fuerza de omisiones o presencias rigurosamente filtradas para remitirnos a la cotidianidad de una clase social privilegiada que desprecia la comunicación de los sentimientos. El narrador, desde luego, no dice esto último, pero su mirada discriminadora funciona diestramente y cuando más inofensivo parece resulta más hábil para trasmitir la indolencia entrelíneas.

Madame Bovary ha muerto

No resulta caprichosa la mención del conocido personaje de Flaubert en este contexto ¿modelo de mujer, si lo hay, que desea un mundo a la altura de sus sueños. Los personajes femeninos de Noltenius, en apariencia, han adquirido el acceso a ese mundo. Muchas son profesionales exitosas ¿mujeres económicamente emancipadas, proeza económica del siglo XX, que las fue situando en una mejor posición en el espacio público- y con seguridad tienen el acceso a una cultura emocional rica y aleccionadora. A diferencia de la mujer atrapada en su provincia, estas veranean en playas exclusivas y pueden tomar vuelos a cualquier parte del mundo: la maravilla del exotismo no les es ajena. Sin embargo, son incapaces de atentar eficazmente contra el orden social en busca de mayores placeres y felicidad como lo hizo Madame Bovary. No pueden, como el personaje flaubertiano, mentir, lanzarse tras amantes, desafiar las prohibiciones normativas de la vida en sociedad políticamente correcta, más estrictas, al parecer, que las leyes codificadas por el Estado. Se trata de mujeres domadas por el orden burgués, o mejor aún, por el modelo globalizado de familia y de carrera profesional, que si se atreven a transgredirlo lo hacen en los sueños, en el sesgo crítico de su mera percepción sensorial, seres cuya inconformidad alcanza como cima el nivel de la efusión sentimental, pero siempre de sentido esquivo para ellas mismas, porque carecen de medios sociales positivamente sancionados para expresar sus sentimientos, reprimidos, antes que nada, por estar casi perfectamente alienados por las virtudes de la vida doméstica familiar en la que, con mayor o menor entusiasmo, militan (salvo, excepción notable, la mujer de ¿Al pie del volcán¿, aunque también tenga una conversación siempre pendiente con el padre). Hablar de lo que molesta no tiene sitio ni adecuación, no tiene palabras, cuando quiebra un orden consensualmente visto como satisfactorio, que nadie quiere quebrar por completo, incluso quien lo padece. Noltenius acierta en esta representación paradójica de un tipo de mujer liberada del siglo XXI peruano, plena de derechos en el ámbito público, pero invariablemente estereotipada en los claustrofóbicos papeles de madre, esposa o hija; además, cómplice activa de esta forma de control al cultivar íntimamente ideales que también son sus mejores eslóganes: la obsesión por la belleza física, la fijación en la pareja como piedra de toque de la autoestima, la necesidad de encajar en un modelo de vida que el consenso de los pares proyecta como adecuada; en suma, conseguir la familia soñada los códigos de su posición y clase

