Memorias de mi puta linda
Fernando Ampuero. Puta linda. Lima: Planeta, 2006. 127 pp.
A cuarto vale la vaca, y si no hay cuarto, no hay vaca
Refrán popular
Puta linda, último libro de Fernando Ampuero, es una novela corta -127 páginas- cuyo protagonista, Luis Alberto, aspirante a escritor, decide entrar al mundo de las putas no para solazarse en eróticas aventuras sino para recrear la biografía de una prostituta a partir de lo que ésta pueda contarle. Es así que conoce a Noemí en un famoso burdel de la avenida Colonial, una prostituta de provincia, quien se ve sorprendida ante la petición del protagonista: gastar los veinte minutos que ella ofrece por sus servicios sólo conversando acerca de su vida a fin de proporcionar material para la escritura de Luis Alberto. Tras algunas dilaciones, acepta la proposición y a partir de entonces asistimos a una serie de retrospecciones -los relatos de la prostituta- en que se nos refiere su descubrimiento del sexo cuando aún tenía doce años entre la playa y los pueblitos carreteros del norte, en algún lugar de la costa de Piura. En este punto, la novela deviene en una conjunto de secuencias paralelas: por un lado, las conversaciones que sostiene el protagonista con su amigo Jorge, temporero como él en la venta de enciclopedias, acerca de la moralidad o amoralidad de las obras de arte (o la conveniencia de componer una novela a partir de la libérrima vida sexual de Noemí); por otro lado, la ingenuidad provinciana con que la puta linda del título cuenta y practica el sexo y se vuelve puta, su vertiginoso ascenso social a fuerza de maña e ingenio ya instalada en Lima y su conversión en una dama aristocrática y ricachona; y, finalmente, casi ajena pero elocuente respecto del perfil de vida que adquiere el protagonista por su relación con Noemí, la decadencia de la relación de Luis Alberto con su madre.
Como todos los textos de Fernando Ampuero, Puta linda es una novela entretenida, que se deja leer de manera rápida y voraz, a lo que se suma una trama por demás llamativa (nuestro autor es, ante todo, un buen narrador de historias y esta es prolífica en anécdotas y morbo) y la construcción y manejo de los planos temporales de manera hábil. Ese es el mérito de su ya copiosa obra narrativa. A ello hay que añadir, por primera vez en su carrera artística, una mirada por momentos distanciada y sardónica sobre la clase alta limeña, sus hipocresías, su doble moral, sus caricaturescas costumbres y galas. Asimismo, frente a su producción anterior (recordemos a la maniquea Maribel de Caramelo verde, por no mencionar a las inofensivas títeres de los cuentos de Mujeres difíciles, hombres benditos), el personaje femenino y su psicología han sido desarrollados con mayor profundidad, tomando aspectos de la producción literaria reciente sobre este tipo de personajes (Memorias de mis putas tristes y Travesuras de la niña mala, esencialmente). Ampuero, incluso, se adhiere a la prédica vargasllosiana de llevar a las últimas consecuencias la disolución de las fronteras entre la realidad y la ficción. Recordemos que Vargas Llosa, a lo largo de los años, ha postulado el valor de la novela en tanto que nos hace “pasar gato por liebre”: su verosimilitud nos hace creer que lo ficcional es real y que lo real puede llegar a ser mera ficción. Y este es un punto fundamental en la novela de Ampuero: Noemí recuenta sus años en provincia pero siempre recalcando que son puras mentiras; no obstante, son mentiras tan bien engranadas entre sí, con tal coherencia y grado de verosimilitud que Luis Alberto necesita creer en ellas para componer su obra (una mirada análoga de este tema, pero con la fuerza y originalidad de quien lo inventa y confiere realidad articula precisamente Travesuras de la niña mala de Vargas Llosa). Por otro lado, el contrapunto entre el protagonista esteta y su amigo Jorge, alguien que cree en el poder moralizante de la novela (una novela distinta ciertamente del melodrama erótico que ofrece Noemí a Luis Alberto, repleta de incestos, la descripción de diversas posturas sexuales y las vicisitudes del ascenso social y el cada vez más sofisticado empleo del cuerpo en el medio puteril) está bien logrado pese a lo cliché y, por ende, previsibles que pueden resultar tales posturas una frente a la otra (disputas de habilidad expositiva semejante y de sutilizas más logradas sobre literatura arte y moralidad datan de antiguo en la literatura latinoamericana; bastaría mencionar las del Boom, pero parece que Ampuero cuenta con que tales debates no han sido de conocimiento de su potencial lector).
