And the winner is...
Nuestro resumen del año que quedó atrás
Mataron a un hombre y discutieron entre ellos.
Corán, azora de la Vaca, 72.

Travesuras de la niña mala
Pese al entusiasmo proveniente de ciertos sectores de la prensa de masas y los medios electrónicos, el 2006 se caracterizó por una ausencia casi total de sorpresas, de remezones, por así decirlo, de verdaderos saltos cualitativos, en la escritura artística peruana. Desde luego, las excepciones a esta norma fueron saltantes, aunque no todas concitaron una merecida atención. Por otro lado, mientras algunos narradores alcanzaban reconocimiento internacional merced a premios y reportajes, asistíamos a la despedida de dos grandes poetas peruanos. Un año para todos los gustos, aunque, en general, marcado por la medianía y la corta ambición de los proyectos, algunos naufragados en la decepción.
Libro del año
Indiscutible: Travesuras de la niña mala. Sin aparente rival, el retorno novelístico de Mario Vargas Llosa consigue atrapar al lector a través del “amor enfermedad”, una nueva novela a modo de autobiografía de un joven miraflorino de los años cincuenta que explora y desenmascara, a través de los años, la naturaleza de sus afectos de juventud para aceptarlos con mayor conocimiento de causa y reconciliarse con ellos. Retornando a sus antiguas obsesiones (la revolución, el barrio), Vargas Llosa construye esta vez, a modo de réplica a sus novelas pesimistas de socialista comprometido, un fresco de cuarenta años de historia personal, nacional y europea desde la perspectiva del viajero global, de un optimista ciudadano del mundo, quien, pese a ello, se ve obligado a aferrarse a una figura femenina nebulosa, amada y odiada, quien le perfila la identidad como quien diseña un personaje de ficción. La Niña Mala, entrañable y efectiva, homenaje a la audaz Madame Bovary de Flaubert, es parte, desde ahora, del imaginario vargasllosiano clásico, de aquellos seres que, como Zavalita, Alberto Fernández, Lituma, Fonchito, emergen desde la pequeñez doméstica hacia la grandeza literaria.
Es cuento largo
En lo que respecta a novedades narrativas, no hubo perfiles descollantes y, por tanto, la difusa categoría de “figura revelación” pareciera inútil en este año 2006. Caben mencionarse las viñetas de Claudia Ulloa Donoso en El pez que aprendió a caminar, breves ejercicios de condensación atmosférica; los relatos de Susanne Noltenius, desde las canteras de los talleres literarios, sobre la madurez femenina y el efecto del tiempo; el experimento metaliterario (una vez más, aunque suene estereotípico entre nuestros nuevos narradores) de Diego Trellez Paz, donde, tras la parafernalia bolaneana, un profesor quijotesco intenta introducir a Cervantes en el mundo de la penitenciaría; y El secreto de la trapecista de Óscar Málaga, relato de fuerza poética que condensa en la figura del circo una metáfora de la naciente república peruana y de la existencia humana en general. Estos narradores han creado la suficiente expectativa como para aguardar con interés las propuestas de sus próximas publicaciones. Caso curioso, la mayoría proviene de editoriales pequeñas o emergentes: es –no puede ser de otra forma- una llamada de atención para las editoriales grandes y sus prioridades frente a la aparición de nuevas voces o tendencias creativas.
Otro ejemplo de la apreciable carencia de sensibilidad para las novedades de las grandes editoras se hace patente al dar cuenta de las decepciones del 2006, muchas inscritas en sus nóminas de publicación. El dudoso galardón al libro de narrativa más flojo sin duda deberá llevárselo Rito de paso de Víctor Coral, novela publicitada hasta el hartazgo incluso por su propio autor, intento fallido de emprender una vertiente sci-fi o de relatos sobre distopías tipo Brave new world. La novela de Coral termina redundando en discursos de incómoda y solemne vaguedad surrealista atribuible al impostado New Age de sus personajes. Otro libro decepcionante, Danzantes de la noche y de la muerte de Edgardo Rivera Martínez, es una compilación de textos de desigual calidad, la mayoría de una pobreza expresiva y un sentimentalismo a veces lindante con el melodrama provinciano de mediados del siglo XX, con personajes planos e inexpresivos. Debe resaltarse también la ligereza en la propuesta troncal de Puta linda de Fernando Ampuero, relato de crecimiento personal e iniciación literaria de un joven escritor que reconstruye la historia de una prostituta mientras recorre tímidamente la historia y la idiosincrasia nacional. Un argumento semejante, en manos de un escritor menos propenso al humor inmediato como es Ampuero en sus últimos libros, hubiera sido suficiente para conseguir una novela notable; sin embargo, el autor prefirió decantarse hacia los tópicos más frecuentes de las historias sobre meretricio (la relación escritor-puta, el ascenso social, la niñez desventurada, incluso un deus ex machina para liquidar al personaje cuando se vuelva innecesario).
