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Lunes, 04 de Diciembre de 2006

¿Qué hacer con un programa cultural en la TV. estatal?

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En el Perú las polémicas culturales son como un remolino en un vaso de agua. Y más aún cuando se relacionan con los medios de comunicación. Demasiado encono para negar lo que dice o hace el otro, y mucha soberbia para contestar desde la otra orilla. Mezquindad pura, por un lado, y absurda vanidad, por el otro, para abordar un asunto que más que académico es una cuestión de saber gestionar bien un producto cultural y de contar con una visión empresarial que refuerce un plan cultural massmediático con relativo éxito.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

La televisión del Estado peruano debiera ser un espacio más abierto, plural y democrático que las televisoras privadas, donde la prioridad es el negocio comercial y no la difusión sistemática de valores humanos y conocimientos. Sólo siguiendo esa pauta se avanzaría más de lo que se ha avanzado en el último quinquenio.

Sin embargo, la miopía de los ejecutivos puestos a dedo suele llevar a políticas poco afortunadas, atrabiliarias o poco consideradas y honestas para con quienes intentan hacer un programa decoroso que aborde los temas de cultura, artes y ciencias a nivel nacional.

Imaginación no es lo que falta (hay que hacer un esfuerzo para hallarla, pero no es en vano); lo que escasea es firmeza, voluntad y presupuesto suficiente para mantener en el aire un programa que bien llevado -léase gestionado- puede convertirse en un eje de debate y propuesta en el marco hoy debilitado de la televisión como servicio.

En ese contexto, quizás sea interesante abordar el punto con un criterio práctico. Menos teórico o hipercrítico, y más mediático, lo cual no significa falta de rigor en la propuesta. La idea, entonces, es hacerle la pregunta clave al lector y/o televidente: ¿qué hacer con un programa cultural en la TV. estatal?

Cada quien puede añadir sus propias respuestas, por mi parte anoto diez medidas urgentes para hacer frente al reto del programa cultural propio:

1. Darle un norte, una brújula, para que no se pierda en la nadería o en el arte de mirarse al ombligo (para autistas ya tenemos bastante con buena parte de nuestros políticos).

2. Conducirlo con el suficiente tino y desparpajo a la vez, para hacer sentir al televidente que no se es un autómata o alguien programado desde algún cerebro paraestatal (en televisión las mejores intenciones terminan pagando culpas ajenas).

3. Hacerlo vivaz, dinámico, por el lado visual; así como informado pero sin llegar a la pedantería, por el lado del contenido. Ser coherente y atento con aquellos problemas que son parte de nuestra vida diaria (entre hablar de la "Identidad Cultural o Literaria de la Nación" o de las salidas inteligentes para superar la falta de tiempo para escribir, prefiero esta segunda opción).

4. Cuidarlo de la asfixia de ciertos ¿caseritos¿, ya sea artista plástico o escritor (consagrado o en ciernes), quienes "dicen" lo que no saben o "saben" lo que no dicen.

5. Otorgarle al programa cultural de marras el respeto de los propios ejecutivos del canal. Y eso empieza por no aceptar un trabajo ad honórem, aunque se diga luego que de otra forma no hay programa (ya es vieja la tradición en medios que la cultura debe ser barata si no, no sirve).

6. Asumir riesgos con él y no ser víctima inocente o adrede de la odiosa cháchara de los viernes (romper con el ¿té de tías¿), lo que hace a cada programa un espacio desconectado de la realidad.

7. Tratar en lo posible de enriquecerlo con una agenda novedosa, buscar aliados para que ésta se mantenga y saber renunciar si no se consigue avanzar absolutamente nada (las artes y las ciencias no son patrimonio de las Academias).

8. Concederle personalidad, no la del conductor, sino la que sus propios medios y recursos le permitan desarrollar (evitemos que la apatía sea sinónimo de cultura, y que, si se tiene a una momia de presentador o conductor, éste debe ser mínimamente capaz de hacer algún gesto particular o recordable).

9. Regalar al programa cultural la opción de pensar en sí mismo, de hacer balances, autocríticas, nuevas búsquedas. Darle vida propia (un programa cultural es un ser vivo, no un vivo que quiere ser).

10. Hacerlo sordo a las críticas ¿mala leche¿, pero muy oyente de los buenos consejos que pueden venir de ¿amigos¿, pero también de ¿enemigos¿. Porque estamos en el Perú, señores, y aquí te pueden llover flores o heces de donde menos te esperas.

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