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¿Demoler la estación del tren?

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Enrique Sánchez Hernani. Vinilo. 42 poemas del rock’n roll+1 bonus track. Lima: Fauno, 2006. 80 pp.

Luego la veía; los brillantes cuernos impalpables de la mañana, del sol, se llevaban la niebla y la descubrían, firme sobre las cuatro patas, rubia, nacarada por el rocío, en la corriente dividida del vado, resoplando en el agua con el aliento denso, cálido, pesado, cargado de leche; y tumbado sobre la hierba empapada, los ojos cegados ahora por el sol, ondulaba el cuerpo débilmente de muslo a muslo, dejando escapar unos suaves gemidos, roncos y apagados, por no poder unirse con ella ni por la mañana ni por la tarde ni por la noche.
William Faulkner.

Vinilo - Enrique Sánchez Hernani - Vinilo - Enrique Sánchez Hernani

Enrique Sánchez Hernani (Lima, 1953) publica Vinilo, un libro objeto en cuya carátula se reproduce un viejo acetato de 33 rpm y del cual el poemario hace de hipotético contenido sonoro al diseñarse en un formato análogo al de los sobres de cartón en que estos se vendían en los años 70. El libro, antes de abrirse, equipara poesía y música, en un nivel de la mera materialidad, un paralelismo que el diseño interior no hace sino acentuar. Sin embargo, conviene precisar, este no se efectúa para exaltar la poesía como forma canónica de musicalidad –ideal simbolista- sino para subrayar que esta es un placebo de aquella, un consuelo frente al verdadero logro estético, específicamente un sucedáneo del tipo de composición al que todo el poemario hace rendido homenaje: el rock clásico anglosajón de las décadas los 60 y 70 (el tiempo que media entre el ascenso de The Beatles y la eclosión de las bandas del rock progresivo). Por ello, el trabajo gráfico de Carlos Sotomayor en exteriores e interiores -recuperando diseños de las contratapas de los vinilos, de sus incipientes booklets y las carátulas de LPs imprescindibles del género, además de fotos de rock stars y otros íconos de la época- es una apoyatura sensible y esmerada para complementar el poemario de Sánchez Hernani y sus apreciables logros artísticos.

La memoria que evoca la canción

El procedimiento de escritura de Sánchez Hernani parece simple y se condice con el método de otros poemarios peruanos publicados hace poco. Sitúa la voz poética en un presente apacible, doméstico y domesticado, al borde de la vejez, semejante al de Un crucero a las Islas Galápagos de Antonio Cisneros. Sin embargo, a diferencia de este, en la revisión del pasado de Vinilo, no se extraña nostálgicamente un paraíso de los viajes, sino que se recupera la experiencia de la audición de los clásicos del rock, cuya letra, circunstancia de audición o cantante icónico se emplean para volver sensibles obsesiones presentes en la conciencia del poeta: el goce de los placeres simples de la vida, el erotismo sublimado, la continuidad de la familia, la caducidad de la existencia frente a la perpetuidad del arte. Se trata de un empleo fetichista del material discográfico, pero de ninguna manera ineficaz o desproporcionado puesto que la poesía de Sánchez Hernani hace patente la amplitud explicativa del mood rockero y sus distintos matices, empleado a modo de herramientas para examinar la personalidad textual del poeta. En los 42 poemas del rock’n roll + 1 bonus track, el rock funciona como una suerte de descompaginado (y paradójico) Libro de la Sabiduría, del cual se extraen conclusiones útiles para dotar de sentido las opciones vitales y la vida doméstica de su enunciador. En gesto desusado, el rock no solo asume sus roles previsibles — réplica generacional, éxtasis sensorial, soundtrack de la Edad Dorada– sino que se reorienta, en gesto desmitificador, hacia la posibilidad de fundar la madurez personal, la vida cotidiana y la serenidad del pater familias cincuentón. Aunque, conviene decirlo, no todo es veneración de fan ante el ídolo sin mácula –Sanchéz Hernani trata también de la desnaturalización de la estética de protesta setentera ante el glamour del mercado- Vinilo es indulgente frente a los pecados del género y lo transforma en un filtro para “remasterizar” con sensatez –con valor ético- la vida adulta bajo la perspectiva de la música juvenil por antonomasia.