Sin embargo, la novela también tiene apreciables defectos internos que no podemos soslayar. En primer lugar, y este es ya un demérito a lo largo de toda la trayectoria del escritor, es el mal término al que lleva sus obras. Matar al protagonista en un accidente de una combi asesina resulta por demás intempestivo en el desarrollo de la trama y, esencialmente, efectista. Asimismo, el contrapunto que se hace entre la historia personal y la historia nacional es un demérito de la novela. Como las llamadas grandes novelas nacionales de las que habla Doris Sommer y como en Travesuras de la niña mala, Puta linda pretende entregar, en el conjunto de historias paralelas, un contrapunto entre el desarrollo de la historia política y la del individuo en su circunstancia doméstica y señalar, ya sea de modo ostensible o sutil, las mutuas influencias que existen entre ambos ámbitos. Tal estrategia se sustenta no solo en las relativamente recientes afirmaciones de los estudios de género en torno de la participación activa, subrepticia y a veces inadvertida del Estado en la discriminación de individuos puntuales -la historia de la nación influye en ello no de manera conductista, de causa-efecto, sino de formas más subrepticias pero no por ello inexistentes-, sino que se remonta a la teoría de la novela histórica de Tolstoi e incluso a los postulados aurorales de la gran novela del siglo XIX, que traza vínculos intrincados entre sociedad e individuo. Pero la historia nacional en el libro de Ampuero -los acontecimientos de la guerra interna contra Sendero y la dictadura fujimorista de los últimos años del siglo XX- es un mero adorno que parece únicamente necesario para enmarcar a sus personajes en un paisaje útil -el contexto imprescindible- para insertarse de modo tangencial pero visible en la recientemente bien vista narrativa sobre la violencia política y sus secuelas –cierto enfoque sobre la crisis finisecular del Estado peruano y el conflicto interno contemporáneo a esta, exigido y aplaudido por la crítica especializada y ahora por cierto mercado editorial— pero completamente inútil si se trata de establecer un contraste entre este y el desarrollo vital de cada uno de los personajes de la novela (sus existencias podrían haberse desplegado de idéntico modo sin aludir a los convulsionados años noventa, puesto que cualquier alusión política puntual podía ser reemplazada por cualquier otra que simplemente trasuntara decadencia). Por último, una traba para la coherencia en la verosimilitud de la novela (trabajada diestramente en las historias de tránsito a la adolescencia de Noemí) es el vertiginoso ascenso social de la puta linda. Fernando Ampuero ha señalado que él se nutre de todo tipo de elementos (desde los literarios hasta la cultura de masas y sus experiencias de vida) para sus escritos, y justamente el manido esquema de la telenovela rosa es el que más influye en el paso de la ingenua niña provinciana de inicios de la novela a la distinguida dama del cierre de Puta linda. A diferencia de su modelo, Puta linda, ciertamente, no cuenta la historia de una provinciana que accede a la plenitud del reconocimiento social mediante el coito –previo ensueño sentimental- con un miembro distinguido de la elite burguesa que domina los destinos de todos los personajes; sin embargo, lo consigue a través de muchas parejas, cada cual mejor vinculada con el poder y, en un gesto marcadamente conservador, sus empeños y desvelos arribistas se nos presentan como logros deseables y signos de prosperidad, como sucedía con las protagonistas provincianas de los melodramas televisivos de antaño, cuando de domésticas embarazadas progresaban a costureras y de ahí a modistas con atelier y desfiles de modas. Puta linda es, en este sentido, una autocomplaciente novela rosa sin novedad mayor que situar a su protagonista en una etapa de la historia económica en que ya no es imprescindible el señuelo del amor romántico para vender a los marginales la promesa del ascenso social (salvo, desde luego al postulante a escritor, que permanece en un cándido anacronismo al terminar vinculado sentimentalmente a la puta arribista).
Sin embargo, como narración monda y lironda, con uno que otro desliz ya común en Ampuero, creemos que su última novela es un gran avance frente a sus anteriores escritos, puesto que asume con solvencia el diálogo intertextual con la producción literaria reciente (Vargas Llosa es el caso más notable) y añade a su visión del mundo cierta crítica a algunos vicios privados de las clases altas, antes inexistentes en su narrativa.