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La ironía, el mejor remedio

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Manuel Fernández. Octubre. Lima: Estruendomudo, 2006. 94 pp.

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La reseña de "La Vaca Profana" tiene el mérito no menor de intentar un análisis abarcador de los textos incluidos en "Toda la Sangre", los criterios de su inclusión y el contexto social en el que la antología se ha producido y circula. Eduardo Gonzáles

Manuel Fernández (1976) nos presenta Octubre, su primer poemario, que conjuga novedad y madurez y, simultáneamente, vocación por un discurso lírico de cariz paradójico (como no puede dejar de ser la poesía valiosa): fragmentado en muchas voces, pero curiosamente articulado por una voluntad de narrar que lo inscribe en una tradición de diálogo y réplica con otros textos y géneros prestigiosos. En el caso de Fernández, se trata de acercarse —sin pretensiones y más bien en son de burla— a la forma literaria que usualmente se emplea para historiar en nuestra literatura: la arquetípica narrativa del Boom. Octubre es un poemario de pretensiones inusuales, comparable, en otro tono, con el notable Sansón Ebanista de Elio Vélez, el cual se remite a los motivos del barroco de Indias. El poemario de Fernández, en cambio, prefiere insertarse plenamente en las discusiones de la poesía de su tiempo, pero no desdeña su fuerte deuda con la tradición; acoge la invocación de Ezra Pound para emplear la lírica como antaño se uso la épica (para referir el valor de la herencia colectiva), y a la vez critica y parodia la narrativa con la que dialoga.

El ciudadano común y la historia

Conviene señalar que Octubre es, antes que nada, una historia concreta. Por medio de la variedad de recursos que permite la poesía —fragmentación del tiempo, de la imagen, superposición de planos, comentarios al margen que dotan al termino verso de un sentido etimológicamente integral (un verso es “dar vuelta”)—, Fernández consigue convocar a sus protagonistas, “él” y “ella”, limeños, residentes en Breña, de escasos recursos, que comparten vicisitudes, hasta donde nos permite el poemario, entre los años del golpe de estado del general Velasco y el del ingeniero Fujimori. Ambos transitan por un mundo personal a punto de eclipsarse y las tensiones de períodos históricos definidos por los distintos títulos de las secciones: “Bajo los cielos de octubre serenos –octubre de 1968/abril del 1992-“; “Escenarios para puentes -1972-“; “Vestigios de alta arqueología –inicios de 1976-“; “Largo desolato –diciembre de 1987”. Durante semejante travesía, se enamoran, padecen insomnio, contemplan mercadillos, van al cine, se enferman y son testigos marginales de los importantes acontecimientos de esos años, los que aparecen como títulos de marquesinas, panoramas de fondo y también ironía última –entre jocosa y desaprensiva -sobre sus vidas. (Esta/ mañana/ la/ mañana/ arde/ en/llamas// comunicados del gobierno/explicaciones sobre el mismo tema//EL GOBIERNO DE LAS FFAA ESTÁ EN LA OBLIGACIÓN DE RESPETAR EL ORDENAMIENTO DE LA NACIÓN ANTE CUALQUIER ENEMIGO FORÁNEO O INTERNO. EL GOBIERNO DE LAS FFAA RESPETA Y PROTEGE LAS LIBERTADES INDIVIDUALES DE LOS CIUDADANOS Y PROMUEVE EL DIÁLOGO. EL GOBIERNO DE LAS FFAA…//aplausos del auditorio/ (CARDENALES, GENERALES, DAMAS GORDAS, p.23). Así, el poemario se constituye en mirada articulatoria de la vida privada de ciudadanos comunes y de la historia republicana del Perú, bajo la luz de un humor tenue- a medias reflejo de resignación y a medias gesto de supervivencia. En una actitud única en la poesía última, el libro recupera la experiencia de cotidianidad bajo los autoritarismos finales del siglo XX.

