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El portal de Aventura recomienda que sólo se practiquen los deportes de aventuras conducidos y guiados por personal experto, o individualmente, sólo por quienes están preparados técnicamente y asuman las responsabilidades, con independencia de la información aparecida en el portal de Aventura.

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Luego de tres horas de marcha y con la ayuda de acémilas para portear la carga, llegamos al Campo Base del Huascarán (4,300 mts ). Varios amigos entusiastas nos acompañaban: Hugo, Toño, Alfredo, Aldo, Sevi, Consuelo y Juanito. Habíamos ascendido ya al nevado Pisco Oeste (5,752) y nos encontrábamos aclimatados. Ahora empezaba nuevamente la rutina de siempre: armar las carpas, cocinar, ordenar los escurridizos pensamientos y controlar nuestra expectativa por el indispensable buen tiempo que esperamos se presente y sea una constante hasta la cumbre.
Al día siguiente nos ponemos las mochilas sobre la espalda y seguimos ascendiendo. Cruzamos grandes lajas de roca y empezamos a ver la montaña cada vez más cerca. Entonces parece establecerse una especie de diálogo interno en el que nuestra modestia es cada vez más fuerte. Sin embargo cuesta subir, reclamamos fortaleza en nuestras piernas y el corazón bombea cada vez más fuerte.
Todo escalador antes de intentar la cima del Huascarán debe aclimatarse adecuadamente a fin de soportar la altitud y falta de oxígeno. Sólo así pueden prevenirse los temidos edemas pulmonares y a su vez obtener el máximo rendimiento físico durante la progresión. Es sorprendente cuanto el cuerpo puede ser exigido, mucho más de lo que en la ciudad podemos imaginar.
Armamos campamento antes de entrar al glaciar y nos pasamos la tarde ingiriendo todo el líquido posible. Estamos a cinco mil metros de altitud y el cuerpo se seca como una pasa. La deshidratación producto del esfuerzo y exposición al fuerte viento es intensa. Es preciso recuperar sales minerales y conservar el cuerpo de manera óptima pues sólo así es posible funcionar bien a mayor altitud. Antes de acostarnos, somos premiados con un atardecer maravilloso sobre la Cordillera Negra. El Huascarán toma un color anaranjado y el mar, aunque no puede verse, está a sólo unos 80 kilómetros de distancia en línea recta.
Una vez que ingresamos al glaciar la jornada tiene su encanto: grietas, nieve blanda, algo de adrenalina y sobre todo saber que estamos entrando en el corazón del nevado. Pero siempre con la certeza de que a la montaña no se le vence. Aquí no existe ninguna pelea sino sólo armonía. Si hay alguien a quien vencer somos nosotros mismos. La montaña sólo nos permite estar en ella un tiempo y es en ese lapso cuando logramos alcanzar la cumbre si es que sabemos subir sabiamente.


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