And I'm busting up my brains for the words

La suerte de los poemas, sin embargo, no es pareja y sin duda el libro mejora hasta alcanzar niveles superlativos en los últimos poemas (más no en el último, que se decanta por un juego simplista con la canción “The End” de The Doors). El bonus track, en oxímoron compositivo, inicia el poemario. Presenta la misma opción formal que imperará en el resto del libro respecto del verso: evasión de cualquier desorden sintáctico, ritmo variado pero prefiriendo la cadencia del octosílabo de la poesía popular, la conjunción de ambos elementos en orden de recrear la atmósfera de una conversación directa, sin intermediarios que subrayen el artificio mismo que es escribir poesía. En sentido inverso, la ironía frente al propio discurso y las imágenes que apelen a la revelación sensorial o intelectiva se incrementarán conforme avance el poema y su empleo resulta fundamental para caracterizar al texto como o 1) producto de una distancia crítica (en el sentido del modernism anglosajón) o 2) dotado de una perspectiva perceptiva privilegiada, de acuerdo al carácter visionario que la Beat Generation atribuye a la poesía (no es casual el poema sobre el príncipe de los beats, Allen Ginsberg casi al terminar el libro). El poema remata con un resumen o imagen sintética, casi siempre en clave doméstica, a modo de anticlímax que resuelve, por lo general, en dos versos y que Sánchez Hernani cultiva con desigual suerte (en ocasiones empobrece léxicamente el poema y, en consecuencia, presenta una vacilación rítmica ahí donde este no debiera fallar). Sin embargo, cuando cumple su programa compositivo a cabalidad, la voz poética resulta de una naturalidad y poder explicativo de notable creatividad. Aunque ello no ocurre en el primer poema - guiño nostálgico a la soberbia de un Sánchez Hernani más joven e ingenuo que ambiciona intuir toda una época y su música en un solo poema (es de 1984)-, el modelo alcanza forma impecable y una avasalladora fuerza expresiva en “Frank Zappa” o “Fundación de la familia”, textos ejemplares del retrato retrospectivo del rock star y de la utilidad moral del rock’n roll en la vida doméstica. Dice el poeta en “Frank Zappa”: Rockero degenerado/ fantasma de carnes corruptas/ vendedor de drogas duras/blandas o ficticias/falsificador de espejismo/ vicioso haragán/espectro y malhechor/marsopa u orangután de marioneta/vagabundo sin rumbo fijo ni casa ni familia/ delincuente juvenil (y más tarde rufián veterano)/ tan crápula como un decadente emperador romano/freak out pero también outsider/comía murciélagos en salsa de cactus/ y desayunaba píldoras rojas, verdes y también azules./ Había acuchillado a su madre tres veces/sobre el mismo retrato/y se embriaga con finas ponzoñas y whysky adulterado (p. 17). Se trata, más allá de la veracidad de los datos, del estereotipo, rediseñado por la enumeración caótica y alguna imagen paradojal, del músico maldito (aunque Zappa realmente nunca fuera drogadicto), que Sánchez Hernani termina por reducir, con ademán magistral, a una conducta infantil que ya se deja intuir en la fútil locura de acuchillar a la madre en imagen: Los muchachos reían con sus bravuconadas/ pues todos sabíamos que en el fondo/ Frank solo era un ángel intoxicado/ que una vez se hizo retratar sentado sobre un w.c./con los pantalones arremangadazos. (pp. 17-18). En el Zappa de Vinilo resulta visible, tras un inútil oropel, el predecible niño malcriado que hace maldades por falta de atención. La mirada distanciada que se centra en el ámbito doméstico consigue aquí una fuerza crítica y humorística devastadora que extrae de la figura del ídolo una realidad que solo se percibe desde el presente de la voz poética: […]/No sé si sigue blasfemando en los viejos discos/ con The Mother of Invention/ como un inverosímil espantajo del siglo que pasó. (p. 18). Contra lo que puede intuirse, la conclusión del poema no es un gesto de rechazo de la época a la que el poemario rinde homenaje sino una plena asimilación de esta en la vida del cincuentón aggiornado que recuerda. Aunque el perfil de la síntesis cognoscitiva puede suponer conservadurismo (el adulto establecido desdeña la inestabilidad psicológica del outsider adolescente), el juicio severo del poeta se dirige más a la vacía teatralidad de una conducta que a la calidad de la obra (al “inverosímil espantajo” antes que a los discos que la perennizan). No es de extrañar la indulgencia si la vida misma del poeta y su familia se funda en la experiencia extática y ensoñada del género: Unos cuantos discos de vinilo se apiadaban de nuestra inocencia/y nos regalaban un fragmento de felicidad por la radio/ aunque nadie sabía con certeza/ donde vivían esas voces que nos amaban tanto./Gracias a ellos crecí y nunca más tuve miedo/ [….] (“Fundación de la Familia”, p. 65). En el anterior fragmento se expresa el vínculo fundador del texto que se entrega al lector: la experiencia del rock como rito de aprendizaje que ahora revisa la memoria, espontánea o intencionalmente, agradecida.