Perfidia e ironía

En esta operación, el mes de Octubre, cuyos tumultuosos hechos de 1968 inauguran el texto, se transforma en síntesis expresiva del temperamento de las distintas voces del poemario y, además, en una poética personal. Octubre de 1968 es cuando -lo sabemos todos- el general Velasco destituye al presidente Belaunde en un incruento golpe de estado que inicia el llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Para Fernández, la intervención militar –como, más tarde, la del 5 de abril de 1992- no es asunto de la dialéctica de clases o producto de un marco institucional caduco. Antes, debe ser observada como un acto de perfidia frente a las aspiraciones del individuo. En Octubre, la política de distinto signo, que parece guiar la historia, es un único gesto de opresión. Frente a esta, el hombre común tuerce su mirada, inteligente y sarcástica, para reírse en silencio de lo pomposa y cruel que es. En ademán autoirónico, simultáneamente, se sabe incapaz de evitar la impronta del poder: la marea de los cambios que no decide, la interrupción abrupta de sus planes, el azar, la muerte. De ahí que su mirada sea también escéptica y, por momentos, azorada. Fernández, en orden de reflejar esta doble percepción, escribe Octubre bajo la lógica del cambio continuo de foco: de lo histórico a lo privado y de lo privado a lo insignificante y absurdo; naturalmente, desanda ese trayecto en viceversa, sin cesar de ironizar. Así, en la sección –de título sarcástico- “Bajo los cielos serenos de Octubre”, de un tanque en la plaza de armas se pasa a los diplomáticos que huyen de la asonada militar y de ahí se fisgonea en los papeles desperdigados por la huida de los diplomáticos y lo que estos pueden ofrecer a cualquier ciudadano; en sentido opuesto, el poema “Jorge Manrique” –de la sección “Sombras”- ofrece la mirada contemplativa de “él”, el protagonista, quien conecta paulatinamente su labor de estudiante universitario, hombre de clase media baja, con las grandes preguntas de la existencia humana, a través de citas cuidadosamente elegidas para la monografía que este escribe sobre el poeta español. Sin embargo, poniéndose a elegir, Fernández prefiere siempre minar paródicamente la inquisición trascendente. En el mismo “Jorge Manrique”, la voz lírica habla de perros que ladran en la noche de Breña, cita indirecta del Quijote y de “No oyes ladrar a los perros” de Juan Rulfo, pero el poeta la emplea para despojar al verso de su textura metafísica en un típico movimiento de cambio de foco, en este caso hacia la marginalidad: la mención de los perros remata la enunciación lírica en la trivialidad o el absurdo. Así, efectúe, el ascenso a la abstracción trascendente o el descenso a la materialidad vulgar, Fernández insiste en el mismo procedimiento: el desmoronamiento de la mirada hacia ámbitos cada vez más permeables para la crítica sutil, que terminan por sumir el poema en una mueca (o una sonrisa) de significado inclasificable, suerte de tropo defensivo frente a la contingencia (que no puede parafrasearse, como toda signo radicalmente poético). Parafraseado de otro modo –también incompleto – Octubre es una sensibilidad históricamente situada en un ciudadano peruano de escasos recursos, que es, entre otras cosas, intelectual, que emplea la agudeza y la inteligencia como filtros para decantar un gesto que refracte la impotencia ante lo inevitable o le permita recomenzar a diario. En la línea del gran arte, el poemario profundiza el despliegue de una ironía que coquetea con el absurdo. Y, además, el lector peruano no puede evitar identificar en esa expresividad el mecanismo de resistencia social adquirido pacientemente por vivir durante décadas en un país en permanente crisis—: sonreírse, amargamente, pero sonreírse.

Conversacional y académico

Ciertamente, se trata de la manifestación de una doble condición (otra duplicidad más de las muchas del libro) histórica y existencial, revisada desde la ironía –de estirpe que combina el romanticismo con la mejor vanguardia – y tiene insignes antecedentes locales en la poesía de Enrique Verástegui y en la de Antonio Cisneros. Pero, en el panorama posterior al año 2000— tambaleante entre la suntuosidad académica y el prosaísmo—, Octubre consigue ubicarse en una posición que vuelve inútil las opciones estilísticas en uso. No es cultista porque su vocabulario se restringe al habla del hombre de clase media, pero es, al mismo tiempo, de una complejidad adicta al influjo erudito debido al montaje de escenas que efectúan continuas mudas de líneas narrativas, de poema en poema, de estrofa a estrofa e incluso de verso a verso. Por ejemplo, Fernández dice “Cortes de luz por toda la cuadra” y es al mismo tiempo el título de un poema, el inicio de una nueva secuencia narrativa, un enésimo cambio de perspectiva y una línea de la historia del Perú. Mediante su orquestada polivalencia (académica y vulgar), el lenguaje de Octubre supera una dicotomía de estilos que, aunque falsa, se había mostrado persistente en la creación de los poetas jóvenes de los últimos años.