De otro lado, escritores jóvenes que concitaron la atención de reseñistas y críticos en su debut no pudieron reeditar sus buenos desempeños en nuevos textos, ahora bajo el auspicio de notables casas editoriales. El caso de Luis Hernán Castañeda en Hotel Europa (publicado a fines de 2005) se reitera en Ezio Neyra y Todas mis muertes. En ambos casos, el intento por evitar la etiqueta de narrador metaliterario los llevó a postular relatos con más peripecias y argumentos, que encontrasen su desenlace en la misma historia y no en bucles extraños que remitiesen a la figura del escritor o a alegorías de enrarecido simbolismo. Castañeda consiguió en Hotel Europa una novela híbrida, entre épica y kafkiana, muy inferior a Casa de Islandia, su primer libro, justo por lo extraña y compleja de su opción literaria. Neyra, en cambio, prefirió mezclar el género policial con la crónica de infancia y obtuvo una novela ligera, que por momentos recuerda al mejor Bryce de Huerto cerrado, pero cuya composición carece de las indispensables sugerencias para averiguar qué se propuso al truncar una de las líneas argumentales de la historia, lo que termina por afearla en su conjunto (por más cortapisas a posteriori que ensayen sus apologistas). Menos joven, Peter Elmore y sus morosas descripciones, sin interés siquiera estilístico, bloquean la atención al relato noir de su novela El fondo de las aguas. Cuesta creer que una narración de una densidad tan fútil fuera defendida y elogiada con cerrazón por ciertos comentaristas literarios.
Caso contrario ocurre con el thriller de Santiago Roncagliolo, Abril rojo, merecedor del Premio Alfaguara 2005. En 300 páginas que trascurren con una velocidad trepidante, su protagonista, el fiscal Chacaltana, se enfrenta, no solo a la inoperancia y la corrupción de la burocracia y las autoridades militares ayacuchanas, sino también al horror de una humanidad en estado de descomposición debido a la conjugación de la brutalidad senderista y de la ignorancia y la criminalidad del Estado. Sin duda, el novelista consiguió con este libro uno de los mejores thrillers de la literatura peruana, género que cuenta con pocos antecedentes, pero que se encuentra en plena eclosión en la actualidad. No obstante, quienes pretendan leer Abril rojo como texto revelador y omnisapiente respecto del fenómeno de la guerra interna contra Sendero, desde la perspectiva de la escritura artística, se llevarán una decepción. Roncagliolo, ciertamente, ha escrito un libro de entretenimiento de notable calidad y ha sabido, con tino, delinear la mente de un burócrata extraviado en un ambiente ajeno a sus perspectivas de realidad y sus valores. No obstante, no pudo dar el paso hacia ese otro lado, hacia un retrato persuasivo de esa realidad malvivida por Chacaltana y menos profundizar en los múltiples discursos sobrepuestos de las partes en conflicto.
¿Cuestión de gustos y colores?