The Mamas & the Papas

Si la lección ética de la música de los años 60 y 70 es el principio generador de Vinilo, su prosapia también es apreciable en el estilo de sus versos. Su vocación por remitir a una oralidad aparente no solo insinúa la imitación del lenguaje callejero del rock, sino que identifica la marca generacional de los grupos poéticos limeños de fines de los 70 y sus exploraciones en la representación del habla urbana. El retrato de personaje a modo de enumeración caótica -información superpuesta sobre su físico, conducta y vida pública y privada- es uno de los soportes expresivos del poema Giordano Bruno de Enrique Verástegui así como de muchos poemas de Blanca Varela (especialmente en Valses y otras confesiones) y Sanchéz Hernani los emplea bajo sus influjos. En la inclinación por un final sintético y crítico, aunque de ambientación íntima, convoca tangencialmente el ánimo sapiencial de Watanabe, pero con mayor frecuencia la ironía y humor de Antonio Cisneros, al que recurre también por su coloquialidad fluida. Desde luego, los poetas mayores detrás de ese legado local son anglosajones: el ya citado Ginsberg, cuyo poema largo Howl ha catalizado el furor adolescente de varias generaciones y las composiciones de Pound que influyeron al poeta beatnik en la actitud visionaria, el comentario autocrítico y la versificación libre.

Así, Vinilo es un texto de sólida concepción estética, de genealogía prestigiosa y de planificación cerrada en torno de las lecciones de una Edad Dorada del poeta –el rock’n roll clásico y una ética que este emana cuando es apreciado desde el presente. Se trata de una obra cuya contemplación de conjunto difumina algunos visibles desaciertos en el remate de algún poema, lo que permite disfrutar piezas de notable poesía. No todas estas, cabe decir, atañen al tema del título –ocho en total, incluyendo una concisa y memorable “Balada mínima”, de lectura recomendable— pero ninguna pierde el espíritu franco, idealista, contestatario, comprometido con la novedad de ser joven en los años 60 y 70. Se ha dicho de Vinilo que exalta una llamada “contracultura”, entendiéndose esta por el conjunto de manifestaciones culturales antiestablishment, reacias a aceptar las categorías del gran arte. Pero ello no puede seguirse de ninguna forma. En primer lugar, porque Vinilo refiere, como se ha dicho, la integración de la música rockera al ámbito doméstico donde una voz poética se reconoce como individuo adecuadamente inserto en el orden vigente, padre de familia que acoge […] la rutina bienquerida, los fines de semana viendo la televisión, jugando al fútbol, casi sin saber nada de nada […] (“Fundación de la familia”, p. 66) ; y, en segundo lugar, porque las nuevas generaciones intelectuales, crecidas a la vera del rock, lo han incluido en su catálogo del arte oficial, atentos a su versatilidad formal y a su intensidad para capturar la multitud de conflictos contemporáneos. Ya no existe entre sus seguidores la consigna de “demoler la estación del tren”, como pide la vieja canción de la banda peruana Los Saicos, que aludía al potencial destructivo de las energías juveniles conjuradas por el género. Ahora nadie aspira, de modo serio, a un futuro que niegue por completo los valores y modos de convivencia vigentes, y menos que se consiga a partir de algún tipo de arte. Vinilo vale, por sobre todo, por tener esa sensibilidad para integrar con destreza el rock’n roll, desde la literatura peruana, al conjunto de manifestaciones culturales medulares que constituyen la experiencia de la vida moderna.

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