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Las armas eran rudimentarias. La abrumadora conspiración, presuntuosa: derribar edificios, matar, sacudir a Estados Unidos hasta sus cimientos.
Pasado ya un año siguen colgando en el aire las interrogantes de si el desastre pudo haberse evitado sin tan sólo ciertas cosas hubieran ocurrido hace años, semanas o minutos antes.
Siguen también sin responderse las persistentes peguntas persistentes sobre cómo fueron desarrollándose los ataques terroristas durante dos horas y algunos minutos en cuatro aviones en una despejada mañana. Sobre cómo 19 terroristas pudieron hacer que los cielos se nublaran con el humo y el fuego de los dos colosos de Nueva York y el Pentágono en Washington meramente usando aviones comunes de pasajeros que desgarraron los dos rascacielos y cayeron en picada sobre una fortaleza y un campo en la región oeste del estado de Pensilvania.
Hasta hoy día, las autoridades de Estados Unidos siguen sin saber si Osama bin Laden despachó personalmente a sus terroristas o simplemente se sentó a esperar, su oído pegado al radio, a sabiendas de lo que estaba por ocurrir. Tampoco saben si está vivo o muerto.
Nadie sabe cuánto sabían los terroristas. Algunos, se cree, desconocían los detalles de su misión incluso mientras la ejecutaban. Las autoridades estadounidenses creen que algunos no estaban conscientes de que morirían ese día.
Sin embargo, una investigación que se ha prolongado sobre un año, ha servido para colocar otras piezas en el rompecabezas.
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