El reconocimiento a la antología del 2006 debe recalar sin dudas en Gustavo Faverón (Toda la sangre). Puede objetarse cierta inconsistencia discursiva en la propuesta del compilador, tema susceptible de discusión, que no compromete ningún ataque ad hominem, pero no puede mezquinarse los méritos de recopilar un conjunto de relatos diversos, que acogen distintas perspectivas políticas, sin eludir el señalamiento -al menos eso- de la responsabilidad de los diversos bandos en el conflicto armado y el reconocimiento de las diferentes estéticas con que se buscó representar este fenómeno. Ciertamente, nadie puede estar plenamente a gusto con una antología, son fuente interminable de polémica, pero siempre se espera un mínimo margen de amplitud y variedad, amplio entendimiento del compilador acerca del tema y la superación de prejuicios por fidelidad a la selección. Faverón cumple esos requisitos en un trabajo de por sí complicado y espinoso por las pasiones que aun despierta entre intelectuales de todas las tendencias ideológicas (aunque –vale decirlo- se cura en salud con un prólogo políticamente correcto). Iván Thays, en cambio, deja de lado todo criterio de selección rigurosa al publicar Pasajeros perdurables, una antología francamente desechable de relatos organizados en torno a un tema cuyo sentido el propio Thays se encarga de hacer confuso: el exilio (¿estético?, ¿psicológico?). Thays no solo demostró escaso dominio del material seleccionable, sino que, hechas sumas y restas que él mismo se encargo de difundir luego de la publicación, “todo quedó entre amigos”, y su exploración jamás se alejó de su estrecho coto literario. De ello resultan las evidentes carencias de un compilador desidioso, sin interés por su superar sus propias barreras de lectura.
Para concluir la revisión de los territorios de la prosa, no se pueden omitir dos verdaderos “papelones”. Ambos comprometen a figuras conocidas y reconocidas: un escritor de renombre y un cronista de prestigio en prensa escrita y televisiva. Alfredo Bryce y Rafo León -acusados ambos de plagio- con seguridad desearon que el pasado 2006 concluyese lo más pronto posible. Por parte de León, las disculpas llegaron tarde y su patético intento de justificar su vergonzoso “desliz”, calificándolo como “citas no especificadas”, debió sorprender incluso a quienes lo respetábamos. Sin embargo, el señor León sigue escribiendo hasta la actualidad, sin pecado ni mácula que convenga acuñar en su hoja de vida, en el diario El Comercio. ¿Será que nada puede tocar a la GCU? Por su lado, el señor Bryce, antes las pruebas del plagio, ha guardado silencio (y la prensa también).
Hola y chau
Lamentablemente, el evento literario del año tuvo tinte luctuoso. La muerte de Jorge Eduardo Eielson (seguida más tarde de la de Pablo Guevara) coloca un listón negro sobre este año gris. Pero la poesía siguió su rumbo: Banderas detrás de la niebla de José Watanabe y Geografía inútil de Luis La Hoz marcaron el retorno de poetas consagrados. Pez de Mariela Dreyfus, un poema de largo aliento devuelve a nuestras letras, casi al cierre del año 2006, una voz firme y madura que confronta su poético con los escenarios de la cosmopolita y herida megápolis de New York. Entre los debutantes, destacó por su calidad Manuel Fernández, con Octubre, de lejos el mejor libro de poesía del año, que paradójicamente podría calificarse también, por su perfil estructural, como uno de los mejores relatos. Fernández nos ubica, mediante saltos temporales, entre octubre de 1968 y abril de 1992. Dos golpes de estado diametralmente opuestos que comparten la decadencia y el agotamiento moral de una nación (cercano al Eliot de La tierra baldía y al Pound de los Cantares) son el marco para una relación tripartita entre dos amantes y el enigmático, aunque también borroso, doctor Lu. Fernández apenas atrajo a algunos medios y casi nadie se molestó por comentar su libro. Ojalá los años hagan justicia con un texto complejo, en cuyos fragmentos poundianos se vislumbra la opacidad, pero también los breves resquicios de luz, de una ciudad que se resiste a perderse en la anomia. Finalmente, dos revelaciones femeninas clausuraron un año poético regido por los mayores: Érika Almenara y la emotiva Andrea Cabel.
Por su labor en El Dominical, donde emprendió una serie de artículos sobre la historia de la novela peruana (indispensables si pensamos en cuánto texto artístico interesante del siglo XIX y de inicios de siglo XX ha menospreciado el actual canon académico), Marcel Velásquez es el crítico del 2006. La publicación de las Obras completas de Yerovi es prueba tangible de su labor detectivesca reconstruyendo espacios de nuestra historia literaria que creíamos olvidados. Velásquez, quien en su libro sobre la imagen del afroperuano en la literatura decimonónica había trazado una serie de lecturas alternativas sobre nuestra tradición, ha adquirido la no menor responsabilidad de ampliar su esbozo sobre la novela publicado por entregas. En el terreno crítico también cabe mencionar la publicación de las Obras completas de Clemente Palma, por el Fondo Editorial PUCP y un interesante libro sobre autobiografía y ficción peruana (El Perú en la memoria. Sujeto y nación en la escritura autobiográfica) por parte de la profesora catolicense Cecilia Esparza.
