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Dentro de un estrecho refugio nuclear en lo profundo de un sótano de la Casa Blanca, el presidente Bush miró a su grupo de seguridad nacional congregado en torno a una mesa de madera vacía y le dijo: "Preparen las tropas".
Doce horas después de los ataques terroristas del 11 de septiembre y escasos momentos después de su discurso televisado a toda la nación, Bush se preparaba para librar una guerra que transformaría y definiría su presidencia, con una misión histórica, nuevos poderes presidenciales ampliados y un gobierno federal ajustado a la nueva realidad para proteger al país contra el terrorismo.
Ha llegado el momento para defendernos", dijo a su consejo de guerra. "Nos ha llegado la hora".
El pasar del tiempo, desde esa fecha, también ha transformado personalmente a Bush.
Hombre sumamente religioso, el presidente tornó su mirada aún más a Dios. Cuando los feligreses le dicen a Bush que oran por él, la mirada del mandatario se humedece. El ve las oraciones como el "el más profundo acto de amor", le dijo a un asistente.
Obsesionado con la buena salud desde hace tiempo, Bush intensificó su régimen de ejercicios para quemar ansiedades. Sus asistentes dicen que, inconscientemente, podría haber estado tratando de probarse a sí mismo que es lo suficientemente disciplinado como para hacer frente a los extraordinarios retos.
Tres semanas después de los ataques, Bush le preguntó abruptamente a Condoleezza Rice, su asesora de seguridad nacional, "¿Haces ejercicio?"
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