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El oficio de morir

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Phillip Roth. Patrimonio. Una historia verdadera. Buenos Aires: Seix Barral, 2003. 240 pp

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A los ochenta y tres años, un tumor cerebral masivo amenaza la vida de Herman Roth, un anciano irascible, vital, increíblemente disciplinado y memorioso. Su hijo, Philip, el conocido narrador, clásico viviente, se ocupará de él en los rituales domésticos de la dilatada agonía, se hará cargó de su humor y sus miserias -las consultas médicas, los horrores del deterioro físico, la espera inhumana del desenlace- con la admiración de quien advierte en cada mirada al moribundo cuánto de sus fibras más íntimas se deben a la voluntad y al lesionado cerebro de este.

En un relato de gran vigor testimonial -aunque muchos de los catálogos oficiales del autor lo sitúan enmarcado en su narrativa ficcional-, Roth refiere el prolongado declive de un norteamericano común, un selfmade man -su padre, un jubilado, gerente de sucursales de una compañía de seguros-; retrata una vez más a una generación fundacional de judíos ahora desaparecida -los pujantes e industriosos dueños de negocios del Newark de los años treinta-; e ilumina el mecanismo de la muerte, su materialidad estólida y la única trascendencia imaginable: la memoria del muerto, la que contiene, a su vez, a los muertos memorables de este. La escritura de la agonía deviene en el siguiente eslabón de una lucha judía y humana: de algún modo, sobrevivir

Imposible hacer en esta reseña algún inventario completo de los tópicos presentes en esta narración sencilla, en primera persona, de naturalidad sintética: la posteridad por la literatura, la función testamentaria del narrar, la mitología de caducidad y renovación. En Patrimonio, los episodios memorables se acumulan: el hijo que identifica en la fría tomografía del padre el calor de su propia biografía, la embolia de la madre, la confrontación del legado patrimonial con el de un taxista psicópata. Pero también el concierto de música de cámara -milagro al filo de la humorada y la heroicidad- de los jubilados amigos de Herman, la llamada telefónica de Phillip a Joanna, camarada universitaria, para verter una vez más su desasosiego. En cada anécdota, la tensión se aviva pero es una sin desfogue, que solo templa la voz de quien narra. Roth elabora, desde un comienzo, un relato modulado por la lección del padre: la mueca íntima de dolor y la practicidad -la solvencia, la continuidad- implacable en el quehacer propio durante la adversidad. Por eso, Roth escribe el libro durante la agonía.

Naturalmente, el centro de la novela -el viejo Herman-, entrometido enmienda vidas, con un sentido de la obligación y de la existencia doméstica escrupuloso y hasta cruel -antaño pater familias- se perfila con sus resurrecciones de ánimo, su llanto desvergonzado y su impecable sentido común ante la tumba como un modelo de padre y moribundo de clasificación problemática. El padre de Roth no juega al patriarca (pero su potencia sentimental es innegable); no puede castrar o castigar (Phillip está por encima de sus arrebatos; de su necedad; la novela no apela al Edipo); entraña un mandato, pero no es una ley; es la apertura a privilegiar la labor para desviar el impacto del fin.

Libro magistral en su sintaxis fluida, en su dicción amena, en su plena vacilación y desconsuelo, Patrimonio nos enfrenta a la novedad del morir al estilo de los viejos judíos de Newark, a la imagen natural, inusitada y sin ambages de la agonía de Herman Roth, y da testimonio también de la heredad de su hijo, el narrador. Considerado por la crítica literaria mundial como el más notable novelista vivo en inglés, Phillip Roth mereciera ser mejor conocido en nuestra lengua. Excepcional.

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