La guerra de los blogs
Esta reseña no estaría completa sin mencionar la consolidación de los blogs o bitácoras electrónicas como espacio de discusión literaria. Dos páginas capitalizaron la atención del público lector y atrajeron sus comentarios pues se trata de posiciones radicalmente opuestas respecto del debate literario: Puente aéreo de Gustavo Faverón y Puerto El Hueco, obra de anónimos bloggers apodados los Dintilhac. El primero en serio (desde el autoritarismo en epistemología), y los otros en clave sarcástica y hasta ofensiva (canibalizando y carnavalizando a los primeros), pasaron revista a los principales sucesos literarios, entre ellos, los debates sobre la dicotomía criollos-andinos (si esta oposición existe fuera de la mente de algunos), la presencia de “argollas” o “grillas” en los medios de difusión cultural, ¡incluso la identidad de esta vacuna comentarista! Por sobre la relevancia o no de los temas tratados, cabe señalar que la sola habilitación de un nuevo medio de comunicación electrónico para fines relativos a la cultura, con todos sus pros y contras, es digna de reconocimiento, pues permite medios de expresión baratos y de importante alcance para sectores de la población tradicionalmente limitados a una postura pasiva o a una intervención limitadísima en el quehacer literario (meros testigos de las opiniones vertidas en prensa o en televisión por “mandarines” aislados de todo feedback). Por otra parte, los blogs han favorecido, como lo muestran las fuerzas y destrezas invertidas por Puente Aéreo y Puerto El Hueco en sus disputas, el diálogo tácito (y prolongadísimo), una incesante creatividad en sus administradores e, inclusive, el influjo mutuo y la concesión en reglas y modales para participar en los debates (por más que les sea difícil de admitir a los involucrados). Inadvertidos o no, los consensos fueron surgiendo durante el año que concluyó: conveniencia de permitir el anonimato, filtro de los insultos, circunscripción a los temas y no ampliar el debate a la vida privada de los polemistas, etc (por otra parte, normas elementales de civilización). Además, conviene mencionar a otros blogs de perfil interesante, surgidos ya sea al calor de estas “guerras” o ajenos a ellas, algunos fuera de línea o sin actualizar: Zona de noticias de Paolo de Lima, Notas Moleskine de Iván Thays, la bitácora de Claudia Ulloa, los Cuadernos de Antoine Doinel de Castañeda y las propuestas colectivas de Basta de carátulas y Bata Japonesa.
El futuro
El 2007 hace prever la traducción a nuestra lengua de la muy esperada novela Lost City Radio del peruano-norteamericano Daniel Alarcón y nos depara los nombres de los ganadores del Premio Nacional PUCP 2007, que supone 10000 dólares para el primer puesto y una inusual oportunidad de difundir la obra de autores jóvenes. Editoriales como Alfaguara y Planeta ya hacen publicas las listas de las publicaciones programadas para el primer trimestre del año (se insiste, parece que con escaso tino, en una Puta Linda 2, que, de llevarse a cabo, sería la primera secuela de una novela peruana que se adhiere en su título a los usos de los blockbusters norteamericanos). Las librerías, por otra parte, se llenan de las traducciones de los libros mejor considerados en otras lenguas por los recuentos de fin de año europeos y norteamericanos. Llama la atención sobre todo la obra de Orhan Pamuk, Premio Nóbel último, que viene precedida de reseñas excelentes, anteriores al galardón, las que en, muchos casos, son una mejor señal de distinción. Alguno de esos libros, sin duda, pasaran por el ojo de de esta columna y esperamos también las publicaciones de las siempre perspicaces editoras independientes locales (ya se da por descontada la publicación de nuevos de libros de los autores de la llamada “generación del 2005”). Así que prevemos mucho “pan por rebanar” en el año que se inicia. Feliz 2007.