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La muerte se llevó a Pablo Guevara

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Este jueves 2 de noviembre murió el poeta Pablo Guevara (1930-2006). Su muerte se suma a la de otros poetas de su misma generación, la del cincuenta, a la cual Guevara fue incorporado como hermano menor. Ahora Pablo acompaña a Washington Delgado, Francisco Bendezú, Javier Sologuren y Jorge Eduardo Eielson, todos maestros del verso, del estilo y de la vida.

El Columnista
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Carlos Batalla

(Lima, 1970) Egresado de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ejerció el periodismo cultural en los diarios La República y El Peruano; profesor de periodismo, corrector de estilo e investigador literario, ha trabajado en áreas de comunicación corporativa, y actualmente es editor de la revista Testimonio.

En las reseñas póstumas de estos días no faltarán seguramente las menciones a sus libros de poemas: Retorno a la creatura (1957), cuyo poema emblemático es "Mi padre, un zapatero" ("Tenía un taller. Era parte del orbe / Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos, / él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida…"), Los habitantes (1965), Crónica contra los bribones (1967) y, por supuesto, Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú (1972), uno de los mejores poemarios de la década de 1970.

Tampoco estará ausente el elogio de rigor a su última obra: La colisión (1999), magno trabajo desarrollado en cinco libros, que el poeta sufrió para verlo publicado en una sola edición, y no "dividido" como le sugerían algunos editores poco sensibles con una obra poética indivisible.

Su pasado como amante del cine -fue fundador de la revista "Hablemos de Cine"- no será olvidado ni tampoco su posición irreverente ante un sistema literario nacional que dejaba de lado a las voces innovadoras para caer muchas veces en la simple mediocridad. Un sistema en el que Pablo Guevara aparecía como el "poeta delirante" o "visionario", aquel que divertía a la tribu con sus recordables exabruptos. De todo ello se hablará y de otras cosas, seguramente.

Sin embargo, hay una faceta de Pablo Guevara que pocos podrán plantear con la certeza de quien la ha vivido todos los días. Me refiero a la de maestro en la Escuela de Literatura de la Universidad de San Marcos; sobre todo en los años finales de la década de 1980 y comienzos de la de 1990. La época de mayor violencia política y tensión social dentro y fuera de la universidad.

A quienes han pasado por los estudios literarios sanmarquinos de esos años, no les sorprenderá que diga que la Escuela de Literatura de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos, en plena Ciudad Universitaria, sobrevivía académicamente debido a la voluntad, casi terquedad, de sus alumnos y un puñado de admirables académicos y profesores-poetas.

El recuerdo es contundente como un rayo. Marco Martos, Hildebrando Pérez, Carlos Garayar, Eduardo Hopkins, Manuel Larrú, Jaime Urco y el inefable Pablo Guevara (entre otros más), nos mantenían a flote, con el espíritu y la mística que significaba estudiar literatura en la cuatricentenaria de América.

Mantengo en la memoria especialmente los dos últimos años de la década de 1980, cuando recién comenzábamos los estudios en la pintarrajeada Facultad de Letras. El orden aún no imperaba, todavía no conseguíamos terminar dos ciclos por año (eso fue a partir de 1990), y se vivía a salto de mata. Había zozobra, sí, pero con un libro de Borges bajo el brazo nos sentíamos inmunes, intocables también con Vallejo y Westphalen, adustos con Eliot, malditos con Baudelaire y nocturnos con Rilke.

En ese entorno apareció Pablo Guevara, con su inseparable maleta de tela gruesa y su afabilidad que desarmaba al más hosco. Él tenía la rara cualidad de convencerte así no estuvieras dispuesto a darle la razón en todo. El curso que se atrevió a dictarnos fue "Teoría Literaria I".

¿Todos nos preguntábamos cómo sería un curso de Teoría dictado por un poeta? Teníamos dudas, pero solo fueron suficientes unas clases para que ver que el magisterio de Pablo no era el de los adustos teóricos rusos ni el de la escuela de Praga; tampoco la semiótica greimasiana ni el sociologismo goldmaniano. Sin duda, había un poco de todos ellos en el poeta, pero sobre todo mucho de él mismo, porque si hay que hacer honor a Pablo, es que era un amigo y una mano abierta para guiarnos en la tarea de asumir el estudio de un poema.

El poema le obsesionaba. Su forma, sus imágenes, su aparato retórico. Era como si todas las semanas viéramos crecer en plena clase una vocación que ardía al evocar a algún poeta de su deleite. Se le iluminaban los ojos cuando hablaba de Ezra Pound (1885-1972), el poeta norteamericano de Catay, Homenaje a Sexto Propercio y Personae.

"Henos aquí, arrancando los primeros brotes de los helechos / y diciéndonos: ¿Cuándo volveremos a la patria", repetía Pablo, con voz austera y melodiosa, los primeros versos de "Canción de los arqueros de Shu", del viejo Pound, quien parecía ser su alter ego no reconocido.

A Pablo Guevara, a veces, había que buscarlo en la cafetería y traerlo al salón. Para nosotros, ese era el espacio de estudio y debate; para él, el espacio lo creamos juntos en cualquier lugar del planeta. Ese lugar donde seguramente nos espera para continuar el diálogo.

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