Arquitectura novelesca, intención paródica, pretensión canónica

Así, nos movemos en un terreno de naturaleza movediza, pero familiar. Octubre posee, como puede apreciarse, un funcionamiento de novela, aunque sus giros humorísticos lo minen de modo calculado y nos recuerden su radical creatividad. No todo, sin embargo, es virtud en sus diseño: Fernández, a menudo, confía en mínimas apoyaturas para identificar la identidad de tal o cual personaje en su entramado de movimientos escénicos repentinos y no lo logra a plenitud (en especial, la pertinencia del doctor Lu y su intervención como médico de “ella” es fallida; pocos se percatan de que le efectúa un minucioso examen médico con estoicismo profesional). En sentido inverso, las precisas identidades textuales, también ocasionalmente, resultan irrelevantes frente a la fuerza de la historia misma, impulsada por una voz omnisciente de muchos matices.

Sin embargo, más allá de sus defectos, es interesante constatar el modelo que interioriza Fernández en su propuesta de usar la novela como insumo lírico. Acoge la enseñanza de Pound sobre la poesía moderna, que debe recuperar el tono y el vigor de la épica, la literatura fundadora de los pueblos, pero sin renunciar a los recursos adquiridos por la lírica del siglo XIX, en especial la concepción de la imagen como un poliedro de visiones y de ecos. Optimista, Pound pensaba, además, que la historia por contarse no era la de un país, sino la de la humanidad camino al conocimiento (muestra de ello son sus Cantares). Fernández, escéptico, prefiere hablar de la historia que le atañe, la de su Breña nativa, y así como Pound reclama el modelo de los cantares de gesta, en Octubre se replica y parodia con humor la narrativa del Boom —las novelas latinoamericanas más comprometidas en dar cuenta de la génesis de nuestros pueblos, en especial aquellas de corte existencialista (las pertenecientes al ámbito del Río de la Plata), como, salvando distancias, Pound reclamó los cantares de gesta. Por ello, el poemario emula en su disposición técnica el manejo del tiempo y el espacio que se considera usual en una novela latinoamericana del Boom (plagada de anticipaciones y retrospecciones que quiebran la linealidad del relato) y contiene, como muchas de ellas, un texto-recetario sobre cómo hacer una novela del género (el primer apartado de la sección VIII es una réplica al listado de procedimientos para novelar confeccionado en Abbadón el Exterminador de Ernesto Sábato y el mismo índice de Octubre recuerda el índice de esa novela, impreciso en temas y márgenes cronológicos, justamente de lo que debería informar. En ese apartado de la sección VIII, Fernández ofrece su lectura personal de las ficciones del Boom, naturalmente irreverente: “lostanquestomanpalaciomientrasellarecibesuprimerbesoenelpatiodelcolegiohuyeladiplomacíamúsicadecámaraviolinesyunalluviamagra”. Se trata de textos que compendian historias políticas –tanques en palacio-, amorosas-la chica recibe su primer beso,- innovaciones técnicas –el recurso a escribir sin espacios entre las palabras, por ejemplo- y referentes prestigiosos. Aunque, naturalmente, la narrativa latinoamericana del Boom resulta ser mucho más que esa lectura cínica y maliciosa ante los autores que, sin duda, el poeta entiende como predecesores canónicos, el despliegue de ligereza e ironía producto de ella resulta peculiarmente informativo sobre sus ambiciones artísticas (burlarse de los clásicos de una tradición indica la ambición desmedida de ocupar su puesto) y, sobre todo, ilustra sobre la conciencia crítica del poeta: cuando, a continuación, en Octubre se señala que ninguna receta para novelar esta completa sin el triunfo del cinismo de Cortázar, esta cualidad, según se entiende en el libro, debe estar contenida en la definición de novela del Boom y, en efecto, lo está, si es que se releen los versos y entendemos, con mala fe, que la ironía juguetona del escritor argentino es cinismo. Así, Fernández esboza parodia, burla, pretensiones canónicas y algún merecimiento para ello de un solo breve plumazo, Aunque no siempre este camino para esgrimir su valía le sea propicio, el poeta consigue, eso sí, una lograda trasgresión genérica en pos de los logros artísticos que juzga como los mayores.

Sin temor a exagerar, puede decirse que Octubre constituye el mejor libro de un poeta novel en muchos años y es todo un hallazgo en la poesía peruana última. No solo por su capacidad para penetrar la psicología y el humor de los sobrevivientes de la crisis peruana, por su convocatoria a criticar y conversar en muchos géneros, por su facilidad para aterrizar el brillo estético en la circunstancia vulgar, o por malentender creativamente a muchos de sus antecesores. Lo es, sobre todo, por hacer de la escritura un filtro novedoso a través del cual leernos aquí y ahora –tal como dice el crítico Harold Bloom que debe hacer la gran poesía.

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