La estrategia de la ilusión

Así, en Crisis respiratoria, la autora consigue personajes cuyo único indicio de conflicto parece ser su perspectiva perceptiva y un vago malestar en sus historias. Imagina mujeres con un control del mundo cotidiano tan reducido que empieza y termina en la mera observación. Incapaces de comunicar, su oficio favorito es inventariar objetos y hechos, sin ánimo de juzgar, pero a veces molestas (¿La verdad¿), otras veces hipnotizadas (¿El viaje¿) por tener que capturar el mundo desde una posición fundamentalmente inactiva y silente. Lo anterior hace que su instancia única de deliberación sean ellas mismas (¿El viaje¿, ¿Auto sacramental¿, ¿La verdad¿, ¿Tsunami¿, ¿Escena de circo¿, ¿Un vaso de whisky¿, ¿El lenguaje de las flores¿, ¿Al pie del volcán¿ y ¿Crisis respiratoria¿), sus dos o tres eslóganes consumistas sobre el sentido de la vida difuminados en sus escasas posibilidades de actuar, y el presentimiento de que debe o debiera de existir un estado mejor, uno en que termine la inacabable labor de hacerse un espacio en el silencio y en el que no tenga que aceptar las fatales determinaciones sociales de las que fugazmente se percata. A pesar de ello, la conciencia cabal de su situación -aunque no su verbalización y menos aún su rebelión (a lo sumo se expresa hastío, en la ¿La verdad¿)- es una gracia que la autora termina por ofrecer a sus personajes, no a través de la razón o de la experiencia, sino de una circunstancia fortuita. Usualmente, emplea un hecho intrascendente como suma y síntesis del drama apenas entrevisto, una imagen-símbolo que actúa a modo de espejo de la totalidad de este, un reflejo donde se dibuja la silueta completa del cuadro cuya totalidad nos empecinábamos en perseguir por sus líneas y colores. La imagen-símbolo confiere, así, al sentido del relato la evidencia de una confirmación. En algunos casos, Noltenius apela a la estrategia del doble, como el hombre que recuerda al padre de la protagonista en ¿Un vaso de whisky¿, un desconocido en cuya aprehensión puede situar mejor su propia circunstancia de hija de un suicida. En otros, es un elemento del paisaje o un objeto quien concita tal función; en una frase que podría resumir la noción que la autora guarda del orden doméstico, el padre de Mariana en ¿Al pie del volcán¿ describe la figura del volcán de agua que domina la ciudad de Antigua: ¿Tan bien dibujado y tan destructivo al mismo tiempo¿ (p.128). Sin embargo, ahí donde el uso de la imagen símbolo alcanza notable funcionalidad es en ¿Tsunami¿, tal vez el mejor cuento del conjunto, en el que una mujer que describe la escasa vida social de un balneario acomodado ¿ la proximidad de la casa a la línea del mar es señal de mejor estatus- termina por emparejar sus pequeñas ansiedades sobre su vida conyugal, familiar y amical con el tsunami acaecido al otro lado del océano; suerte de amplificación, a través de su paranoia, del estado de inminente catástrofe en que yacen sus relaciones interpersonales, es un problema grave percibido en el ámbito de los instintos, pero acallado por el ideal de vida femenina de clase alta, que enturbia los avisos de su interioridad.

La mirada de autor

Aunque existen cuentos cuyos protagonistas son hombres (dos: ¿Manos en la nieve¿ y ¿Domitila¿, en los que, curiosamente, los protagonistas consiguen imponer su deseo y sin demasiadas culpas de por medio), Crisis respiratoria es un libro de cuentos cuya autora consigue de primera instancia ese logro expresivo necesario para ser considerada como tal: una perspectiva propia, coherente, reconocible, desusada, desde donde mira y escribe. Noltenius, sin embargo, parece insegura de haberlo logrado, y no en vano repite una y otra vez la misma estructura básica en la mayoría de sus relatos: una mujer incomunicada del círculo familiar, cuya buena educación en sus valores y su delicadeza de sentimientos le impide disonar. Ello se vuelve un apreciable demérito cuando ya se puede anticipar con certeza la aparición de un esposo adicto al trabajo bajo sospecha silenciosa de infidelidad o de una madre frívola que se adivina implicada en su propia incomunicación; la repetición, incluso, conspira contra la ficción mejor lograda del libro: que se trata de una crítica sutil pero sin atenuantes a un determinismo social asumido por una colectividad de cómplices, que intercambian los roles de víctimas y victimarios, y no, como también podría asumirse, la consecuencia de la hipersensibilidad de protagonistas inacabablemente obsesionados con la calidad de sus relaciones interpersonales (es decir, por momentos corre el riesgo de matar la ilusión del arte: la idea de que nos compete a todos, seamos como seamos). A ello debe añadirse que la necesidad de ambientar detalladamente el mundo cotidiano a veces traba a la voz narrativa en la descripción de objetos, ambientes y personajes (la Verónica de ¿El viaje¿) que no inciden en ningún aspecto funcional del relato.

A pesar de todo lo anterior ¿y alguna preferencia léxica que muestra una formalidad excesiva en un lenguaje cuya mayor gracia es la transparencia-, Crisis respiratoria es un primer libro destacable y recomendable por sus logros en la caracterización de un punto de vista y la invención de un tipo de mujer distinta en nuestras letras: la silenciosa observadora pretendidamente liberada, pero dócil, que no puede evitar percibir sotto voce el desencuentro fatal que es su existencia, determinada por la naturalización de patrones sociales conservadores en la concepción de una vida moderna exitosa. Ello, incrustado en la ejecución de cuentos limpiamente sintetizados en imágenes especulares preñadas de sentido es digno de tenerse en cuenta e interesar, aunque debamos admitir que fastidia su innecesaria repetición.

imprimir  enviar